El lienzo (Ficción)
El lienzo
3 de junio de 1975
Para mi padre, el arte fue algo que disfrutó como
espectador y promotor por muchos años. Con regularidad organizaba exposiciones
en la galería de su propiedad, y en ocasiones me veía obligado a ayudar como
mensajero en la entrega de invitaciones para alguna exposición. En otras, debía
estar presente, sin que hubiese nada de mi interés por delante, hasta aquella
tarde en que debía dejar las invitaciones asignadas para el pintor José Zetina,
quien además —después lo supe— participaba en la exposición con una de sus
obras.
Desconocía todo de él, y estar ahí solo me importaba por lo
que debía dejar por debajo de la puerta para luego retirarme, pero no lo hice.
Un impulso me llevó, después de tocar la puerta, a permanecer ahí. No sé por
cuánto tiempo, seguramente segundos que se dilataron uno a uno en una
eternidad, hasta que esa puerta se abrió.
—¿Qué haces ahí, muchacho? Pasa —me dijo sin mirarme aquel hombre, tal vez de cincuenta años, escaso cabello y ágil figura que se alejó dándome la espalda. Dejaba tras de sí un fuerte olor a trementina mientras balanceaba un grueso pincel en una mano y, en la otra, un hilacho al ritmo de sus pasos que se detuvieron frente al enorme lienzo que, al observarlo, me dejó sin palabras.
—¿Aún estás ahí? —insistió, sin saber el motivo de mi
visita—. Lo que tengas que dejar, déjalo por ahí…
Ya no dijo más, pero yo estaba ahí, inmóvil, observando un
flujo interminable de colores que escapaban vertiginosamente de sus pinceles,
creando lo que supuse en un principio una frenética tormenta saliendo de la
boca de un volcán hasta fundirse con el universo. Fueron horas, quizás, las que
pasaron teniéndome como mudo espectador de la creación que emergía
incomprensiblemente del caos hasta transformarse en un milagro. Oleadas de
ininterrumpida humanidad, protagonista y testigo de incontables luchas entre grandezas
y miserias.
—Aquí está todo —masculló, sin que yo pudiera comprender de qué hablaba, cuando de golpe me sustrajo de esa visión que se arremolinaba sobre el lienzo—. Todo cuanto puedas imaginar, no importa qué, está aquí. Solo basta mirar para ser espectador de lo humano —dijo, señalando ese lienzo—. Eso que pienses, lo que sea, tan solo por ser humano, está aquí.
3 de junio de 1996
No volví a ver ese lienzo en veintiún años, hasta este día
en que debía entregar para su firma los documentos que daban fin a un rancio
litigio mal logrado en ese despacho de abogados. Mis recuerdos de aquel día en
que presencié la creación de ese lienzo habían quedado guardados como un
involuntario secreto y que, en este reencuentro, llegaron de golpe como si
hubiera sido ayer mientras lo observaba. Reviví lo ocurrido desde el instante
mismo en que crucé el umbral del viejo edificio de la Plaza del Carmen,
cargando entre mis manos los sobres de las invitaciones. Entonces, como ahora,
pude ver rayos de luz acuchillando las sombras que rodeaban aquel lienzo. Pude
escuchar las incontables historias que se guardaron sin voz a lo largo de
cuatrocientos años en esos muros de ese caserón de la Plaza del Carmen, que
albergaron ese lienzo y a su creador mientras se gestaba esa maravilla y, sin
saberlo, ahora dieron curso a esta historia que, por inverosímil que parezca,
es la historia del día que perdí la vida por un instante:
Cuando llegué al edificio donde se encontraba el despacho
de abogados, después de anunciarme, entré en la sala donde se desahogaría el
asunto que llevaba en los documentos que cargaba. Era un amplio recinto
adornado con ventanales y una enorme mesa dispuesta para reuniones donde se
discutía la suerte o el destino (como si el significado de uno o del otro fuese
sustancialmente distinto) de quienes, por mal logrados negocios, disputas
familiares o acciones infames, se enfrascaban en interminables litigios. Tomé
un lugar al azar en torno a la mesa y, al levantar la mirada, fue que me
encontré con él.
