El solitario pez rojo

 



 

Esa mañana estaba decidido, no se levantaría de la cama y haría oídos sordos al reclamo y furia de su madre cuando lo encontrara a media mañana debajo de las sábanas. A fin de cuentas, no había día que no se llevara un jalón de orejas, o una buena reprimenda con el cinturón golpeándole las nalgas o simplemente terminar la noche con la panza vacía al mandarlo a dormir sin probar la cena, qué más da, un  castigo más no haría la diferencia pero sí, ahora sería por convencimiento propio, las consecuencias de su decisión estaban ya aceptadas y eso quizás, hizo de esos minutos desde que la ventana se llenó de luz, un espacio en el tiempo tan grande que por un momento imaginó que había entrado en un universo sin tiempo. ¿Cómo sería la vida sin tiempo? Tal vez una maravilla, pero ese lugar solo existe en los sueños (pensó contrariado) o quizás en definitiva está donde existen los muertos, ahí el tiempo es eternidad y la sola idea de imaginarlo lo llenó de un temor indescriptible. ¡No! El tiempo debía tener algún valor en la vida, incluso en ese momento en que arrebujado bajo las sábanas disfrutaba del silencio de esa mañana. No pudo soportarlo, la muerte, la idea de una existencia sin tiempo lo sacó de la cama y ya de pie frente a la ventana se preguntó una y otra vez si seguir la misma rutina día con día valdría la pena. ¿Qué sentido tenía aprender de memoria lo que en la escuela enseñaban si no comprendía un carajo de nada? De qué le serviría saber cuantos continentes hay en la tierra y si la palabra buey se escribe con “B” o con “V”; al final, se escucha igual con una u otra letra. Debía haber un sentido en todo lo que ocurría a su alrededor y no era precisamente el que observaba a diario, ni el que le obligaban a seguir, hacerlo así “no tenia sentido” pero no hacerlo, ir en contra, desacatar lo dispuesto, agregaba algo especial al momento, la posibilidad de desafiar era más gratificante que acatar lo dispuesto. Recordó entonces a ese pequeño pez rojo de la ilustración que adornaba la entrada de la tienda de mascotas y decidido imaginó desde entonces su vida así, como la de ese pez contra corriente, contra lo dispuesto por que solo así la vida de verdad tendría un sentido, a pesar de todo cuanto se diga, de todo cuanto se estipule, quien no desafía lo dispuesto, está condenado a terminar su vida en la medianía y no en la excepción, que es la que marca las grandes diferencias.

 

Io

180920

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