El bosque de las palabras (ix): Extravío


 

       
              
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La primera vez que me extravié, fue sobre las páginas de un libro en agonía.


Mi Primer Libro

Mi primer libro, mutilado antes de nacer, esperaba sin esperanza la mirada del lector que hiciera realidad el universo que entre sus páginas encerraba. Las manos de los hombres, el dios que lo había creado, fueron las mismas que lo desecharon en ese depósito de desperdicios, por algún motivo insospechado.

El Encuentro

Aquella tarde, cuando llegamos al lugar, la puerta del galerón de la calle Mier y Pesado se abrió con la pesadez que el tiempo herrumbra sobre el abandono. No recuerdo el trayecto ni los motivos por los que mi padre me llevó hasta ahí, solo su voz diciendo antes de bajar del automóvil: «Anda, ya llegamos».

Aquella oquedad estaba separada de la calle por un largo y estrecho pasillo que mi infantil curiosidad quiso escudriñar. Lo recorrimos lentamente a tientas, hasta que se iluminó cuando mi padre accionó el antiguo interruptor.

Ahí, aletargados, monstruos formidables saturaron mi mirada bajo un velo de polvo y tiempo. Maravillado, recorrí el lugar hasta que tropecé con un mueble de incontables cajones. Cada uno guardaba el azar grabado sobre misteriosos prismas de metal plomizo: voces entre símbolos y letras que nunca antes había visto. Las observé, imaginando lo que no entendía.

«¿Qué opinas?», recuerdo que me preguntó mi padre. Yo no pude tener una respuesta. Solo lo observé alejarse y detenerse frente a uno de esos monstruos mientras me ordenaba que me quedara justo donde estaba. Me miró sonriendo, parecía saber qué ocurriría.

Entonces accionó un botón y jaló con fuerza una palanca. Fue en ese instante que ese formidable ser adquirió vida con ímpetu descomunal, entre estridentes resoplidos, abriéndose y cerrándose sus fauces sin que yo pudiera comprender lo que sucedía.

«Esta es una Minerva*, una máquina de imprenta, la más perfecta... Con esta máquina y las otras, "haremos libros"»**, me dijo con satisfacción en su mirada.

No pude imaginar cómo ocurriría aquello de "haremos libros". Para mí, eso no tenía sentido. A mis seis años, el papel solo era parte de mis juegos para colorear y recortar, o para construir sueños. Pero un libro sería “algo” que tendría que descubrir en mi futuro.

Recorrí aquel lugar con más curiosidad que miedo hasta tropezar con un enorme depósito de papel de desperdicio. Una maravilla, un océano de tiras de papel sobre el que me lancé a navegar con alegría, imaginando y soñando en algún juego infantil que me llevó hasta sus profundidades, donde tropecé con él: mi primer libro.




                                    

Extravío

Sin forros, desparpajado, un excluido del mundo arrojado a la destrucción: ese fue mi primer libro. Lo tomé con sorpresa entre mis manos y lo acaricié, página a página, con el asombro de quien ha encontrado un tesoro. Observé con fascinación aquellos incomprensibles textos enmarcados entre ramas y flores que nacían desde la primera letra, la mayor de todas en cada página. Imaginaba historias que no leía, porque no sabía cómo hacerlo.

Entonces una página me detuvo: un ángel agobiado mirando al cielo mientras las sombras de un mundo lo envolvían.

Fue entonces que escuché la voz de mi padre que, molesto, me recriminaba mi desobediencia: «¡Aquí estás! Te dije que no te movieras de ahí... ¿Por qué has desobedecido?». No pude decir nada.

Me había extraviado entre las páginas de ese libro, en una historia que después, con más años, descubrí y comprendí en su lectura. Aquel Ángel Caído, Luz Bella, expulsado del cielo por enfrentar a Dios al cuestionar su autoridad, me llevó a comprender el porqué de su venganza. Instigando a Eva para convencer a Adán de desobedecer y comer del Árbol de la Sabiduría, del que se les había prohibido comer.

Luz Bella ahí se justifica argumentando que más vale aspirar al conocimiento y la sabiduría que vivir en la ignorancia, aun cuando en ello se pierda la vida eterna en el Paraíso****.

Desde entonces, vivo extraviado entre las páginas de infinidad de libros y no sé si con ello he perdido el paraíso. Lo que sí puedo afirmar es que he ganado el universo para observarlo y maravillarme con él entre las páginas de todos mis libros.


* Minerva: Máquina de imprenta. ** «Haremos libros»: Cita de la voz del padre. *** El ángel caído: Grabado de Gustave Doré. **** El Paraíso Perdido: John Milton.

Io

 


El ángel caído. Grabado de Gustave Dore
El Paraíso Perdido 
Jhon Milton





** Los tipos móviles son unas piezas habitualmente metálicas en forma de prisma. Creadas de una aleación llamada «tipográfica» (plomo, antimonio y estaño). Cada una de estas piezas contiene un carácter o símbolo en relieve e invertido especularmente.


En una imprenta "tradicional" los "tipos móviles" se guardan dentro de "cajas" con divisiones, cada símbolo en una división específica o "cajilla", cada caja alberga un estilo tipográfico particular (como Courrier, Arial, Helvética, etc.) y el mueble que alberga todas las cajas, se llama peinaso. 
Antes de la invención de las computadoras, el linotipo fue el medio más utilizado para elaborar textos y antes de éste, lo fue el tipo movible... Todo un arte.


*** Minerva: Diosa de la sabiduría en la mitología Romana. Hija de Júpiter, quién después de haberse comido a Metis (La prudencia), padeció de fuertes dolores de cabeza. El nombre de esta máquina de imprenta fabricada por Heidelberg y muy popular en las artes gráficas durante la primera mitad del siglo XX hasta la aparición de las prensas cilíndricas de offset.


**** Gustave Doré ilustró escenas del Paraíso Perdido de John Milton en grabados eternos y conmovedores, y aquel con el que tropecé, aquella tarde, es en la que Lucifer, habla de aquello que no acepta a pesar de ser la causa de su Paraíso Perdido ahí nos dice: “Los Dioses fueron los primeros que existieron, y se prevalen de esta ventaja para hacernos creer que todo procede de ellos, pero lo dudo, porque, al paso que veo esta hermosa tierra, que con el calor de los rayos del sol produce tantas cosas, me convenzo que ellos no producen nada. Y si lo hacen, ¿Quién ha encerrado la Ciencia del Bien y del Mal en este árbol, de tal suerte que el que come de su fruto adquiere al momento la sabiduría sin su permiso? ¿Cuál sería la ofensa del hombre por alcanzar este conocimiento?” 


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