Recuperé en ese instante ese primer encuentro con el lienzo y me levanté para acercarme a él con esa alegría que nace de los inesperados encuentros, hasta que escuché una voz que me tomó por sorpresa: —¿Le parece interesante? Una verdadera belleza —dijo ese hombre de aspecto conocido, pero que no lograba ubicar en mi memoria, obligándome a retroceder.
—No lo sé —respondí, mientras me tendía la mano.
—Lo encontré en una subasta y créame, vale más de lo que pagué por él, que de hecho fue una fortuna. Se dicen cosas de este lienzo, charlatanería, ya sabe. Incluso se dice que es una obra del Dr. Atl — señaló con petulancia.
—¡No! Es un error —interrumpí, sabiendo yo quién era el
verdadero autor de ese lienzo.
—¡¿No?! ¿Cómo va a saber usted? —me increpó—. ¿Acaso usted sabe algo que yo no sepa?
Su mirada era fría. Aquel hombre de facciones conocidas,
pero que no recordaba de dónde, parecía molesto.
—¡Mire! Tal vez sea especulación lo que le digo, tal vez. Y
si no lo es, eso es lo que hace que esta sea una obra codiciada. ¡Sabe! Hay
objetos que adquieren su valor “por lo que se cuenta de ellos” y no por lo que
son en sí mismos. Pero lo que sí es un hecho es que, en este caso, convergen
las dos circunstancias: “lo que se cuenta y lo que es”. No cabe duda alguna,
este lienzo es una obra espléndida. ¡¿No le parece?!
—¡Lo es! —respondí sintiendo un vuelco en el corazón y
arrastrado por una fuerza hacia ese lienzo.
En el vértigo de imágenes incomprensibles, recorrí, con la velocidad y las transgresiones que solo tienen los sueños y las pesadillas, lugares y momentos que bien podían contar historias sin un orden ni sentido, dejando solo el recuerdo de algo no vivido que veía como oculto espectador entre las sombras. Sobre una mesa, cartas de baraja tiradas en desorden y, sobre ellas, ese lienzo de Zetina entre billetes que nadie mira ni toca. En la oscuridad escuchaba insultos y amenazas. Luego, el brillo de un sonido hueco y un golpe estridente para después, en el silencio, murmullos de desesperación que se extendían por un tiempo interminable.
De pronto, una voz lenta y apagada que no veía me pregunta: —¿Está usted bien?
Sin que pudiera responderle, entre el ulular del viento que
me invadía, escuchaba el alarido desesperado de la ambulancia que avanzaba sin
que yo supiera adónde me llevaban.
Días después, sin comprender qué había ocurrido, desperté.
Al darme de alta, un policía de investigación se acercó a mí para interrogarme
acerca de aquel día.
—¿Qué es lo que recuerda? ¿Pudo ver o sabe usted quién le
disparó?
—¡No! Solo recuerdo haber llegado al despacho González
Larrazábal y Asociados. Me registré y esperé para cerrar un asunto que…
—¡Espere! Ya corroboramos esa parte con las cámaras de seguridad. Usted nunca entró al edificio; solo se observa cómo se desvanece, pero no podemos determinar el lugar de donde provino la bala que le hirió. Según el estudio de balística, el disparo salió a no más de metro y medio de distancia de donde lo encontramos y, si eso fue así, usted debió haber visto a su atacante.
—¡No! No fue así, yo entré
al edificio y… —Ah, ¿no? ¿Qué es lo que
recuerda?
—Ya le dije, estaba dentro de esa sala, miraba un cuadro
que conozco desde hace muchos años. Luego, intercambié unas palabras con aquel
hombre que…
—¡No! —me interrumpió nuevamente—. Usted no entró al edificio y nadie estaba con usted cuando lo levantaron los paramédicos.
—¡¿Nadie?! —repetí estupefacto.
3 de junio de 2020
Después de aquel día, dejé que el curso de la investigación
continuara y traté de rastrear durante un año la historia de ese lienzo.
