Suspicious Minds
En 1969, “Suspicious Minds” de Elvis Presley, se escuchaba con dificultad por la radio del automóvil, el ruido de fondo devoraba por momentos la señal, dejándonos como coro improvisado tarareando su melodía:
Estamos atrapados en una trampa
We're caught in a trap
no puedo salir
I can't walk out
Porque te amo demasiado, nena
Because I love you too much, baby
¿Por qué no puedes ver?
Why can't you see
¿Qué me estás haciendo?
What you're doing to me
¿Cuándo no crees una palabra de lo que
digo?
When you don't believe a word I say?
No podemos seguir juntos
We can't go on together
Con mentes sospechosas (con mentes
sospechosas)
With suspicious minds (with suspicious
minds)…
Yo estaba por cumplir once años y
aquella melodía iba grabando en mi memoria, recuerdos de una travesía que
parecía no tener fin y que, nos llevaría por más de treinta días,
recorriendo el sureste del país juntos en familia: mis papás y hermanos.
Después de casi dos semanas, esta aventura planeada por mi padre para visitar al menos seis ciudades como primera parte del viaje hasta Campeche, tendría una distancia de poco más de mil kilómetros desde el Distrito Federal, y nos llevaría por montañas, bosques y selvas características de las huastecas poblana y veracruzana, inmersos en un mundo que ya no existe, y que ahora, ha quedado en el recuerdo.
Al salir de Veracruz, la imagen de Chucho el Roto, ese elegante ladrón que hizo de las suyas contra los ricos de su época para ayudar a los pobres, había dejado de ser solo una voz en la radio después de visitar la fortificación de San Juan de Ulúa, donde estuvo recluído, para convertirse en un personaje real de la historia contada en la radionovela de la XEW, que mi madre, escuchaba por las tardes, en una retransmisión de la versión original de los años cuarenta.
El Malecón y luego la playa Villa del Mar, se despidieron de nosotros con Mi Cascabel, un son jarocho que aún resuena en mis recuerdos.
Cuando salimos rumbo a Villahermosa, nos encontramos con el espectacular Puente de Coatzacoalcos elevándose majestuoso, sobre el inmenso río del mismo nombre cuando, grandes embarcaciones cruzaban por ahí, interrumpiendo el tránsito de la carretera federal 180, la Costera del Golfo, haciendo de ese encuentro un espectáculo excepcional.
La Venta en Tabasco, nos deslumbró con sus cabezas colosales de la Cultura Olmeca, y las plantaciones de cacao en Comalcalco, nos llevaron a disfrutar del chocolate artesanal y así, consumir poco mas de cuatro días de viaje que, se abonarían a aquella aventura de famila hasta que de pronto, la espera por dos días para cruzar la Laguna de Términos en una "panga" hacia Ciudad del Carmen, nos dió la oportunidad de disfrutar largas caminatas en playa Escondida para luego, recorrer otras a lo largo de la Isla del Carmen hasta llegar al Paso Real para de ahí, cruzar nuevamente la laguna en otra "panga" al continente, y continuar así, el viaje sobre la carretera Costera del Golfo con el mar siempre a mi izquierda rumbo a San Francisco de Campeche, la mítica ciudad fortificada de calles empedradas y adornadas casas de vivos colores que disfrutamos, entre panuchos y panes de cazón. Al alejarnos de ahí rumbo a Tenabo y cruzarlo, el clima y el paisaje se fueron transformando de selva exhuberante, a extensas planicies calcáreas, abundante en cuevas y cenotes que visitamos con la ayuda y guía de algunos lugareños hasta llegar a Mérida.
En esta parte del viaje, San Francisco de Campeche, con su aroma a
mar, había quedado atrás, y Mérida parecía tan lejano en el mapa de la Guía
Roji, que llegar a Valladolid y finalmente a Puerto Morelos, se antojaba
imposible aunque, en realidad, solo nos quedaban poco menos de la mitad en numero de kilómetros, que la distancia que ya habíamos
recorrido hasta Tenabo, desde el Distrito Federal. La travesía, ahora, bajo un sol abrazador, sobre carreteras con largos
tramos de conchuela y tierra y otros, de abandonado asfalto, dejó una huella
imborrable en mi memoria más, cuando la sed, solo la saciabamos con cerveza Montejo al no existir por horas, un lugar donde abastesernos de agua para beber.
Viajábamos a bordo de un Opel '68, la
“fiera” que se publicitaba en aquellos años como el ícono del auto deportivo de
cuatro cilindros, que nos llevaba por parajes de abundante vegetación, selva y
fauna diversa, por carreteras tan distintas a las de hoy; de hecho, encontrar
una gasolinera del Charrito PEMEX se convertía, en una bendición tras horas sin
rastro humano. Y así, Puerto Morelos (apenas ocupado por chozas y
construcciones incipientes, pero lleno de esa vida cálida de un México que
adoro y admiro por su gente y su historia) apareció ante mis ojos. En ese
entonces, Cancún aún no figuraba en el mapa como el destino turístico que es
hoy, e Isla Mujeres y Cozumel, conservaban el encanto de manglares y playas de
arena blanca que contrastaban con el mar, repleto de tintes únicos y de azules y turquesas de ensueño.
Aquellos días, pintaron la acuarela lenta sobre el parabrisas del automóvil, dibujando el encendido mar teñido de óxido rojizo, con el sol cayendo sobre el horizonte, que marcaba el ritmo de la despedida, sobre murallas y baluartes, fortificaciones y antiguas construcciones, vestigios de culturas formidables ya perdidas pero que, nos dieron color, música y tradiciones.
Regresar a casa, fue iniciar un largo viaje donde ya
no hubo ruido en la radio, ese que nos mostraba a diario, la dificultad de los caminos de aquellos
bosques, de aquellas selvas, de esas planicies eternas sobre paraísos e inframundos escondidos, sobre antiquísimos cenotes y de aquellos mares de arenas blancas y turquesas espectaculares.
Io
28 1025

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