El bosque de las palabras (xiv): Kaleb

 


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— Yuli, somos amigas desde niñas. Me has contado tantas historias que no sabría dar un número para definirlo. En algún momento me pregunté si todas salían solo de tu imaginación, o si las habías tomado de algún libro cuando hablabas de la casa. Nunca imaginé, y perdóname por eso, que en verdad existiera esta casa, pero ahora…

— Lo sabía — La interrumpió. Se acercó a Mary y puso entre sus manos la moneda del Simurgh. Mary, sorprendida, le devolvió una sonrisa sin saber qué más decir. — Mary, esta casa y yo crecimos juntas, somos casi de la misma edad y en todo este tiempo, ha sido inevitable escuchar las historias y el origen de muchas de sus partes. De algún modo, esta casa es un libro con historias que contar.

La crónica que Yuli nos había dado de ese día en que llegó Kaleb con el mosaico encerraba incógnitas envueltas en misterios que yo deseaba descubrir. La figura de Kaleb me parecía fascinante: ¿de dónde había llegado? ¿Cómo había ocurrido ese rescate? ¿De quién había escapado? ¿Qué historia encerraba el mosaico? ¿Y si ese mapa no fuese solo decorativo y en su pasado hubiese guardado un secreto, quizás un tesoro, quizás un mundo formidable al que se pudiera llegar a través de él si se descifraba un código oculto? ¿Y qué era esta torre que no parecía ajena al mosaico ni a la frase que leímos sobre el muro? Estaba intrigado y no podía ser indiferente a cada detalle de todo aquello. Yuli me observaba inquisitiva, parecía adivinar mis pensamientos.

— Carlos — me dijo sin dejar de mirarme — sé que quisiera saber más de todo lo que observa y ya habrá oportunidad para ello. Por ahora solo le pido que disfrute su estancia, déjese llevar por sus sentidos y descubrirá que cada objeto, cada piedra, cada estructura, por increíble que parezca, tiene algo que decirle, le mostrará su esencia, esa que en algún momento les dio la oportunidad de no perderse en el olvido.

No dijo más. Sonriendo, Yuli se acercó a Mary, la tomó de las manos y caminaron hacia una modesta puerta del otro lado del interior de la torre. Con un gesto, Yuli me invitó a seguirlas.

Pero antes de salir de ahí me detuve, observé ese mosaico, los muros y la puerta por la que habíamos llegado; era fascinante lo que veía. En ese instante, empujado por una fuerza indescriptible, caí sobre el mosaico bajo la penumbra de otro tiempo.

Luces y destellos intermitentes entre disparos, gritos y resplandores de morteros que parecían estallar cada vez más cerca me llevaron al temor de la destrucción de ese lugar. Aunque en lo inverosímil de todo aquello tenía la certeza de que nada era real, el solo hecho de no entender cómo había llegado allí, en ese tiempo y circunstancias, me conducía a la conclusión de estar inmerso en una visión, a la que no sabía en qué momento había entrado. Más aún, cuando descubrí que no estaba solo.

Otros hombres, esparcidos sobre el mosaico, compartían conmigo la misma suerte. El arma en mis manos me hizo ver, en mi ignorancia, lo pobremente armados que estábamos. Compartía con ellos la respiración entrecortada, las secuelas del cansancio de apenas dormir, comer y asearse por varios días, y el murmullo del miedo entre cada resplandor que, en el estrépito, iluminaba el interior de esa torre.

No podía comprender nada de lo que decían y, aunque logré articular algunas palabras, me resultaron tan ajenas como el hecho de estar allí, sin entenderlo. De pronto, el silencio. La oscuridad se fue colando como rumor desde lo alto de la torre, junto con el viento frío que nos dio un respiro estremecedor entre la angustiosa espera de algo que yo no sabía, pero con la certeza de que ocurriría en cualquier momento. De pronto, desde el otro lado de los muros, un silbido. En alerta, dispuestos a vaciar hasta la última bala de sus armas, la atención quedó sobre la puerta del lugar mientras uno de esos hombres se acercaba con cautela para abrirla.

Entonces lo vi en cuanto se abrió la puerta, sin que me quedara la menor duda de quién era. "Kaleb, Kaleb…", le decían, cada uno estrechándole la mano… Después, una larga espera, hasta que el silencio de la noche nos dio el sosiego y Kaleb, poniéndose de pie, en el centro del mosaico, empezó a hablar en otra lengua. Yo no pude comprender nada de lo que decía y, sin embargo, poco a poco, en el curso del discurso, todo se fue aclarando hasta tener significado. Entonces comprendí que aquello de lo que hablaba era un formidable y descabellado plan para desmontar y rescatar ese mosaico y de las razones del porqué hacerlo, cuando para otros, conservar la vida y escapar de ese infierno debía ser lo único.

