La sombra


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Con la noche en la mirada, empieza el día. La primera campanada que llama a misa es la señal para despertarse; las otras, que caen como cascada hasta la última, le advierten que media hora se ha escapado, no para ir a misa, sino para escuchar la radio.

Bastan unos minutos para prepararse y acercarse a la cocina, donde María ya ha dispuesto su desayuno con aroma de café sobre la mesa. Lo acompaña la voz inoportuna de la radio, esa que no espera ni admite comentario, solo su atención para darle el diario pormenor de un mundo ajeno a su mirada.

— ¡María, apaga esa cosa! — le pide después de comprobar que nada hay nuevo, siempre la misma cosa: guerras, deslealtades, tragedias, carestía, enfermedades. Nada cambia (reflexiona) excepto por aquellas cosas que ahora son prodigio, pero que, a él, ¿de qué le servirían si vive entre las sombras? — Anda María, mejor cuéntame qué sabes de la hija de Julián, ¿ya se ha convertido en madre? — pregunta mientras mordisquea el pan.

— No, don Jorge, los médicos la han regresado a caminar, ya sabe cómo son; ellos todo esto lo arreglan caminando.

— ¡Vaya! ¿Para qué tanto estudio si para resolver el parto nada más las mandan "caminando y caminando"... y luego no más dicen "¡hea! ahí está el chamaco"? Pues así, hasta yo puedo ser partero.

— Si usted lo dice — murmura María sin importarle el comentario, mientras se afana en sus tareas.

— Y... ¿Qué sabes de los preparativos de las fiestas del Patrón? Ya casi es octubre. ¿Sabes si habrá serenata?...

Y así, preguntando de esto y de lo otro, Don Jorge continúa sin esperar respuesta, porque poco le importa; otras aficiones, otras pasiones, otras ilusiones ahora imposibles para él, ocupan sus deseos.

Después del último sorbo de café, en silencio, sale a la calle con la certeza que la costumbre dio a sus pasos.

— Buenos días, Don Jorge — escucha a Julián, que lo ve pasar sin detenerse. Don Jorge solo le devuelve un gesto después de confirmar que, con ese encuentro, su rumbo es el correcto.

Así, sin luz en la mirada, teje en sus pasos el sendero que lo lleva a sus recuerdos. Lento en su sombra, marcha hacia el lugar donde la ironía solo le permite tener entre sus manos, aquellos libros que en su comercio usa para ganar la vida. En vano imagina que los mira, al recordar historias, cuentos y pasajes escritos alguna vez con su pluma.

Sin errar sus pasos, llega a la librería y, al abrir la puerta, con asombro observa: la amplia galería vestida de luz que abruma sus ojos.

— ¡No es posible...! — exclama, repitiendo a cada paso, hasta que, en el vacío, cae el bastón que hasta ahí lo trajo.

Senderos entre estantes, todos repletos de libros bajo el polvo, el tiempo y el olvido, le devuelven la alegría.

Uno a uno los recorre hasta encontrarse con uno que lo espera. Con lentitud lo toma y, al abrirlo, una voz que hacía tiempo no escuchaba, le devuelve las palabras, alguna vez por él escritas: "...nadie rebaje a lágrima o reproche, esta declaración de la maestría de Dios, que, con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche."*

Io 

 


* Fragmento del poema de los dones




















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