Noche de Todos Santos

 




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Una noche en Coyoacán

Motivos de trabajo me llevaron esa noche a Coyoacán,

y lejos estaba de imaginar lo que ahí, iba encontrar.

El lugar tiene su encanto en La Noche de Todos Santos,

pues la gente suele caminar disfrazada de Catrinas,

Charros Negros, la Calaca y entre tantos,

los nahuales dibujados entre sombras

 en espera de una vida arrebatar.

  Y con ese paisaje del barrio colonial,

 entretuve la mirada mientras conducía

al lugar donde debía entregar,

el encargo que treinta y tres días atrás,

a las puertas de la imprenta

ordenara aquel extraño hombre

 de mirada fría y mortecina piel.

 Hermosa la caligrafía que en mi mano puso

del manuscrito de instrucciones

que debía acatar,

que entre ilustraciones describía los detalles

de la hechura de ese libro que por extraño,

era inusual:

cuarto mayor para el tamaño

de treinta y tres hojas de pulpa de madera,

que encajada en forros al estilo medieval,

 destacaba grabada en plata en la portada

la Cruz de San Benito, 

que es prevención santificada

para todo buen cristiano de fe.


 Santa Catarina era el barrio,

Encrucijada la calle

y Crux Sancti Patris la señal que debía encontrar,

sobre el pórtico de antigua propiedad

cerca de la capilla de El Carmen,

en Coyoacán.

Y cuando a la vista la tuve,

reduje la velocidad porque confundido me sentí

cuando de conductor a pasajero,

de pronto yo me vi.

 Llevado era en el carruaje

 por negros percherones como sombras

de la mano de otra, tan siniestra

que aun ahora,

su forma no puedo describir.

 Después de un giro brusco,

en el final de la calle pude distinguir,

entre malezas de abandono un portón a media luz,

donde el tiempo se detuvo cuando blanca sombra,

inesperada del portón yo vi salir.

 Fino era su talle del corpiño y blancas flores su vestir,

que ocultando el rostro hacia el carruaje se acercaba

con intenciones de subir:

—  Buenas noches… señora ¿Es aquí donde debo…?—

adelanté en decir.

— ¿¡Entregar!? —

 me interrumpió,

mientras su mano me tendía y sin esfuerzo,

al carruaje se subía para sentarse junto a mí.

 — ¡Sois vos para quién este libro fue hecho

y sin saberlo me esperaba! ...—

dijo

cuando el espanto se adueñaba ya de mí,

pues el tiempo de una vida en un instante, 

sobre su rostro, ví transcurrir.

— Ahora debo acompañarlo hacia lo Eterno,

donde la luz es ya un recuerdo y la vida,

solo un sueño del que no deseamos despertar…

 Su dulce voz en lánguido lamento se tornó,

oscuras cuencas de sus ojos sólo quedó

cuando del brazo me tomaba,

y en un murmullo como rezo señalaba:

 — Las cuentas hay que hacer

de lo mucho que se os ha dado

y de lo mucho,

que en vida vos ha desperdiciado…

No dijo más,

un grito de lamento dejó escapar

mientras el carruaje nos llevaba,

arreados por infernales percherones a la eternidad,

en esa noche fría en Coyoacán.

 

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Desperté.

 

Miré por la ventana, el sol lo iluminaba todo.

 

¡Qué locura! (de este sueño pensé) o acaso...

 

¿No lo fue?

 

Versión tradicional de La Llorona

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Io

26 102021

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