Confirmé que, en efecto, aquel lienzo se encontraba en la sala de juntas del
despacho G. L. Asociados y que, el día de la exposición donde fue presentado,
el maestro Zetina dijo que lo había hecho como homenaje al Dr. Atl. Encontré la
factura que se extendió al comprador de esa noche, un tal licenciado Salmerón,
del que no pude encontrar más rastro. Del lienzo, solo una nota roja en un
periódico del año 1978, donde se menciona el asalto al domicilio del licenciado
Salmerón, había llevado a la desaparición (de forma errónea, entre otras cosas
de valor) de una obra inédita del Dr. Atl, sin ofrecer más detalles.
A principios de este año, con motivo del lanzamiento de una
nueva edición de las obras de Jorge Luis Borges, que se planea en la editorial
para la que ahora trabajo, se pensó en publicar “El informe de Brodie”,
originalmente de 1970, en el libro de cuentos y ficciones que lleva el mismo
nombre. Así, se buscaba aprovechar el cincuentenario de su primera edición como
parte de la publicidad diseñada para su promoción. Mientras revisaba las
páginas de esta nueva edición, antes de ser mandadas a la imprenta, leí en el
prólogo que el mismo Borges hizo para la edición original un texto que me hizo
recordar toda esta historia del lienzo de Zetina y que, a la letra, dice:
“No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la
tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea, ya que todas postulan el
universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad que lo hace imposible de
dilucidar”.
Por alguna razón, esas palabras presagiaban el desenlace,
al menos para mí, de esta historia, en una concatenación absurda, pero a la vez
tan verosímil que me dio respuesta a dos hechos ajenos en apariencia, pero
unidos por el mismo lienzo para darme una explicación.
Durante los días de cuarentena, y al margen de todo lo que
la pandemia provocó al postergar proyectos, la lectura de aquel prólogo de “El
informe de Brodie” a principios de este año, y en particular del texto antes
mencionado acerca de la complejidad del universo y todo cuanto ocurre en él
como imposible de explicar, dejó una inquietud que no desapareció hasta hace
unos días, el 3 de junio. Esta inquietud me llevó a una incomprensible certeza,
absurda como la he llamado, pero certeza al fin.
Ocurrió que, entre la lectura de noticias por internet,
encontré una nota periodística del 3 de junio de 1978, uno de esos casos que se
quedan sin explicación y que se toman como curiosidades documentales para
hablar de eventos extraños: “La bala perdida”. En ella se menciona el caso de un hombre que muere por causa de
arma de fuego, pero que, ni en la investigación ni en la autopsia de ley que se
practicó, pudo ser encontrada la bala que le arrebató la vida. Además, por
insólito que parezca, la herida de bala no tuvo orificio de salida.
¿Dónde quedó la bala? Al profundizar en la información
publicada, se menciona que la víctima, un tal Humberto N., adicto al juego y
con problemas con la ley, era un delincuente buscado por múltiples delitos,
entre los que figuraban el robo y el tráfico de piezas de arte. Fue entonces
que no pude dejar de recordar aquella tarde del 3 de junio de 1975, cuando me
encontré por primera vez con el lienzo del maestro Zetina, y luego, cuando el 3
de junio de 1996, fui herido por una bala de la cual nunca se encontró el arma
que la disparó.
Ahora, tal vez el encierro y el tedio me han permitido,
gracias a las tecnologías de la información, unir hechos que rondan en mis
recuerdos, quizás distorsionados por los años, con eventos que, si bien
pudieron haber ocurrido en la forma en que se narran en la nota roja, quedan
más como certezas incomprensiblemente absurdas al considerar que la bala que
casi me arrebató la vida haya sido la misma que partió en dos el corazón de
Humberto N. dieciocho años antes de mi reencuentro con el lienzo y veintiún años
después de mi primer encuentro con él. Ahora, cuarenta y cinco años después,
este lienzo es el motivo de estas palabras que escribo, ignorando al mismo
tiempo donde se encuentre aquel lienzo de Zetina.
Io
22 06
2020
Es cautivadora está lectura ... Cuantas cosas se pueden dejar atrás con el paso de los años , cosas significativas , que en algún momento causó tanto interés ...
ResponderEliminarMuy realista
Muchas! Y está historia es una metáfora de una vida intensa pero perdida. Saludos
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