Una tardía postal de navidad
La escuché buscándome desde el piso de
abajo de aquella casa de mi infancia. El frío de esa mañana y mi enojo me
habían empujado a esconderme bajo el cobertor de la cama, que por esos días
lucía radiantes estampados navideños y deseos que, bien lo sabía, no se
cumplirían.
Aunque mi mamá mantenía por toda la casa
los adornos, el nacimiento del Niño Jesús y el espléndido árbol bajo el que,
una semana antes, habían aparecido como cada año los regalos de Reyes, yo
seguía sumido en una desilusión terca, esa rebeldía tan natural a los nueve
años cuando un deseo parece imposible. Y el mío, aparentemente, lo era.
Lo único que anhelaba no había llegado, a
pesar de que aquello que necesitaba sobraba por todas partes al otro lado de la
ventana: frío. Mucho frío.
Días antes de la Navidad había escrito mi
petición detrás de una postal con un paisaje cubierto de nieve:
Queridos Reyes Magos: solo les pido un
poco de nieve que llene mi ventana al amanecer. Solo eso. Sé que quizás no lo
merezca —mamá me lo repite todos los días—, pero me esforzaré. Cumpliré con mis
obligaciones y dejaré de rezongar cuando ella me llame la atención.
Lo prometo.
—¡Adrián! Lo prometiste —escuché de pronto
la voz de mamá al otro lado de la puerta. Estaba molesta. La había asegurado
desde la noche anterior para evitar que entrara.
No respondí. El remordimiento terminó por
vencerme y me levanté de un salto para enfrentar esa furia particular de una
madre. Pero al abrir, no encontré enojo: estaba ahí, con el rostro iluminado de
felicidad. Me tendió la mano y me condujo hacia la ventana.
—Lo prometiste y no has cumplido —dijo con
una sonrisa apenas contenida—, pero ellos, más tarde que temprano, la trajeron.
Mira… ya llegó.
Mi mirada se encendió al contemplar el
espectáculo blanco del otro lado del vidrio. Era nieve.
Ese miércoles 11 de enero de 1967, en la
Ciudad de México, la nieve llegó por primera —y única— vez en mi infancia.
Y para mí, fue un milagro.
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