Mesa para dos

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Se encontraron para desayunar a la puerta del restaurante. Gabriel solicitó al capitán "Mesa para dos" sin devolverle el saludo a Héctor. Héctor lo observaba intrigado, sin entender la indiferencia con que lo había encontrado.

Después de ordenar café y un desayuno ligero, Gabriel empezó hablarle de forma extraña:

— ¡Héctor! He aquí mi Lacónica acuarela…

Héctor lo interrumpió con sonora carcajada:

— ¿De qué hablas? No exageres y vayamos directamente a lo que nos importa.

Gabriel arqueó las cejas:

— ¿Cuántas veces te he dicho que detesto viajar en avión? Prefiero hacerlo con la oportunidad de disfrutar del paisaje. Lo que busco es la experiencia. Me gustan los hoteles breves, esos que solo buscan abrazarte, donde tal vez nadie te vea y donde el mejor platillo sea un plato de arroz con chícharos y un huevo estrellado. ¿Es tan difícil lo que pido?

— ¡Qué te sucede, estás demente! — replicó Héctor, desconcertado — La reunión es en dos días. Necesitas dos días para llegar por carretera; no estarás a tiempo. ¡No! Mañana te trepas al avión. Al menos tendré la certeza de que ya estarás en el lugar.

Gabriel parecía no escuchar. Desvió la mirada y aspirando aire con suavidad, continuó:

— No es por economía — atajó Gabriel — Es por asombro. Nos perdemos en lo cotidiano tanto, que quedamos ciegos…

Entonces, la joven de ojos hermosos y finos rasgos interrumpió para servir el desayuno.

— Gracias, es usted un ángel — le dijo Gabriel.

Héctor, desconcertado, no le quitaba la mirada a Gabriel.

— ¿Viste los ojos de esa joven? — preguntó Gabriel — La edad nos hace ciegos. Dejamos de ver a las personas por lo que son y nos creamos una fantasía. El Espíritu se puede observar en la mirada. Si es perverso, los ojos son fríos y oscuros. Pero cuando el Espíritu vive, vuela ligero como paloma, no teme al futuro.

— ¡Ya Gabriel, déjate de bobadas! — quiso interrumpirlo Héctor.

— Debemos vivir la vida como palomas — continuó Gabriel—, arriesgando a tomar aún la migaja más pequeña de la vida. Las posibilidades en cada migaja son... infinitas.

— ¿Y si esa migaja no es tan apetitosa y resulta repugnante? — retó Héctor.

— Lo que en realidad ocurre, es que con la edad, perdemos la capacidad de asombrarnos. Dejamos de comernos la vida con un popote…

Héctor hizo a un lado su plato, exasperado.

— ¿A qué te refieres con eso de “comerse la vida con un popote”? ¡Vamos Gabriel, deja todo esto y desayuna!

Gabriel, con calma, le dijo: — ¿Recuerdas ese brebaje, el licuado que Mamá nos obligaba a beber en el desayuno?

— ¿La bomba de plátano con huevo, chocolate y avena, que a medio día nos llenaba de gases?

— ¡Sí! La única forma de tragarlo era con un popote. A mitad de licuado, ese popote se convertía en un juguete con el que nos salpicábamos de gotas. Era una guerra boba que nos hacía reír hasta caernos en el piso. ¡Sí... claro que lo recuerdo!

— Bueno ya basta de recuerdos. ¿Puedes apresurar tu desayuno y abordar el tema que nos importa realmente? — inquirió Héctor, volviendo a la carga.

— ¡No! — soltó Gabriel, sin inmutarse.

Héctor se transfiguró. — ¡Qué! No es gracioso, Gabriel. No tienes preparado nada. ¡Arregla este asunto hoy mismo!

Gabriel lo ignoró. —¿Sientes ese aroma a pasto recién cortado? ¿Cuánto hace que no piensas en estas cosas? ¿Recuerdas aquel disco de Papá, “Pedro y el Lobo”? Del otro lado, estaba la Suite de El teniente Kijé de Prokófiev.

— ¿Y eso qué?

— Con su flauta solitaria, yo imaginaba al Teniente Kijé ordenando a su tropa. Al grito de Mamá "a comer", terminaba la batalla. Héctor, fuiste tú quien escondió a mi Teniente Kijé en las gavetas de Papá, ¿verdad?

Héctor se mostró incómodo, sin saber qué decir.

— Rescatar al Teniente Kijé fue una victoria que conservo. Él me recuerda cada día lo importante que es vivir la vida como un niño, lo cual no está peleado con ser adulto. Espero que con esto hayas comprendido lo dicho antes. El viaje se hará como está planeado y cumpliré con mis obligaciones. Solo déjame jugar un poco contigo. Volverse loco por un momento, puede enseñarnos mucho, ¿no lo crees?

Héctor no sabía qué decir. Había escuchado a Gabriel atento, y se había encontrado con algo muy distinto a la locura. Ahora podía ver lo distante y frío que había sido los últimos años, y cómo había dejado de vivir su trabajo, su familia y su vida.

Comprendió que, por más importante que sea un asunto, vivirlo como una aventura es más importante que el solo hecho de cumplirlo. Así, la locura de la imaginación se enciende y nos deja ver cosas importantes donde en apariencia no existen.  


**Prokofiev: Lieutenant Kijé suite Op. 60





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