Divagaciones
"Dos
cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez"
y
"quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me
acuerdo"
La casa
de Asterión, Jorge Luis Borges
Divagaciones
Alguien tocó a la puerta y, no
la abrí. El tráfico y la lluvia me habían agotado tanto que, al llegar a casa,
solo deseaba descansar, olvidarme de todo y, esa inoportuna llamada a la puerta
solo era un fastidio más que ignoré. Así que, me recosté sobre el sillón de la
sala sin esperar nada por las horas que quedaban de la tarde. Dormité
brevemente y ese parpadeo, me llevó a la pesadilla de estar atrapado en un
laberinto; no era como aquellos de intrincada y monstruosa arquitectura, la de este,
era tan simple y precisa como una línea recta. Nuevamente el insistente llamado
a la puerta me despertó, sacándome de aquel mal sueño. Inmóvil dudé que hacer
hasta que, ya nadie llamó a la puerta y el silencio, se extendió sin medida por
todas partes. Con curiosidad me acerqué a la puerta y la abrí. Nadie estaba
ahí. Miré el reloj. "I", estaba por llegar así que, quién haya estado
ahí segundos antes, no había sido ella. Además ¿por qué lo haría sí ella tiene
llave de la puerta? ... Entonces, sobre el piso, un papel llamó mi atención: «Mañana
es el día»; decía aquella nota de hermosa caligrafía. ¿Mañana, es el día? Me pregunté
sin atinar a qué se refería.
Al llegar “I”, le comenté lo
ocurrido para finalmente preguntarle: «¿Sabes algo de esto?»; le mostré ese
papel que leyó sin devolverme la mirada e ignorando mis dudas, sonrió antes de
preguntarme «¿Cenamos?». Entonces se adelantó unos pasos mientras me
tendía la mano para que la acompañara hacia el comedor y, se ocupara junto
conmigo para preparar la cena. «¿Mañana, llegarás temprano?» me preguntó
mientras cenábamos. «Si, espero que sí» le dije sin interés y ella simplemente exclamó
con entusiasmo «¡Perfecto! de cualquier forma, si te atrapara la lluvia, en
tu laberíntico regreso a casa, estaré esperándote» concluyó dejando un beso en mis
labios.
Se que estoy envejeciendo y un
síntoma de ello, es el hecho de que ya no me interesan, ni sorprenden las
novedades y esto no es algo que me agrade. La linealidad de los días, son ese
laberinto del que busco escapar para romper la monotonía que, en su simplicidad
me atrapa y así, desear lo inesperado.
¡Vaya desencuentros! Al día
siguiente, no esperaba al abrir la puerta, esa reunión “entre amigos”; ¿Qué
hacía toda esa gente a mitad de semana ahí? Pensé mientras se acercaban para obsequiarme
un abrazo después de aquel “¡Sorpresa!” que corearon con entusiasmo. «¿Acaso lo
olvidaste?» escuché la voz de alguien de rostro que no recordaba y de
quien no entendía su insistente cercanía; sonreí y dejé que estrechara mi mano
seguido de un abrazo incómodo, «¡Mírate! Quién lo diría, solo tres años más y
estarás en los setentas… Amigos, brindemos por “A”», dijo, a todos los
presentes para luego, juntos cantar esos cantos onomásticos tan frecuentes en
festejos por los años cumplidos; fue hasta entonces que caí en la cuenta de que
ese día, el sesenta y siete, se dibujaba como uno más en la historia de mi vida
y yo, estaba ahí, respondiendo sin entusiasmo a ese gesto que "I",
había preparado para el día de mi cumpleaños y lo acepto, todos estos
años, ella se ha esforzado para hacerme ver como una persona “normal” ante los
demás, cuando intimar, no es algo que acostumbre. «Ya saben cómo es él» les ha
dicho a vecinos y amigos, «siempre metido en sus cosas que no ve ni donde
pisa». Lo cierto es que si me doy cuenta cuando alguien en la calle, me
reconoce y por cortesía, a lo lejos me envía un saludo que ignoro; no intimar
con los demás y evitar lazos que me aten a compromisos de fines de semana,
partidos de futbol, box, largas charlas acerca de temas que no me importan,
forman parte de mi personalidad y lo acepto, siempre encuentro una excusa para
escabullirme como en cierta ocasión en que "I", molesta por mi
comportamiento, decidió concluir con el alegato diciéndome: «Sólo te acercas a
las personas cuando algo te interesa y si no, te das la vuelta como si
estuvieras solo» …; ¿Por qué ese reclamo? ¿Soy tan grotesco por el sólo hecho
de no ser como los demás? ¿Es tan difícil aceptar las diferencias? ¡Claro que
es difícil! Y ese día de mi cumpleaños, no fue la excepción. En cuanto pude me
escapé a ese espacio que suele ser extraordinariamente inmenso, dibujado entre el
trazo de la tinta de las letras que escapan de mi pluma, o entre libros, que
cubren los muros de mi habitación y esto, puede parecer locura porque, ante una
situación incómoda, busco escapar al universo de la imaginación, como aquel
día que atendía una llamada telefónica de "K", en la oficina, cuando
la escuché decir con molestia entre dientes, «es por esto por lo que no me
avergüenzo de ser misántropa». Alguien había llegado con ella para
interrumpirla cuando me dictaba ciertas instrucciones de trabajo en la línea;
se disculpó solicitándome un espacio para despachar al sujeto inoportuno.
