El bosque de las palabras (xi): La Rosa de los Vientos

 



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Aquel lugar parecía sacado de un sueño. Yuli se alejó en silencio de nosotros y, cerrando los ojos, empezó a contarnos la historia de cómo aquel mosaico había llegado hasta allí.

— Tendría no más de siete años. No sé si el tiempo y el olvido han deformado el recuerdo de aquella tarde. Cuando los vi llegar, papá se refirió a esos hombres de aspecto extraño, en caravana, como «Los Tuareg». Se cubrían el rostro, dejando solo la mirada al descubierto para protegerse del sol. Descargaron en silencio el camión maltrecho y sucio en el que lo trajeron. — ¡Kaleb! — gritó papá, extendiendo la mano para saludar al gigantesco hombre que lo conducía. Se abrazaron con afecto, mientras su sonrisa, tan espectacular como su tamaño, me impactaba.

Corrí a un lado de papá. — ¿Quién es? — pregunté, escondiéndome tras sus piernas.

Ese hombre se colocó en cuclillas frente a mí. — Soy Kaleb, amigo de tu padre. En este cargamento se oculta una maravilla que tendrás que descubrir cuando esté armado… — dijo. De barba y cabellos rizados, blancos como la nieve, parecían tatuados sobre su piel oscura, de mirada azul como el cielo de esa tarde. — ¿Eres un mago? — pregunté mientras sonreía, y papá me alzaba entre sus brazos. — ¿Crees que lo soy? — me preguntó. No supe qué decir, pero yo lo creía y asentí con un gesto. Se dio la vuelta, alejándose de nosotros, moviendo sus brazos en lo alto como dibujando un sortilegio. — ¡Pues hagamos magia! — Gritó hacia el cielo.

Cuando terminaron de descargar, la noche lo había cubierto todo. Yo los había observado hasta perderme en el sueño cerca del lugar donde apilaron ese cargamento. Al despertar, habían encendido el fuego para calentarse y tomar café mientras hablaban en voz baja. Papá, a mi lado, hacía anotaciones y calculaba la paga de esos hombres que pronto partirían. Al terminar, ellos subieron a las camionetas que acompañaban al gran camión y se fueron. Papá, pensativo, me miraba y sonreía. — Hoy dormiré en la sala, tu mamá estará molesta conmigo por no haberte llevado a casa a buena hora — me dijo. — ¿Y si le digo que yo me quise quedar para conocer a Kaleb, el mago? — Sonrió con mi argumento.

Fue entonces cuando, tras él, apareció Kaleb.

— ¿Estás listo? — le preguntó papá mientras le entregaba el cuaderno donde había registrado el movimiento de descarga, junto con un pliego de papel sucio, arrugado y carcomido por el uso.

Papá tomó los papeles y puso el pliego sobre el piso. Lentamente lo fue extendiendo hasta dejar expuesto, ante nuestro asombro, el trazo de esta Rosa de los Vientos con su mapa de Levante. Allí había misteriosos registros, coordenadas cifradas e instrucciones que imaginé como un código secreto al que solo se accedía en un ritual. — Tienes que ser cuidadoso, de lo contrario, perderás el orden que difícilmente encontrarás. Si ocurriera, todo esto se convertirá en un misterio imposible de resolver. Sé paciente — concluyó Kaleb, extendiendo la mano para despedirse de papá.

— Si te necesita, ¿papá podrá llamarte? — le pregunté a Kaleb. Se acercó a mí y, acariciando mi mejilla, me dijo: — Solo tiene que pedirlo y vendré volando sobre un Simurgh. — De entre sus ropas extrajo una moneda de bronce y la puso entre mis manos. La observé maravillada: allí, un ave de grandes plumas con cabeza de perro y garras de león emprendía el vuelo. — ¿Un qué…? — pregunté. — Un Simurgh. Es hermoso y tan veloz que puedes volar montada sobre él alrededor del mundo en un instante. — Tras sus ojos pude ver la imagen aleteando de ese fabuloso ser, como si fuera el mismo Kaleb.

Se levantó para despedirse nuevamente de papá y se alejó pensativo para subir al camión en el que había llegado. — Le será difícil — murmuró papá, guardando silencio después, sin que yo pudiera comprender esto último. Mucho tiempo después lo supe: Kaleb había luchado por rescatar este mosaico de su destrucción, poniendo en riesgo su vida. Invirtió una fortuna en su rescate. Eran tiempos de guerra. Esta vuelve ciegos a los hombres para destruir historias, pero en la tragedia, nacen otras en palabras, para ser contadas, como la de Kaleb…

— Tienen aquí un tesoro — Dije entusiasmado, pensando en lo afortunado que es aquel que tiene una historia para ser contada. En sus palabras, está el tesoro...



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Io 2015


*Simurgh. El pasaje más conocido en el que se alude al Simurg forma parte de la épica de Ferdousí, el Shāhnāmé (Libro de los Reyes), en donde se describe su relación con el príncipe Zal, un legendario monarca persa. Según el Shāhnāmé, Zal, el hijo de Saam, nació albino. Cuando Saam vio que su hijo era albino, creyendo que fue engendrado por los demonios, lo abandonó en la montaña mítica Alborz.

El misericordioso Simurgh escuchó los gritos del niño desde la cima, en donde vivía, lo rescató y lo crio como propio. Zal fue criado con mucha sabiduría por el cariñoso Simurgh, pero creció y llegó el momento en que se convirtió en adulto y anheló regresar al mundo de los hombres. Aunque el Simurgh se sumió en la tristeza, le entregó tres plumas de oro para que las quemase y así poder avisarle si alguna vez necesitaba su ayuda.

Al regresar a su reino, Zal se enamoró y se casó con la hermosa Rudaba. El nacimiento de su hijo se complicó y fue terrible y prolongado. Temiendo la muerte de su esposa, Zal avisó al Simurgh. Éste le enseñó la práctica de la cesárea, lo que salvó a madre e hijo que llegó a convertirse en uno de los mayores héroes persas, Rostam.

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