Rendirte no es una opción
Si esperas a que todas las cosas en tu vida se acomoden para lograrlo,
esperarás para siempre, así que, levántate y corre cada mañana,
esfuérzate y rueda al finalizar la semana y en cuanto el mar esté a la vista,
con cada brazada, rompe la idea de distancia que ha sido tu único obstáculo.
Enero 2005
«¡Las cosas pasan por algo!» me dijo aquel hombre, quizás de más de setenta años y que se acercó auxiliarme después que resbalé por imprudencia, al intentar cruzar la calle. Llovía intensamente, el semáforo en rojo para el cruce peatonal y un enorme charco estaban justo al inicio de esa "carrera" que no juzgue imposible. Por fortuna el golpe solo dejó raspaduras en rodillas y palmas de las manos, la ropa hecha sopa y ni que decir de ese bochornoso momento que pase, cuando ese hombre me tendía la mano para auxiliarme, mientras sonreía sin despegarme la mirada. Cuando estuve en pie, caminó junto conmigo hasta el otro lado de la calle sin decir una sola palabra, después, se alejó corriendo ágilmente, un corredor (pensé), seguramente a juzgar por los tenis y su ropa deportiva. Lo observé hasta perderse entre las calles, dejándome la sensación de haberlo visto antes y en la mente, una pregunta: ¿Cómo puede un hombre de esa edad, ser tan ágil?**
Enero 2020
Ese fin de semana, días antes del triatlón, buscando en que distraer la mirada, tropecé con la película "100 metros" (que se puede ver por Netflix), fue entonces que recordé aquella caída y todo lo que tuvo que pasar en estos quince años para comprobar, lo mucho de verdad que tienen esas palabras, que aquel hombre me dijo, cuando me auxilió, ese día que caí por la mañana, «¡Las cosas pasan por algo!» vuelvo a recordar esas palabras, mas por el valor que tienen al enfrentar las experiencias de la vida, que el solo hecho de recordar ese lamentable incidente. Así, aquella caída y ésta película, tienen ahora un mayor significado en la ruta que sigo de la vida: Ramón, un deportista y hombre de familia, de pronto se enfrenta a la esclerosis múltiple que lo lleva a replantear su vida. No solo es aceptar las consecuencias de la enfermedad misma, es aceptar la perdida de su trabajo y un futuro incierto donde todo parece estar en contra. Sin embargo decide no darse por vencido, no solo aceptando el doloroso tratamiento contra la enfermedad, sino aceptar el reto contra las secuelas de inmovilidad que la misma enfermedad le irá dejando. Finalmente participa en el Ironman 70.3 de Lanzarote de España (2014) y consolida una carrera como triatleta entrenándose con la ayuda de Manolo su suegro, hombre mayor que antes de involucrarse como su entrenador y guía, se había abandonado al aislamiento y la apatía después de enviudar, echando por tierra, una vida exitosa dedicada al ciclismo y que, ante esta realidad de su yerno, decide apoyarlo logrando en ello, no solo transformar la vida de Ramón, sino su vida misma con una sola idea en mente: Rendirse no es una opción. En un punto de la historia, Ramón duda a causa de la enfermedad y piensa, que correr es demasiado, cuando dar un solo paso parece ya imposible, entonces Manolo le dice a Ramón ― ¡Si te falta algo, tienes el resto! Y sobre todo ¡Que nadie te diga lo que no puedes hacer. Compruébalo tú mismo!
Desde que tengo memoria, todos los senderos que he tomado, han llegado al mismo sitio: un lugar al filo de una montaña. Ahí, me detengo y aunque el solo hecho de estar ahí puede considerarse como un logro, no estoy satisfecho, por que entiendo que me ha faltado el valor para escalar la montaña y mirar que hay allá, del otro lado y es verdad, la montaña impone, atemoriza, por que mirarla desde ahí, evidencia lo pequeño que "puedes creer" que eres ante el formidable reto de conquistarla, y no apreciar lo formidablemente fuerte que eres.
A finales del 2017, llegué al final de uno de esos tantos senderos que he andado por la vida, la médica especialista, después de darme el diagnóstico me dijo: «de usted depende que no lo vea en seis meses pidiendo un milagro y que le resolvamos lo que usted no quiso resolver ahora que todavía hay tiempo». Antes de recibir estas palabras, intentando justificar lo que parecía ser ya mi destino, intenté arroparme en los recuerdos de una vida, quise convencerme que seis décadas de vida estaban bien, que el final era inevitable y que lo “no hecho” ya no estaba en mis manos, pero las cosas pasan por algo y una invitación para ejercitarme y un reto, me devolvieron algo que sin darme cuenta había extraviado: el deseo de luchar por un objetivo y el valor de enfrentar un reto. A partir de ese momento la sola idea de una cama de hospital me aterró como destino para el final de la vida y eso me impulsó a continuar estrictamente el tratamiento que por más de dos años he llevado, pero más que eso, ese nuevo espíritu cambió mi visión de lo que debe ser el destino: una meta al final de la vida.
