Engaño



Engaño

Cuando llegué a la Rue des Ursins, la tarde gris abrumó mis pasos antes de doblar por la esquina que la saturaba de sombras. Sin duda alguna, había llegado al lugar del encuentro. Me detuve por un instante a la entrada de la cafetería y crucé con dificultad su estrecha puerta, al igual que lo hacía la escasa luz que la dibujaba, como en aquella foto de Atget que mi madre atesoró por mucho tiempo.

Al reconocerme, alzó la mano para que la viera. Me acerqué y, en cuanto la tuve enfrente, se levantó con dificultad para abrazarme, dejando escapar un largo suspiro de alivio. Nos miramos en silencio, intentando adivinar todo lo que tuvo que pasar hasta antes de este encuentro. Desde ahí, pedí café para acompañar al suyo que, en la espera, había perdido ya su calor.

Atento la escuché reconstruir la historia que nos trajo hasta aquí; el descubrimiento de la verdad que, por muchos años, estuvo oculta detrás de todas esas cartas que guardó mi madre, hasta que, de pronto, Mary guardó silencio.

—¿Sabes algo de él? —pregunté impaciente.

—¿De Emilio? —sonrió desviando la mirada, recordando, mientras el humo del cigarrillo que fumaba se deslizaba sobre sus labios rojos, ocultando por instantes las huellas que el tiempo había dejado, intentando, sin lograrlo, borrar un bello rostro—. En realidad, no es mucho lo que puedo decirte. Ha pasado tanto tiempo que ya no hay palabras, solo recuerdos. No volví a verlo desde aquel día cuando nuestras vidas se llenaron de uniformes grises y temores.

»Antes de todo aquello, cuando regresaba del liceo, lo encontraba con frecuencia a la entrada del edificio donde él tenía un piso. Él nunca me miró como un hombre mira a una mujer; para él, yo solo era una niña. Sonreía al verme; luego, lo observaba alejarse caminando hacia la calle mientras hojeaba su periódico o revisaba con interés su correspondencia.

»Semanas después, llegaron esos días de incertidumbre que anticiparon la llegada de las tropas alemanas que ocuparon nuestros espacios y nuestras vidas y no, no volví a verlo. Una tarde observé que se había acumulado su correspondencia y el periódico en el quicio de su puerta. La curiosidad de mis quince años me llevó a recogerla y llamar a la puerta. Nadie respondió y esperé, no sé por qué. Mientras lo hacía, husmeaba entre los remitentes de esos sobres hasta que uno me detuvo. Las semanas pasaron sin que nadie, solo yo, tomara esa correspondencia y separara esos sobres con el mismo remitente, guardándolos entre mis cosas. Después de un tiempo, comprendí que no estaba bien lo que hacía y que lo correcto sería devolverlos o dar aviso a la oficina de correos, pero fui imprudente y no lo hice.

—Pero Mary, entonces usted…

—¡No! No me juzgues, no te he engañado. Conocí a Emilio con la mirada y a Tedi, tu madre, con el corazón. Es difícil explicarlo, pero… déjame hacerlo.

—¿De modo que usted conoció a mi madre?

—Solo nos vimos una vez. Ese día, después de mucho tiempo, nos encontramos aquí mismo para entregarle lo que quedó de importancia de las cosas de Emilio. Mis padres, dueños del edificio, murieron durante los años que duró la guerra y yo, siendo ya la propietaria, no quise hacer nada por terminar con aquello que durante esos años propicié.

»Después de unos meses de que él no regresara, decidí entrar a su piso sin que mi madre lo supiera. Buscaba algo que me hablara de él y fue entonces que descubrí sus escritos, que leí con fascinación. Tedi era la mujer que ocupaba sus versos, sus recuerdos, su dolor y angustia tras la separación a causa de ruines asuntos familiares. Y Tedi era la remitente de todas esas cartas que nunca llegaron a los ojos de Emilio por causa de esa infame guerra. Aunque un sentimiento de culpa me impidió abrir en un principio esas cartas y lo confieso, solo las primeras que había tomado a escondidas fueron las que finalmente mantuvieron mi curiosidad, al leerlas, las tuve todas, hasta el descubrimiento de la verdad. Así, desde un principio, supe de usted, el niño que jamás conocería Emilio; primero por las circunstancias de la vida de Tedi y luego por esa maldita guerra que los separó.

—Pero mi madre me entregó algunas cartas de mi padre que recibió durante la guerra. ¿Cómo fue posible eso?

—Fue difícil explicárselo a tu madre, pero ella, sin pensarlo, lo supo desde un principio. Con la imprudencia de mis años, respondí algunas cartas usurpando la escritura de Emilio, ayudada por aquellas notas de los escritos de él e imitando absurdamente su caligrafía. Contesté sus cartas y así, dejé crecer un engaño por más de treinta años.

—Y luego ¿Cómo fue que…

—¿Todo se descubrió? La verdad, Iván, es como la hierba: por más que intentes deshacerte de ella, ocultarla o disfrazarla, ella siempre encontrará el modo y el lugar para salir y evidenciarse. Un día, la noticia viajó por todo el mundo; fue una gran celebración. El fin de la otra guerra, la Guerra Fría, que culminó con el derrumbe de ese infame muro, trajo a mi vida lo inevitable: el encuentro con Tedi que acordamos en este mismo lugar, al año siguiente de la caída del muro.

»Mientras yo le explicaba, pude ver en su rostro la angustia y el coraje por el engaño que yo había construido. Entonces, descargó su dolor sobre mi mejilla; luego me tomó de las manos y me dijo: «Perdóname, pero en el fondo lo sabía. Sabía que algo grave le había ocurrido a Emilio y me engañé a mí misma, aceptando la esperanza que tus cartas mantuvieron todos estos años… ahora, con esto, lo tengo que aceptar: Emilio ya no está desde hace muchos años». Tedi entonces tomó las cosas de Emilio que guardé todo ese tiempo y salió por esa puerta, sin que nos volviéramos a encontrar de ninguna forma.

—¿No se volvieron a ver ni a hablar?

—No, simplemente desapareció. Pero solo así pude al fin dejar atrás aquella historia y dormir con menos culpa, sin que pueda afirmar por eso que no la tengo.

Sus ojos se nublaron en el vacío. Tomé sus manos y le dije:

—Mamá, antes de morir, me pidió que te buscara. Después de poco más de diez años, llegué a pensar que no lo lograría.

—¿Tedi te pidió…?

—¡Sí! —interrumpí sus dudas. Y quizás con eso desapareció la culpa que por tantos años cargó por ese engaño. Y yo, de algún modo, construí la imagen de Emilio, mi padre, que de otro modo no tendría a causa de esas guerras que nunca fueron las mías.

Io

12 012026

 

* Ocupación del ejército alemán sobre París en junio de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial; En agosto de 1944 las fuerzas aliadas entran a París, liberando la ciudad de la ocupación alemana; En noviembre de 1989, la Caída del Muro de Berlín marca el fin de la Guerra Fría.

** Eugène-Auguste Atget. Fotógrafo francés conocido por sus imágenes de arquitectura y escenas callejeras de París a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

 

Autor: Adrián Guadarrama Alcántara.

Residencia: Ciudad de México, México.

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