El bosque de las palabras (vii): Recuerdos y fantasías

Grabado: Gustav Doré. El paraíso Perdido**

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Más de dos décadas me llevaron de vuelta a la esquina donde alguna vez estuvo la imprenta de mi padre. Ahí, frente al edificio que antes ocupaba, me detuve recordando instantes de una vida que ahora se asemejan más a un sueño que a una realidad vivida en su momento. Me acerqué a la puerta y me vi como el niño que infinidad de veces llegó hasta ahí de la mano de mi padre, quien me invitaba a cruzar aquel umbral.

Nunca a esa edad me permitió pasar por el pasillo que nacía detrás de la escalera, en el primer nivel del edificio. Pero ese día, con un gesto, me dijo que lo siguiera. Se detuvo al fondo del pasillo, frente a una pequeña puerta. Ella había sido un misterio del que hablábamos entre hermanos, inventándonos historias sin sentido que, en ocasiones, llegamos a temer. Y ahora, yo estaba ahí, frente a ella, mientras mi padre buscaba la llave para abrirla de entre tantas que llevaba colgadas al cinturón. Cuando la encontró, me sonrió con esa mirada de los que están por revelar un secreto y la abrió.

Sombras con aromas a encierro escaparon de ahí al encender la luz.

Con una señal, me invitó a pasar al interior.

Seguí sus pasos entre estantes alineados, no sé cuántos, todos repletos de libros en un inexplicable laberinto, y recorrí, con asombro de niño, sus innumerables lomos con títulos y autores que no conocía.

— Toma el que gustes — me dijo.

Abrumado como estaba, le supliqué con la mirada que fuera él quien me lo diera.

Tomó uno al azar. Al ponerlo en mis manos, le pregunté:

— ¿Lo has leído? ¿De qué habla? — sin recibir respuesta.

Lo abrí y acaricié con la mirada la belleza de sus grabados que, entre páginas, ilustraban la historia de Adán (lo supe más tarde) que, atribulado, reclamaba al arcángel Rafael la afrenta de sus amores carnales con Eva.

Pero ese día me bastó lo que con la mirada pude ver en cada ilustración que recorrí entre sus páginas para imaginar historias que mis escasos años solo pudieron soñar.

Ser un niño, además de la circunstancia de descubrir un misterio detrás de la puerta, convierte a un hecho seguramente trivial en una fantasía que se lleva toda la vida. Y a quien la narra, en la voz que da vida al universo que yace entre la tinta que dibuja las palabras sobre las páginas de un libro.



**El paraíso perdido de John Milton   


++Daniil Trifonov – Chopin: Fantaisie-Impromptu In C-Sharp Minor, Op. 66


 

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