El juego





Toca aquí


El juego

Cuando entré en la habitación, lo encontré frente a la ventana, sin que pareciera haberse dado cuenta de mi presencia. Me acerqué lentamente a él, mientras su mirada permanecía extraviada en algún lugar al otro lado del cristal. De pronto, empezó a hablar, intentando responder a una pregunta que yo no le había hecho.

—¿Qué por qué volví?... ¡Porque tenía que hacerlo! Me fui pensando que no regresaría, y ya ves, no fue así. Los recuerdos, tarde o temprano, terminan por convertirse en deseos tan grandes como la distancia que intentaste dejar atrás para olvidarlos. Después de aquella mañana de 1985, los días pasaban sin nada que me diera alguna excusa o algún motivo para seguir viviendo. Deseaba la muerte, pero nunca tuve el valor suficiente para encontrarme con ella. Y al llegar la noche, entre las sombras, el alma se me achicaba sin encontrar un porqué o para qué seguir con esta vida... Me sentía incomprensiblemente culpable por estar vivo y, sí, tal vez desde entonces enloquecí, como tantas veces tú me lo has dicho. Pero, con el paso de los años, fui aceptando el haber perdido todo. ¡Tuve que aceptarlo! Creyendo que, con eso, encontraría alguna razón para seguir, y no fue así, porque esos fantasmas que me atormentaban jamás se fueron. Bastaba cerrar los ojos para encontrarme con ellos, hasta que los enfrenté. Fue tan real, que aún ahora me cuesta aceptar lo contrario.

—¡Papá! Deja eso, acéptalo, nada de eso ocurrió.

—¿¡Qué no ocurrió!? —dijo, extendiendo las manos como para detenerme—. ¿Por qué insistes? ¡No me interrumpas! Sé que te es molesto, pero tengo que hacerlo. Hablar de todo aquello es lo único que me ha permitido aceptar la realidad, esa que tú te aferras en negar.

¡Por supuesto que ocurrió y poco me importa que me creas o no! — insistió, extendiendo las manos frente a mí, como para detenerme y obligarme a mantener distancia entre nosotros, antes de continuar hablando.

Segundos después, empezó a hablarme de aquel día en que lo encontramos sin conocimiento, tirado en la calle.

—Aquel día, al igual que otros en los que me daba el tiempo para caminar sin rumbo entre las calles del centro de la ciudad, entre sus aromas, sus sabores y esa luz aletargada por los humos que la inundan, opacando la mirada como en ningún otro lugar por donde he andado, con cada paso iba reconstruyendo los recuerdos que, como tatuajes, había cargado en la memoria. Pero al tropezar con las ausencias que quedaron como cicatrices de aquella tragedia, volvía a recordar esa mañana en que todo se derrumbó.

»No sé por cuánto tiempo caminé hasta que, atraído por su aroma, me detuve frente a la fachada de cantera carcomida de esa cafetería.  No la recordaba. Su ruinoso aspecto no encajaba de ningún modo en mis recuerdos. Un balcón con balaustrada pétrea parecía precipitarse sobre la entrada del lugar, enmarcada tras la puerta desgastada por el tiempo que, en su superficie, albergaba un grabado indescifrable, quizá un escudo, de esos de armas, flanqueado por vidrieras emplomadas de colores esparcidas al azar. Nada en esa arquitectura le correspondía, solo la tragedia de seguir ahí después de tantos años.

»La crucé, y el aroma de tostado de café se hizo más intenso, tan profundamente que mi deseo se impacientó por saborearlo.

»—¿Su nombre? —escuché la voz de una joven que, sonriendo, había llegado para registrar mi turno en la bitácora del día.

»Esperé muy poco. Cuando regresó, la seguí hasta la mesa que ya había dispuesto para mí. Me ofreció el menú, que ignoré mientras me sentaba y le pedía, sin consultarlo, un café americano. La observé alejarse, desapareciendo entre el bullicio del lugar, repleto de sombras sin rostro, hasta que mi mirada tropezó con ese hombre de ceño fruncido, de no más de setenta años, enfundado en un elegante bléiser de color oscuro que contrastaba con el enredado gris de su cabello y su desaliñada barba.

