El bosque de las palabras (vi): En el último instante de la vida
En el edificio de La Casa de los Azulejos°, un café.
Y ahí yo y un desconocido que coinsidieron sin motivo ni razón alguna.
De pronto, se sentó cerca de mí, como esperando iniciar una conversación. Pidió un café para acompañar al mío. Entonces dijo:
— Llegamos a la vida con dolor, el mismo que olvidamos en los largos días que nos lleva consumirla. Pero al final, ante lo desconocido, nuestra necesidad de certeza nos lleva a experimentar un dolor incomprensible, con una intensidad semejante al vértigo que nos produce el vacío desde las alturas.
— Supongo que eso depende de nuestras creencias religiosas, ¿no? — sonreí después de exponer mi argumento, pues ese desconocido parecía interesado en lo que le diría.
— Quizás. Pero tal vez solo es nuestro deseo de seguir alimentando esa necesidad de certeza. Aceptar la transición hacia la muerte es como intentar resolver una ecuación sin solución.
— Pero la muerte no es una ecuación — interrumpí por un instante.
— Es cierto. Y aun así, es una certidumbre, porque al final, debemos enfrentarla.
— ¿Cómo?
— ¿Alguna vez has dejado caer tinta china sobre el agua? Esta, al llegar ahí, se desvanece al expandirse dentro de ella. Lo mismo ocurre al morir. No dejamos de "ser"; trascendemos al Ser.
— Esa es una solución poética que no resuelve el problema concreto.
— Pero lo explica y nos otorga esa certeza que necesitamos, aunque no podamos cuantificar, ni medir, ni encontrar un final.
— ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo encontrar certeza donde no existe?
— Del mismo modo que lo hacemos cuando hablamos del infinito. Nunca sabremos cuál es el número más grande, pero aceptamos que existe.
— Sigo sin comprender.
— Te daré un ejemplo. Existen números incomprensibles, simplemente porque no son "concretos". Son números que se extienden decimalmente hacia el infinito, como π. Este contiene una serie de dígitos decimales sin fin, y lo aceptamos como si existiera ese último dígito... Solo lo pensamos, aunque no exista, y así lo definimos. Es algo así como pensar en la infinidad de granos de arena de una playa. Al hacerlo, tenemos cualquier playa. ¿Cuántos copos de nieve formarán una nevada? No lo sabemos, y te aseguro que será imposible saberlo. Pero eso no importa, porque al mirarla, sabemos que nieva. Cuando se trata del final de la vida, quizás debamos dejar las cosas cuantificables y confiar en nuestras experiencias vividas, porque nadie puede contar los granos de arena de una playa, ni los copos de nieve en una nevada y, seguramente, nadie pueda jamás conocer el último dígito de π. Es fácil pensar en la muerte como el final de algo; eso no nos exige nada. Ahí no hay nada que contar, el vacío es algo que se percibe de inmediato. Pero aceptar que al morir trascendemos hacia algo más grande no es sencillo por lo inconmensurable que esto es, y que, quizás, si no lo hiciste antes, sea difícil de aceptarlo en el último instante de la vida.
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