LA CASA QUE HABITA EL TIEMPO
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En algún lugar donde los caminos ya no tienen nombres y el silencio pesa más que las palabras, apareció una casa. No fue construida. Fue encontrada. Como si la tierra, paciente, la hubiera soñado durante siglos y un día, sin aviso, la dejara florecer entre raíces y luz. No tenía muros que impusieran fronteras, ni techos que cerraran el cielo. Era más bien un gesto de la tierra: un susurro de madera, aire y sombra. La llamaban Casa Ciclaria, aunque nadie sabía con certeza por qué. Algunos decían que era porque allí el tiempo no corría, sino giraba. Otros, que el nombre provenía de una antigua lengua olvidada, en la que “Ciclaria” significaba “el lugar que recuerda”. Un viajero llegó hasta ella. No por destino, sino por agotamiento. Venía del ruido, del hacer sin pausa, de la geometría del concreto. Traía los pies cansados y los ojos llenos de pantallas. Tocó la puerta, pero la puerta ya estaba abierta. No lo esperaba nadie, salvo el murmullo de una casa despierta. Adentro, el tiempo tenía otro cuerpo. La luz entraba sin pedir permiso, se deslizaba por los muros de madera como si acariciara a un viejo amigo. La lluvia no quedaba afuera: caía sobre el techo con dulzura, resonando como un tambor de infancia. Todo crujía suavemente: las bisagras, el suelo, incluso el aire. No había relojes, pero las sombras marcaban las horas. No había espejos, pero algo en uno comenzaba a verse. El viajero caminó la casa sin prisa. No se trataba de explorar, sino de ser recorrido. No de habitar, sino de ser habitado. Se sentó sobre una piedra junto a la ventana. Allí, el mundo se veía distinto: más lento, más amplio, más verdadero. Afuera, el viento conversaba con las hojas. Adentro, la casa no hablaba. Escuchaba. Esa noche, durmió entre susurros. No soñó con lugares, sino con formas de estar. Y al despertar, entendió.La Casa Ciclaria no era un refugio. Era un espejo. No un artefacto, sino una ceremonia. Una forma de decirle al mundo: “estoy aquí, no para poseerte, sino para cuidarte”. Cuando el viajero partió, no dijo adiós. En realidad, no partió del todo. Porque a la Casa Ciclaria no se la deja. Ella se queda dentro, como una semilla, como un claro. Como un modo distinto —más lento, más poético— de habitar el tiempo.
Io
26052025

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