1968: El Umbral del Asombro y el Dolor
1968: El
Umbral del Asombro y el Dolor
En
1968, México transitó entre el dolor y el asombro en apenas treinta días; un
periodo donde el país intentaba sacudirse el polvo de un costumbrismo forjado y
heredado por más de cuatrocientos años de colonialismo y guerras civiles para
abrazar un futuro que ya tocaba a la puerta.
No
fue el azar, sino el clímax entre la ruptura con el pasado y la apertura que
había comenzado a gestarse en medio de la revolución tecnológica que el mundo
experimentaba. Un año atrás, el 25 de junio, el mundo se había encogido: fuimos
testigos en México de la primera transmisión global vía satélite por televisión
desde los estudios Abbey Road en Londres. El programa Our World nos
permitió ver en vivo a The Beatles interpretar «All You Need Is Love»,
estableciendo así la pauta que, un año después, permitiría a México transmitir
en vivo la Olimpiada México 68. Todo aquello nos hizo parte de la aldea global,
ese espacio donde las fronteras de la comunicación finalmente empezaban a
desmoronarse.
Así,
en el icónico 1968, México tuvo la oportunidad de ser la vitrina del mundo a
través de los XIX Juegos Olímpicos. No era solo una competencia deportiva; era
la declaración de una nación que se presentaba ante el mundo no como la tierra
del atraso y la miseria postrevolucionaria, sino como un país cosmopolita y de
vanguardia. La modernidad se materializó en una identidad visual sin
precedentes: el diseño de Lance Wyman, que fusionaba la linealidad del Arte
Huichol con la psicodelia del Op-art, vistió a la Ciudad de México de
una sofisticación internacional.
Proyectos
como la Ruta de la Amistad —el corredor escultórico más grande del mundo—
sacaron el arte de los museos y lo pusieron en las calles, mostrando que en el
México moderno también se hablaba el lenguaje de la abstracción. Aquí, la
arquitectura y la infraestructura olímpica encontraron un espacio de comunión
entre las artes visuales y la cultura moderna, construyendo un escenario donde
el jazz y el rock, como nuevos estandartes, llenaron las calles del entonces
Distrito Federal para compaginar con el mariachi, la música popular y la
emblemática música regional mexicana.
Pero
esta “ventana al mundo” tenía un doble reflejo. Mientras la infraestructura
crecía y la televisión a color capturaba la hazaña de Enriqueta Basilio
encendiendo el pebetero olímpico, en las calles se gestaba una ruptura
dolorosa. El México que buscaba ser anfitrión del futuro se enfrentaba a las
limitaciones de un sistema político que aún no entendía cómo dialogar con su
juventud, ni con la marginación de sus comunidades más alejadas de este boom
del desarrollo tecnológico. El asombro de las olimpiadas, con su mensaje de paz
y unión universal, convivió trágicamente con el dolor de la represión
estudiantil en Tlatelolco. Este fue el año en que México aprendió que ser
vanguardia no solo implicaba satélites y estadios de concreto, sino también la
evolución de las libertades civiles. En treinta días, el país dejó de ser el de
los abuelos para convertirse en el de los hijos del siglo XX. El 68 nos entregó
un México nuevo: más consciente, más herido, pero definitivamente conectado con
el pulso de un mundo que ya nunca volvería a ser el mismo.
Y
en este torbellino de imágenes, sonidos y emociones desbordadas estaba yo,
arrastrado hacia un nuevo orden que nacía del dolor y el asombro. Incapaz de
discernir entre estos contrastes, veía cómo el sufrimiento de una madre por la
pérdida de un hijo —cuando Carlos, el hermano de mi amigo Ramón, fue asesinado
en la masacre de Tlatelolco el 2 de octubre— luchaba dramáticamente ante mi
asombro con las proezas deportivas y los eventos culturales de la Olimpiada,
que había iniciado apenas diez días después de tan brutal acontecimiento, el 12
de octubre.
El
domingo 20 de octubre, “Take Five” se escuchaba en la interpretación de algún
grupo de jazz; pieza que, durante la Olimpiada Cultural cinco meses atrás, The
Dave Brubeck Quartet había puesto de moda tras su presentación en el
Auditorio Nacional. Durante los días olímpicos, esa melodía ambientaba los
espacios del Op-art dispuestos en distintas sedes y escenarios. Aquella
estética, símbolo de modernidad, vestía un pabellón acondicionado en el Museo
de Historia Natural, en Chapultepec, a donde mi padre nos llevó a disfrutar en
familia del jazz previo al maratón olímpico. La carrera iniciaría a las tres de
la tarde y recorrería parte de Paseo de la Reforma para continuar por la
Avenida Insurgentes Sur hasta concluir en el Estadio Olímpico Universitario.
Recuerdo ver pasar, ya al atardecer, a aquellos formidables corredores olímpicos
rumbo a la meta. Y cuando parecía que ya nada más podría asombrarme, el 31 de
octubre, mi padre nos llevó al legendario Cine Latino, en Paseo de la Reforma,
al estreno de la icónica película 2001: Odisea del espacio. La obra de
Stanley Kubrick profetizaba lo que muy pronto sería la mayor revolución
tecnológica del mundo.
Sin
saberlo entonces, solo los años me mostrarían la trascendencia de aquellos días
para un México que luchaba por crecer y ser parte de un mundo que cambiaría
radicalmente nuestras vidas. En ese contexto, además, mi padre se aventuraba en
el universo de las artes gráficas al inaugurar su imprenta, la cual denominó
GISA por las siglas de su apellido y la razón de su empresa. Aquel acrónimo de
su nombre comercial no solo definió un negocio, sino que marcó mi vida y mi
destino como impresor, editor y productor de libros.
Ahora,
al discurrir por el recuerdo de aquellos acontecimientos, cuatro eventos se
muestran con firmeza; aunque en apariencia discordantes y acaecidos en solo
treinta días, definirían con el paso de los años una realidad que transformó la
vida de una generación: una que ha vivido, quizás, la mayor revolución del
pensamiento, de las artes y de la visión del mundo que solo la ficción pudo
vaticinar en el pasado.
Y no está de más decirlo al descubrir la conjunción de estos eventos cuando miro hacia el origen de mi vida: nací un 21 de octubre.
Ahora, al caminar por los
recuerdos de aquel icónico año, me pregunto si existirá algún significado
oculto en esta conjunción de sucesos tan formidables.
Io
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Diseño de Lance Wyman


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