Un recuerdo mágico
Aquella mañana,
cuando a nuestros ojos llegó el asombro, en un instante nos acomodamos
dejando un amplio espacio circular al centro del patio de la escuela.
Reíamos, brincábamos, corríamos sin rumbo mientras Elenita (mi maestra), intentaba inútilmente, encontrar orden entre esos gritos y correteadas. Nadie le había advertido del riesgo que implicaba para su salud emocional, liberarnos en el patio de recreo en ese día de fiesta, el del Día del Niño y, por más que se esforzaba, solo conseguía exhalar su frustración ante sus fallidos intentos hasta que, de pronto, la mirada de los niños sobre el recién llegado obró el milagro; aquel sujeto de levita a cuadros de colores, sombrero de bombín carmesí y enormes zapatos bicolores y tres enormes globos atados a la ridícula maletita que cargaba en una de sus manos, parecían elevarlo al cielo azul de esa mañana mientras que, con la otra, llevaba a la boca el silbato que chillaba entre risotadas.
¿Cómo pudo hacerlo? Murmuró Elenita. En un instante, todo era orden y silencio que se interrumpió, cuando el grito de asombro estalló cuando “Sombrerito” abrió su ridícula maletita y escapó de ahí volando, una paloma que le excedía en tamaño. La paloma se posó en mi hombro y “Sombrerito” se acercó, la tomó con delicadeza y la cubrió con una mascada tornasol y ¡zas!, desapareció. “Sombrerito” me miraba escudriñando mi cabello mientras todo era silencio y asombro hasta que, una cascada de risas lo rompió cuando, de mi oreja, extrajo un huevo “duro” de gallina que “Sombrerito”, despreocupadamente devoró de un bocado…
Ser un niño, es vivir con el asombro en la mirada, aun cuando nuestros años, hayan dejado de ser, ese conteo que no escapaba, más allá de los dedos de las manos.
Io 30 abr 2025

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