Recordar ( 1964)
Antes
del encuentro (i)
(Fragmentos de una historia)
—¿Qué podía haberme preocupado en aquellos
días? ¿Encontrar el momento para escapar de casa montado en bicicleta entre
resplandores de tormenta? ¿O esperar con impaciencia la salida de la escuela
para vagar entre ruidosas calles, esas que aún viven en los recuerdos de mi
infancia?
Aquello era más que eso, porque lo que en
verdad importaba era dejar atrás aquel bullicio de griteríos vecinales,
aquellas voces de la radio y de mercado, aquella orden para acabar con los
deberes de la tarde y escapar entre esas calles y quedar, solo con el ulular
del viento persiguiendo sueños, fantasías… esas que esparcimos con imaginación
entre descampados, o entre calles, y que nos inventamos entre susurros de
compinches de aventuras rodando en bicicletas.
Aún ahora, después de todos estos años,
los escucho como si estuvieran ahí, escondidos tras las puertas, tras los
muros, esperando el pretexto para escapar y devolverme una vez más aquel ímpetu
que nos arrebataba del salón de clases o que, a la hora del recreo, poníamos
sobre cascaritas de naranja para lanzar con resortera, solo para molestar a
quien el azar pusiera en la imaginaria mirilla que los eligió… y escapar, así
sin más, envuelto en carcajadas.
Nunca el tiempo tuvo entonces importancia,
simplemente porque no existía. Y, aun así, un día la curiosidad de adolescente
me llevó a husmear donde no debía, creyendo que en aquel robado beso y tímidas
caricias dejaba atrás los juegos infantiles. Nunca más, después de todo
aquello, volví a encontrar ese placer de pintar con pasos aquellas calles de mi
infancia y extraviar el tiempo con amigos, entre sueños, fantasías y
travesuras.
Y así, entre risas y secretos —de esos que
solo se murmuran a escondidas—, fuimos construyendo los recuerdos con cada
calle con la que tropezamos.
Nada, nada de todo aquello era razón para
preocuparse; solo era la vida latiendo en nuestros corazones, queriendo escapar
a cada instante.

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