»Absorto en el juego de sus trebejos, no dejaba lugar al azar en cada movimiento. Era como si el destino del mundo dependiera de ese juego y, entre cada movimiento, descansaba la barbilla sobre el puño, apoyando el codo sobre la mesa. Esa escena trajo a mi mente aquella escultura de Dante, esculpida por Rodin, a las puertas del infierno. No me es ajeno el ajedrez, pero desconozco las reglas que lo rigen, y no pude aceptar ese juego como el de un solo hombre. Las horas se escaparon observándolo, hasta alcanzar la medianoche, mientras yo quedaba como su único espectador. De pronto, ese hombre, pensativo, se levantó sin apartar la mirada del tablero. Luego cruzó los brazos, acariciándose con cautela la barba. Parecía buscar algo que no acertaba a encontrar. Unos segundos después, se dio la vuelta para salir de ahí y desaparecer entre las sombras.

»—Es hora de cerrar —escuché la voz de un hombre que no vi llegar y que dejó sobre la mesa la nota de consumo.

»La tomé con sobresalto. Busqué con qué pagar y, sin desearlo, entretuve el pago entre los dedos, propiciando su impaciencia. No podía apartar de mis pensamientos la imagen de ese jugador que, al retirarse con el rostro severo, me había hecho sentir su mirada gris y un temor que no entendía. Lo único cierto era ese vacío que dejó sobre la mesa del tablero y que agravó mi necesidad de averiguar más acerca de ese jugador.

»Sin dirigirle la mirada a quien suponía el encargado del lugar, y que esperaba el pago de la cuenta, pregunté:

»—¿Ese jugador y su juego, desde cuándo están aquí?

»—No lo sé —me dijo—. Quizá una eternidad —murmuró sin interés, esquivando mi mirada.

»Me acerqué a esa mesa mientras, con molestia, el hombre me requería nuevamente el pago de la cuenta e insistía, con un gesto hacia su reloj, que ya era tarde y que nada le importaba más que cerrar la cuenta y el lugar. Intencionalmente lo ignoré, inclinándome sobre el tablero, atraído por la posición de los trebejos.

»—¿Cómo puede un solo hombre jugar así y mantener en secreto

sus intenciones frente a su “oponente”, que es él mismo? ¿No le parece una insensatez? —le dije, sin esperar respuesta.

»Conjeturé entonces posibilidades que me obligaron a aceptar lo insospechado, lo invisible a la mirada de cualquier espectador. Mientras tanto, quien esperaba el pago de la cuenta se impacientaba aún más.

No pude soportar más su mirada y, sintiéndome incómodo, me disculpé, dejando sobre la mesa el pago que había estado entreteniendo entre los dedos. Me despedí y caminé hacia la salida, pero, antes de salir, escuché a ese hombre decirme:

»—Nunca he tenido una conversación con ese jugador, más allá de

unas cuantas palabras que escribió sobre un papel y que dejó sobre la mesa hace años.

»Mientras hablaba, lo observé. Estaba inquieto, e inesperadamente había curiosidad en su mirada.

»—Cuando adquirí el lugar —continuó hablando—, aunque me resultaba extraña su presencia, la acepté a fuerza de repetirse día con día. Al igual que usted, pregunté al dueño anterior acerca de este jugador y su juego, al que solo se refirió como “el de una batalla que jamás termina”.

»Entonces se acercó a la mesa del tablero con curiosidad, como si nunca hubiera estado ahí. Parecía buscar algo que yo no entendía. Lo cierto es que ahora ambos buscábamos respuestas.

»—¿Alguna vez se ha ausentado? —pregunté para romper ese denso silencio que se había formado entre nosotros.

»—¡Jamás! —dijo de golpe, apoyándose con ambas manos sobre la mesa del tablero—. Hay algo que no entiendo —murmuró, antes de hundirse en otro silencio más profundo, que no quise interrumpir con mi impaciencia.

»De improviso, como quien tiene una revelación, señaló:

»—¡Su rostro!

