La tregua
Toca aquí
«Hay una especie de reflejo automático en
eso de hablar de la muerte y mirar el reloj».
Así me dijo ese hombre sentado frente a
mí en la sala de espera de la estación. Cuando yo desesperado, volvía a mirar el reloj después de comprobar que el autobús
que esperaba no llegaría a la hora indicada. Entonces yo volvía a mirar de
reojo a ese hombre por un instante, intentado entender el por qué de sus palabras.
Nada cambiaría en las siguientes horas: el
autobús que no llegaba, la lluvia que no cesaba y aquel hombre repitiendo cada
vez que yo miraba el reloj: «Hay una especie de reflejo automático en eso de
hablar de la muerte y mirar el reloj». Era imposible precisar cuánto tiempo
pasé en esa espera, porque este parecía haberse detenido, hasta que...
Desperté.
Estaba confundido cuando miré el reloj,
sin atinar si aquello había sido un mal sueño o era algo tan real como el
insoportable dolor que sentía en mi cuello. Con la mirada, recorrí cada rincón
de mi habitación; luego me levanté con dificultad de la cama para acercarme a
la ventana y comprobar que no dejaba de llover. La oscuridad que la cubría me
daba la certeza de que a esa noche le quedaban aún más de tres horas por
delante.
Poco a poco empecé a aceptar que aquella
escena de la estación había sido un mal sueño. Cuando esto me ocurría, sabía
que no podría conciliar el sueño esa noche. Busqué entonces en qué entretener
mis pensamientos, que todavía, sin desearlo, me remitían a la mirada de ese
hombre en la estación y su obstinada alusión a la muerte y el tiempo.
Me acerqué a la colección de discos
compactos que he formado, con la absurda idea de que quizás con el tiempo estos
serán de “colección”, como ocurre con los antiguos discos de vinilo, tan
codiciados por muchos. Pero más que eso, experimento un gusto muy especial al
contemplar sus portadas mientras escucho su música. Tal afición me ha llevado a
imaginar que la música es un espejo del universo, ilimitada y periódica. Quien
se aventura en sus senderos podrá comprobar su vastedad y que, en la
combinación de todas las notas musicales, se puede transitar a través del caos,
donde las repeticiones sin sentido y la aleatoriedad nos pueden llevar incluso
a la conclusión de que eso que aceptamos como música es el destello de algún
fortuito e inesperado tipo de orden.
Ese orden no existe en este cúmulo de
discos compactos, y me lo recrimino cada vez que me acerco a buscar algo en
particular, sin encontrarlo, y termino tomando uno al azar para escucharlo.
«Canto Ostinato» leo en su portada, sobre
la imagen compuesta por pequeñas piedras de río que, en su conjunto, insinúan
personas observando algo indefinido más allá de la penumbra. Se pierde entre
notas de piano que inundan mis sentidos cuando cierro mis ojos, abandonándome
al compás de esas notas obstinadamente repetidas, pero que no terminan ni
insinúan hacerlo.
De pronto, en el fondo de la sala, sin
comprender cómo es que esto ocurre, percibo la puerta entreabierta del sótano
de la vieja casa. Incrédulo, me acerco y la cruzo con la certeza de que esto no
es real, porque ahí, aun en esa penumbra, escucho el Canto Ostinato
entre antiguos cuadros y viejos muebles que delinean sombras y fantasmas de
historias ya muertas.
Avanzo lentamente hasta tropezar con un
tablero de ajedrez, dispuesto sobre una pequeña mesa. Lo observo con interés,
mientras las notas que no cesan se multiplican hasta crear un caos
indescriptible convertido en silencio. Es el mismo silencio de esa tregua
obstinadamente perpetuada en el tiempo, que en el tablero quedó como el jaque
mate a un movimiento del alfil negro.
¿Quién abandona una victoria sobre su
enemigo?, me pregunto en ese instante, mientras observo esa batalla en
suspenso. ¿Quizás la compasión del vencedor, o su deseo por perpetuar la agonía
de su oponente? ¿Cómo saberlo?
Entonces, con sobresalto, despierto para
encontrarme nuevamente en la estación de autobuses. Ahora vacía, compruebo
desde donde estoy que ha dejado de llover, y que he perdido el autobús,
extraviado en el sueño que me atrapó esa noche. La espera se prolongará aún más
por varias horas, hasta la llegada del siguiente autobús que me permita escapar
de ahí.
Al llegar por fin a casa, encendí el
televisor y comprendí con estupor el significado de aquella tregua, un Déjà
vu entre sueños, dibujado en el tablero del destino. El autobús que perdí
no había alcanzado a llegar a su destino, al precipitarse hacia el vacío a
causa de la lluvia de esa noche.
Vivimos entre sueños, despertando una y
otra vez en otro, sin entender cuál será el último.
-----------------
A
partir de 1961 Ten Holt sufrió la influencia del serialismo. El Cyclus aan de
waanzin (1961) fue su primera expresión. También publicó artículos en la
revista literaria Raster, participó en la vida artística de Bergen, y
experimentó con la música electrónica y el teatro musical.
En
los años 1970, Ten Holt abandonó el método serial. Durante años (1975-1979),
trabajó en Canto Ostinato, una obra que le valió mucho éxito. En la misma
manera de componer, basada en la repetición y la tonalidad, creó lo largo de
los años una serie de piezas para piano: Lemniscaat (1983), Horizon (1985),
Incantatie IV (1990) y Méandres (1999). Ten Holt llamaba a estas piezas
reflejos de su propia vida interior, en oposición a las obras formalistas que
había escrito antes del Canto Ostinato.
Simeon
Ten Holt murió el 25 de noviembre de 2012 en Alkmaar, Países Bajos, a los 89
años.2
Las
representaciones de su música son a menudo eventos totales, en los que los
pianistas y el público se relajan a causa de la posibilidad de hacer durar una
pieza varias horas. Una representación de Lemniscaat en Bergen, por ejemplo,
duró casi 24 horas. La pieza ha sido interpretada en lugares poco comunes
—entre otros, en el vestíbulo de la estación de Róterdam o de Groningen—. En
2007, el pianista Jeroen van Veen propuso con su ensemble una representación
del Canto Ostinato con cinco pianos Fazioli en la estación de Utrecht.
En
2011, una versión de Canto Ostinato para arpa y electrónica fue creada por la
Inner Act: Gwyneth Wentink (arpista), Wouter Snoei (artista sonoro) y Arnout
Hulskamp (artista visual y VJ). En esta forma, la obra fue interpretada hasta
en India.
En
2013, una versión de Canto para ocho violonchelos fue grabada por el Cello
8ctet, que había sido presentada a Simeon Ten Holt poco antes de su muerte.
Información extraída de Wikipedia
Comentarios
Publicar un comentario