Me quedaba claro, aquella lucha tenía un alto costo de vidas y, cualquiera que fuera el valor de este mosaico, les daba la oportunidad de sostener y continuar su lucha, además de poder sacar de ahí a sus familias en espera de un mejor tiempo y de algún modo, preservar un símbolo de su historia.

"Sagrado, poder, libertad…" fueron las primeras palabras que encontraron significado para mí en ese discurso, hasta conformar en mis pensamientos un porqué de esa formidable empresa en medio de la guerra. "Non bene pro toto libertas venditur auro" fue lo último que les dijo para quedar grabado tan profundamente en la conciencia de esos hombres, que podía leerse, letra por letra, en cada trazo que delineaba su rostro.

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Después de esto, tuve la certeza de que la ciudad, su historia y tradiciones, serían destruidas por el genocidio que promovía esa guerra.

Este lugar era el símbolo de una antigua tradición histórica y rescatarla tenía un profundo sentido después de escuchar las palabras de Kaleb…

Entonces desperté, arrebatado. Me sentí despojado, burlado por no saber más del destino de esos hombres, pero me quedaba la enorme emoción de haber vivido, como en un sueño, parte de esa historia que, de otra forma, jamás podría contar.

Aquel lugar me había conmovido inexplicablemente.

¿El cómo lograron ese rescate? Quedó como un misterio, pero a pesar de ello, me llevaba a admirar con profundo respeto esta arquitectura por el solo hecho de estar allí, aun cuando no tenía los detalles de cómo lo habían logrado o si solo fuese todo esto una réplica de aquel… tuve que conformarme, ante la imposibilidad de no saber más acerca de lo ocurrido.

Ya en la puerta, me di vuelta a mi pesar para salir de allí. Debía alcanzar a Yuli y a Mary, y quizás (pensé), Yuli podría darme una respuesta, pero ¿cómo lo haría? No podía llegar y decirle así por así lo que había visto. Simplemente porque esa visión, en ese instante, resultaba tan descabellada, que tendría que buscar un mejor momento para hacerlo. Decidí dejarlo para otro momento.

Avancé por el largo y estrecho corredor que tenía a la vista. Saeteras distribuidas a cada lado, como ventanales, iluminaban con sesgados haces de luz el lugar que me rodeaba y me recordaron ese óleo de la Evocación de San Mateo en el que alguna vez me extravié estudiando sus detalles.

Me detuve a mitad de camino frente a una saetera, mientras reflexionaba en todo lo ocurrido. Desde allí, pude ver lo que en principio me parecieron bloques de setos dispersos regularmente, del mismo modo que aprecié en el trazo de los laberintos grabados en la puerta que vimos al llegar. Y más allá, otro muro más alto de setos extendido hacia la oscuridad y que no dudé en comprender, que era el mismo que vimos al llegar aquí.

Asomé la mirada por otra saetera del lado opuesto para comprobar el mismo patrón de setos. Luego, observé que, en el sentido hacia el que caminaba por el corredor, se alzaba un alto muro de piedra con troneras y adarve, siguiendo el mismo patrón para perderse en la oscuridad de esa noche. Las dimensiones de esta arquitectura rebasaban la idea que pude tener al llegar. Todo, desde allí, adquiría mayores dimensiones de las que, por alguna incomprensible razón, consideraba razonable.

¿En dónde estábamos? Nada encajaba en la lógica de una realidad consciente, solo en aquella que es propia de los sueños, donde el espacio dentro de una gota de agua puede albergar el universo entero. Si esto no era un sueño, ¿quién era Yuli?

Fue la primera pregunta que detuvo mis pasos antes de llegar al final de ese corredor. Por ahora, Yuli y su padre, eran personajes de quienes no sabíamos en realidad nada, a pesar de la cercanía que parecía existir entre Mary y Yuli. ¿Quién era Jesús? El padre de Yuli. Cualquier juicio en ese instante, me conducía al de un hombre excéntrico con el poder económico para construir un sueño, una ficción, pero ¿por qué?

Si bien el comercio del arte y las antigüedades evoca círculos de poder extraordinario, esta era una posibilidad en la que jamás imaginé encontrarme y que solo pude ver, quizás, en algún filme de ficción, a no ser que esto fuese parte de otra realidad, inmersa en un sueño. Conforme avanzaba, el silencio de la noche lo llenaba todo. Podía escuchar mi respiración, el roce de la ropa al caminar y el de mis pasos al tocar el suelo. Todo a mi alrededor parecía ilusoriamente perfecto. ¿Cómo podía mantenerse en esas condiciones? Pensar en el mantenimiento impecable de esos espacios, sobre todo por no haber encontrado persona alguna que se encargara de la vigilancia y el mantenimiento del lugar, me llevaba a otras preguntas sin respuestas. Ya no quise pensar más en esto y apresuré el paso para alcanzarlas...

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° Non bene pro toto libertas venditur auro: No vendas tu libertad, por todo el oro

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Io

30 0621

La Evocación de San Mateo Oleo de Caravaggio. Museo del Prado. España



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