»El vértigo se adueñó de mí. ¿Qué había en el rostro de ese jugador que, ciertamente, a mí también me había atrapado con su aspecto extraño y elegante? ¿Qué había más allá de ese juego y de lo inesperado de esa escena que jamás termina? Finalmente, me acerqué a ese hombre y le pedí que fuera más específico.

»Se incorporó, quedando frente a mí con la mirada perdida, antes de decirme que, por ese hombre, “no había pasado el tiempo”. Luego, meditabundo, retrocedió unos pasos mientras yo intentaba, sin lograrlo, asimilar su comentario.

»Hundido en sus pensamientos, ese hombre murmuraba en voz baja como si rezara, sin que yo pudiera comprender ese introspectivo monólogo. Finalmente, dijo:

»—¿Cómo fue que no lo vi? No lo entiendo.

»Estaba inquieto, con la mirada perdida, y se lamentaba por algo que había dejado pasar. Entonces exclamó con estupor:

»—¡El jugador de este tablero no envejece!

»Después de esto, recuerdo un silencio incómodo, como si buscara ordenar sus ideas. Pero yo necesitaba saber más, así que insistí en que hablara acerca de lo último que había dicho. Entonces lo vi sentarse en esa silla del jugador, frente al tablero, envuelto en sus pensamientos, dejando pasar un tiempo imposible de medir. Finalmente, continuó hablando:

»—Soy el propietario del lugar desde hace más de treinta años y, sin desearlo, me acostumbré a su presencia hasta ignorarla. Recién adquirí el lugar, su presencia me inquietó y no supe qué hacer, tanto que preferí evitarlo. Después de todo, no causaba problemas. Pero un día, como si adivinara alguna de mis dudas, antes de retirarse, lo vi dejar un sobre en la mesa, al que señaló en cuanto tuvo la certeza de que yo lo observaba. Después, se retiró sin decir palabra alguna.

»Me acerqué, tomé el sobre. Dentro había una nota junto con billetes de diferente denominación. En la nota indicaba que, cada sesenta y cuatro días, recibiría el equivalente en efectivo del monto por el uso de esta mesa. Esto ha ocurrido sin fallar desde aquel día.

Ya no dijo más, y yo no pude formular más preguntas porque, en lo que me había dicho, quizás estaban todas las respuestas.

Salí de ahí, y durante mucho tiempo la imagen de ese jugador regresó entre sueños. Me veía frente a él, en algún lugar sin tiempo, observándolo, sin que me dirigiera la mirada, mientras ejecutaba una interminable serie de movimientos en ese juego. En ocasiones, todo se reducía a una sola jugada que, dentro de ese sueño, yo intuía como la última, despertándome. Un húmedo escalofrío me carcomía de temor. ¿Cuál era ese final que no veía? Nunca lo supe. Solo era ese instante, entre el sueño y la vigilia, en que tenía la certeza de que ese juego terminaba, sin poder definir lo que ocurría finalmente. Luego quedaba ese sinsabor, esa angustia de saber sin poder decirlo, de no tener palabras para hablar de esos sueños donde había sido, a la vez, testigo y actor, ignorándolo todo y, al mismo tiempo, sabiéndolo todo. ¿Cuántas veces tuve esos sueños? No lo sé, y quizás por ello, con el tiempo, quedaron como aquellas pesadillas de la infancia que sabes que ocurrieron, pero que no puedes explicar. No volví ahí en mucho tiempo, hasta ese día que todo lo cambió. Era el mismo sitio al que esos sueños me habían llevado, como en el primer encuentro. Me sentaba en una mesa y pedía un café americano. Después del primer sorbo, estaba nuevamente frente a ese jugador, observando esa batalla que jamás termina. Pero ahora algo había cambiado. Miraba el reloj: casi la medianoche, cuatro segundos antes del último minuto para alcanzarla. Y yo, observando a ese hombre ejecutar cada movimiento de esas piezas sobre el tablero del destino, hasta que, inesperadamente, nuestras miradas se encontraron.

—Papá, ya deja eso, debes aceptarlo. Ese lugar no existe; todo esto que insistes como cierto solo ocurrió en tu mente, quizás cuando caíste inconsciente en esa calle.