Ahora puedo recordar aquella noche de fin de año mientras se dicen los propósitos del nuevo año y del como esa invitación para regresar al gimnasio, me dejó a las puertas del gimnasio para ejercitarme, idea avalada por mi médica tratante quien dijo, que hacerlo, fortalecería los avances de la terapia. Durante los meses que siguieron, pasé del dolor, al gusto por sentirme fatigado después de cada sesión de entrenamiento, a olvidar las molestias físicas de la terapia, a experimentar nuevamente ese deseo por competir contra una marca, a recordar mis años como nadador, observando el espejo de agua antes del disparo de salida para vencer una marca en un sin número de competencias en las que participé; a recordar, aquellos días de waterpolo, nadando tras el balón y un marcador que celebramos o lamentamos como equipo o de aquellos otros, que invertí entre escuelas de artes marciales y gimnasios; sí, tenía que mirar hacia mi pasado para recordar una vida tras los retos que en el deporte me impuse. ¿Dónde fue que me perdí de toda esta maravilla?
Recuerdo la primera vez que recibí un uniforme como nadador a los siete años de manos del profesor Nelson Vargas; recuerdo la primera vez que tomé un balón de waterpolo cuando fui aceptado en el equipo por el profesor José Luis Rueda diciéndome «aquí está tu oportunidad, solo tienes que tomarla y luchar por conservarla»; recuerdo la primera vez que incursioné en un arte marcial con el profesor Rocha (Karate Do) y luego con el profesor Moran (Taekwondo) y de los años que me ejercité en un gimnasio y que ahora finalmente, después de estos años de negarme a un destino, descubro que el mayor reto está, en no abandonarte jamás a la desidia, a no conformarte con lo que parece ser tu destino y así, las cosas pasaron por algo por que, en octubre del 2019, recibí un reto que lo cambiaría todo en esta parte de mi vida, por que encendió, nuevamente ese deseo por competir, por desafiarme a mí mismo pero ahora, no competiría contra otros, ni contra otras marcas, ahora el reto sería vencer un destino, ese que se había cernido como sombra desde que fui diagnosticado.
Tomé el reto y lo enfrenté el 26 del mes de enero del 2020, la historia de esa prueba la guardo con cariño y ahora, la mantengo día con día, exigiéndome en cada entrenamiento, adaptándome a las circunstancias que nos impone una pandemia, aceptando las nuevas modalidades para probarse (competencias virtuales) y evaluar lo alcanzado y lo perdido y seguir a pesar de las adversidades laborales y económicas que las circunstancias del mundo, me han dejado en la ruta que he trazado para alcanzar (no sin antes transitar por otras pruebas de menor tamaño) a participar en un Ironman. No es por arrogancia, es solo por el hecho de marcarme una meta como objetivo e ir tras ella mientras tenga vida; mi esfuerzo, mi perseverancia, mi voluntad, determinarán si llego o no a ella y sino es así, consciente estoy de ello y de mis limitaciones, lo importante aquí, será vivir a plenitud, ese camino que me lleve hasta esa meta, donde debo descubrir no lo que ya tengo, sino lo que me hace falta para lograrlo.
A mi me toca comprobar con cada paso, con cada brazada, con cada pedaleada que día con día me imponga, lo que soy capaz de alcanzar.
En agradecimiento
a Irene, mi compañera de vida y de carrera diaria,
a mis hijos por su ejemplo de lucha,
en especial a Adriana por sus gritos de aliento
y su búsqueda incansable
por encontrar competencias donde participar,
A mi hija Mary
por haberme llevado a las puertas del gimnasio
Y mi gran aprecio y reconocimiento
a la Dra. Berenice Gómez Barrios
por su gran apoyo para hacer realidad mi primer
Triatlón: Tri Estacas 2020 ...
** Ahora comprendo que la edad no es una limitante, así como no lo es una condición física, una enfermedad,... y veo con asombro, que aquel hombre que me tendió la mano, esa mañana hace quince años, era mi futuro, mostrándome lo que podría hacer, si cada mañana me impongo un reto que vencer a pesar de todos los obstáculos.

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