Poco antes de morir

"Entre esas páginas, sin comprender por qué,

solo observa rostros y escenas de una vida que él mismo, ha trazado minuciosamente..."

 

Entre esas páginas, sin comprender por qué, hay rostros y escenas de una vida que él mismo ha trazado minuciosamente… ¿Por qué lo ha hecho? Es un misterio. Sin embargo, en esos trazos intuye un valor emocional incalculable.

Con frecuencia, ante la ausencia de recuerdos y de un pasado que sea el suyo, la angustia lo lleva a buscar el brazalete que, como tesoro, guarda entre sus andrajosas vestiduras para intentar, mientras lo observa, recuperar el trazo de ese rostro que, como sombra ya sin nombre, habita en las profundidades del olvido en su memoria. Y así, con cada página que dibuja, ha construido una historia sin palabras que no encaja en su realidad incomprensible, hasta este día, en que ya no habrá otra página, solo la última que, con temor, dibuja. Al terminar, inmóvil sobre la banca del parque que por mucho tiempo ha sido su cárcel y morada, espera sin comprender ese último instante que ha trazado.

Del otro lado de la calle, al igual que cada mañana, Fernanda lo observa antes de entrar al edificio para tomar el ascensor que la lleve a su oficina, pero ahora algo en él ha cambiado. Intrigada se detiene, lo observa buscando encontrar alguna diferencia sin lograrlo y entonces, sin pensarlo, alzando su mano, le envía un saludo sin que él se dé cuenta de ello. Apenada, apresura sus pasos para entrar al edificio y ya en su estudio, ocupada en sus tareas, intenta sin éxito ignorar la presencia de aquel hombre al otro lado de la calle, que absorto permanece inmóvil como un santo en el nicho de algún templo.

Con el paso de las horas, Fernanda observa la luz del día hacerse gris anticipando la tormenta. El cansancio la obliga a detenerse, descansar y tomar una taza de café. Mientras lo hace, busca la figura de aquel hombre por el ventanal que tiene vista al parque, solo para comprobar si aún seguía ahí. Apoyada sobre la helada superficie del cristal, lo observa sin dejar de pensar en los “por qué” de las circunstancias de ese hombre. «Pobre, se va a mojar. ¿Cómo puede vivir así?» murmuró en silencio, sintiendo lástima por él. Justo entonces, aparecieron las primeras gotas de lluvia sobre el cristal del ventanal del edificio. «¿Cómo pudo terminar así?... ¿Una tragedia?... ¿Qué tragedia puede llevar a un hombre al abandono, a la locura?... ¿Será acaso que así haya sido su vida desde siempre?»

Estos y otros pensamientos se deslizaban por su mente mientras lentamente tomaba su café sintiendo el calor de la taza entre sus manos hasta que, el resplandor y el estruendo del relámpago, que desató la lluvia, lo iluminaron todo, sacándola de esos pensamientos.

Se acercó nuevamente con preocupación al ventanal y fue entonces que se encontraron sus miradas. «¡No es posible!» gritó, antes de correr a su mesa de trabajo. Tomó entre sus manos los dibujos del guion gráfico sobre los que había estado trabajando los últimos días para descubrir que el rostro del personaje de ese guion era el de ese hombre sentado en la banca del parque, del otro lado de la calle.

Un húmedo escalofrío recorrió todo su cuerpo, el vértigo nubló sus pensamientos hasta desvanecerse. Inmóvil, ya en el piso, vio caer la taza de café junto con el metálico sonido de su brazalete que escapó de la muñeca de su mano. Confundida, como en una pesadilla, sintió incomprensiblemente estar tendida sobre esa acera que limita el parque, justo cuando al mismo tiempo observa erguirse imponente, al otro lado de la calle, el edificio de cristal donde ella antes se encontraba. Al final, ya sin voluntad ni fuerzas, en su último aliento, alcanza a ver al hombre del parque que ahora se encuentra detrás del ventanal en el primer nivel del edificio donde antes ella se encontraba.

La muerte se ocultó tras las sombras de la noche hasta la mañana siguiente.

El paramédico, alertado de lo ocurrido y después de revisar el cuerpo, observa no lejos de él revolotear con el viento las páginas de una libreta envejecida. La revisa con detalle. Ahí había escenas minuciosamente dibujadas de instantes memorables de una vida con un rostro común en cada página: el del hombre que yace tendido sobre el piso. Con asombro, recorre cada página hasta la última y se estremece. En esta última, el cuerpo de un hombre tendido sobre el piso y a su lado, la sombra de otro que, como él, revisa un objeto entre sus manos. No era una libreta, sino un brazalete, en el que pudo distinguir la sexta letra del abecedario, quizás la inicial de un nombre.

— ¡Qué extraño!, tal parece que este hombre, poco antes de morir, dibujó su propia muerte — murmuró con sorpresa el paramédico.

Fernanda, al recuperarse de lo ocurrido, sale al encuentro de ese hombre que yace en la acera del parque. Al llegar con él, alcanza a escuchar al paramédico que, extrañado al revisar esa libreta, afirma comprobar que ese hombre ha dibujado su propia muerte.

Conmovida, Fernanda se acerca con cautela al cuerpo de ese hombre que ha perdido la vida mientras el paramédico, al observarla, la reconoce como un personaje recurrente en esas páginas que tiene entre sus manos; sin apartar su mirada de Fernanda, se acerca a ella para poner entre sus manos esas páginas que, al recorrerlas, con sorpresa, le devuelven el infantil recuerdo de su padre perdido hacía tiempo de su vida.

—¿Será posible? Papá estuvo siempre aquí y yo, sin saberlo, …— murmuró Fernanda.

 

Vida y muerte entrelazadas en una sola línea....

Io

Publicado en:
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2412 2025


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