Cubrió la bocina y esperé.
Mientras esperaba, concluí que
"K", deseaba, cuando expresó su inclinación hacia la misantropía[1],
acabar con el intruso, destruirlo quizás de forma Hitleriana y no por razones
de salud económica en términos humanos, sino por aquello que, en ocasiones, nos
hace intolerantes ante los demás: la lucha de egos.
Hundido en estos pensamientos de
pronto, una sombra se cruzó por mi mirada. Se detuvo frente a mí observándome
con molestia, antes de decirme —Sé que me acusan de soberbia y tal vez de
misantropía y, tal vez de locura. Tales acusaciones (…) son irrisorias[2] —
¿Quién era este extraño ser que me hablaba? El pasmo fue absoluto, no supe cómo
reaccionar a su apariencia y mucho menos a sus palabras …— ¿¡Qué te pasa!? —
Espetó iracundo
— ¡Nada!... Es solo que no
entiendo de dónde has salido ¿Cómo es que has llegado aquí…? ¿Quién eres? — le
dije estupefacto
— ¡Soy el Minotauro de Asterión!
— gritó con tal intensidad, que en el silencio que siguió, reverberaba el eco
de sus palabras. — Y no temas, que si lo haces ¡morirás! Como aquellos
imbéciles que no aceptaron mi apariencia.
Definitivamente estaba molesto
este formidable ejemplar extraído de la imaginación y, aunque el temor
circulaba entre mis venas, un dejo de tranquilidad me fue inundando hasta
sentirme, cómodo con él.
— ¿El Minotauro? — insistí en
voz baja mientras caminaba en torno suyo — ¿El del Laberinto de Creta? Pues si
es cierto lo que se ha dicho de ti … ¿Debería preocuparme mi futuro?
— Si eres tan cobarde y
prejuicioso cómo aquellos que alguna vez entraron al laberinto de la Casa de
Asterión y murieron, … pues entonces sí, debes preocuparte, pero dime, ¿Quién
puede hablar de la verdad? Testificar la verdad, requiere haberse enfrentado a
ella y sobrevivir a sus consecuencias. Piensa en esto, ¿Y si todo lo que se ha
dicho acerca de mí, fuese una mentira? ¿Y si todos los que murieron en el
Laberinto de Creta, lo hicieron presas del terror que les infundieron con
mentiras antes del encuentro conmigo? — se detuvo por un momento rememorando
antes de continuar — … así, sólo por esto, Teseo[3],
debió antes de enfrentarme, haberme dado la oportunidad de escucharme, conocer
la verdad y no haber preservado una mentira, porque de la misma forma en que
perpetró un plan junto con Ariadna para enfrentarme, y escapar del laberinto,
debió también considerar la posibilidad de un diálogo, como ahora lo hago
contigo y así, quizás, al conocer la verdad, hubiésemos tenido la oportunidad
de ser amigos…— entonces desapareció al regresar la voz de “K”, al auricular
del teléfono y yo, mudo, sin saber cómo retomar la llamada.
Lamentablemente la historia
consignada en la mitología y el tiempo, acerca del Minotauro de Creta, no da la
oportunidad a esta elucubración que escapó de mis fantasías para narrar, la
posibilidad de otra realidad en la que, el Minotauro, cansado de una vida llena
de desprecio, de ser juzgado y señalado como un monstruo por algo que ni
siquiera el mismo esperó al nacer, haya decidido quitarse la vida al encuentro
desafortunado con Teseo, quien, seguramente en estas circunstancias, aprovechó
con engaños lo ocurrido, para lograr desposarse con Ariadna cuando, a su
regreso del encuentro con el Minotauro le dijo — Lo creerás Ariadna… el
Minotauro al verme, apenas y se defendió; así esta oportuna mentira, desvirtuó los hechos que aprovechó Teseo a su
favor, para dejarla como una verdad irrevocable.