—¿Insistes en decirme que no ocurrió?

—¡No! Solo digo que... que debes dejarlo atrás... olvidarlo.

—¡No me digas qué tengo que hacer! Estoy harto de que no me creas y pienses que nada de esto es verdad. No necesito de tu comprensión. Todo eso ocurrió, y estoy seguro de que es algo que va más allá de lo que podamos aceptar. ¿A qué le temes? ¿Al hecho de que haya algo más que no comprendes y no te atreves a mirar, solo porque yo, un loco, te lo ha mostrado?

—No, es solo que no puedo...

—¿No puedes qué? ¿Enfrentar la posibilidad de que hay algo más que no es fácil de aceptar y que, a pesar de ello, existe? ¿Por qué he de encogerme de hombros y desdeñar los sueños como un juego vulgar de la mente, sin dejar espacio para indagar más allá de la realidad que no comprendes? Sé que todo esto ocurrió, y si para ti solo fue un sueño, la pregunta es: ¿de qué lado del sueño estás? ¿Dónde tú, seguramente, o yo, solo somos espectadores?

Después de ese día, papá no volvió a hablar de esto. En cambio, para mí, esa historia del jugador empezó a parecerme algo más que un sueño o una fantasía. Tres meses después de que papá muriera, sin razón alguna, empecé a recorrer las calles por las que él gustaba dejar pasar las tardes para tomar café o simplemente ver correr el tiempo entre el bullicio de la gente del lugar. Después de que enfermara, imposibilitándolo para hacer sus recorridos, se extraviaba mirando a través de la ventana, rehusando cualquier acercamiento, aislándose del mundo. Excepto en esas ocasiones en que, al verme entrar, me pedía que me sentara para escucharlo. Entonces empezaba a hablarme de sus viajes, de las personas que a lo largo de su vida había conocido y de sus pensamientos acerca de toda su experiencia de haber vivido. También hablaba de cómo eso lo hizo ver la fragilidad del futuro, al que dibujamos siempre entre sueños, y así, inevitablemente, llegaba el momento de hablar del juego.

Siempre que habló de esto, exceptuando la última vez, terminamos enfadados. Aquella historia me resultaba absurda, irreal, un sueño que, a fuerza de repetirlo, en su mente lo había transformado en una realidad que afirmaba como cierta. Nunca lo acepté, hasta esa tarde en que yo, después de caminar por un tiempo por esas mismas calles y obligado por la lluvia, me detuve bajo el toldo de un local clausurado hacía tiempo. La calle lucía desierta; estaba atrapado, esperando a que pasara la tormenta. Fue entonces que la vi. Esa fachada, descrita tantas veces por mi padre, estaba ahí frente a mí. No era la primera vez que caminaba por la calle de Brasil, y esa cafetería solo me resultó familiar por la descripción que siempre hizo papá de ella. Porque, incluso ese día, no recordaba haberla visto al pasar por esa calle al llegar al Centro de la Ciudad de México.

Después de unos instantes, no tuve la menor duda: ese era el lugar del que tantas veces me había hablado papá y que no creí que existiera. Crucé la calle y entré, empujando con cautela esa puerta indescifrable. Di mi nombre a esa joven sin rostro que tantas veces mencionó papá. Esperé por breve tiempo y, cuando ocupé el lugar que me había dispuesto y probé el café, tuve que tragarlo, quemando mis entrañas. Mientras, un escalofrío se deslizaba por mi espalda y mi mirada se detenía sobre la mesa del juego del destino, donde se ocupaba ese hombre de mirada gris que, instantes después, dirigió su mirada para encontrarse con la mía y decirme:

—“Dios mueve al jugador, y este, la pieza. ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?”.

(Fragmento de "El ajedrez", de Jorge Luis Borges).*

Io.

Este cuento se publicó en la Antología "Nuevo cuento Volumen 3: Voces emergentes de nuestra tierra", Editorial Factor Literario. PP105

Comentarios

Entradas populares de este blog

Every Breath You Take

Suspicious Minds

Nuestros Muertos