¿Cuántas mentiras nos inventamos
antes de entrar a lo desconocido y escapamos así de la realidad? Escapar,
debería ser una forma de entrar en el laberinto de trazo imposible de la
imaginación para encontrar ahí, no el bullicio que lo nubla todo, sino la
claridad que la verdad nos otorga como respuestas y de no haberlas, crear
magníficas historias para divagar en ellas en búsqueda de la verdad.
Al concluir con la llamada, miré
por la ventana y salté para volar sobre los edificios de concreto que desde ahí
tenía a la vista para escapar, hacia el horizonte que desde siempre, nos
muestra su inmensidad sin recato y ya en el vuelo, observé un alto edificio que
se alzaba imposible sobre el horizonte transformándose conforme me acercaba a
él, en el tronco de un frondoso y gigantesco árbol; cada rama, albergaba
miríadas de hojas, como páginas de libros que al leerlas, contaban historias,
describiendo mundos, universos y lo más profundo del alma humana. Desde esa
altura, la ciudad se transformó en aquella que pintó Jacek Yerka; libros y
colecciones de ellos, apilados formando grandes edificios y entre estos,
calles. En una de ellas, un hombre sosteniendo un largo bastón, un báculo que
al alzarlo, lanzaba un conjuro contra la vacuidad y la infamia, él era
"B", quien nos habló de Funes el memorioso, aquel que en la
imaginación, dibujó a detalle con palabras el otro árbol, como el de Jacek
Yerka mucho antes de que el pincel de éste le diera forma; luego me encontré
con "G", quien me habló de Cien años de Soledad que lo
hicieron único y mientras caminaba por esas calles, escuché fascinado a
"V", quien pudo ver antes que nadie, los prodigios del futuro y de
aquel Faro del Fin del Mundo donde encontré, insospechadas aventuras,
como cuando llegué a Comala, del universo de "R", donde nunca pude
discernir entre estar vivo, o estar muerto cuando me encontré con la señora del
reboso que me señaló el puente que, me llevaría a la casa de Eduviges, quizás
por que creyó que yo también buscaba a Pedro Páramo. Y en el rezo por escapar
de ahí, terminé persiguiendo los sueños del timador Niklaus, que imaginó
"JJ", solo porque lo escuché decir “en verdad os digo” y creí, que en
verdad un camello, podría pasar por el ojo de una aguja, solo con el pago de
una cuota… Fue entonces que comprendí que uno no es lo que escribe, sino lo
que ha leído (…) y que las derrotas, en ocasiones, tienen más dignidad que las
victorias[4].
Io
180325
B= J L Borges
G= Gabriel García Márquez
V= Julio Verne
R= Juan Rulfo
JJ= Juan José Arreola
Autor: Adrián Guadarrama Alcántara.
Residencia: Ciudad de México, México.
Móvil 556298 8321
[1] Misantropía: Aversión al trato con otras
personas.
[2]
Fragmento
La casa de Asterión de J.L. Borges
[3]
Teseo.
Atenas debía enviar un tributo al rey Minos de Creta que consistía en el
sacrificio de siete doncellas y siete jóvenes que serían devorados por el
monstruo Minotauro, una condición impuesta tras la expedición militar de Minos
contra Atenas para vengar la muerte de Androgeo. Teseo se presentó
voluntariamente en el tercer envío ante su padre para que le permitiera ser
parte de la ofrenda y lo dejara acompañar a las víctimas para poder enfrentarse
al Minotauro. Las víctimas eran elegidas por sorteo, pero según Helánico el
propio Minos acudía a Atenas para escogerlas, y así es como fue elegido Teseo.
Al llegar a Creta, la princesa
Ariadna se enamoró de Teseo y le propuso ayuda para derrotar a su hermano —el
Minotauro— a cambio de que se la llevara con él de vuelta a Atenas y la
convirtiera en su esposa. Teseo aceptó.
La ayuda de Ariadna consistió en
dar a Teseo un ovillo de hilo que este ató por uno de los extremos a la puerta
del laberinto. Otra versión indica que la ayuda de Ariadna consistió en una
corona que emitía un resplandor y que le había dado Dioniso como regalo de
boda, o bien que podría ser la misma corona que le había regalado Anfítrite
durante el viaje a Creta.
Así Teseo entró en el laberinto
hasta encontrarse con el Minotauro, al que dio muerte a puñetazos o
atravesándolo con una espada. A continuación, recogió el hilo y así pudo salir
del laberinto e inmediatamente, acompañado por el resto de las atenienses y por
Ariadna, embarcó de vuelta a Atenas, tras hundir los barcos cretenses para
impedir una posible persecución.
[4] Jorge Luis Borges

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