El bosque de las palabras (xiii): El cuadro Negro

 




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Recorrimos hasta el final el largo corredor de saeteras, iluminadas por la luna de esa noche, dejando atrás el mosaico de La Rosa de los Vientos.

Mientras avanzábamos, el mismo laberinto limitado de altos setos se extendía entre las saeteras que encontrábamos, hasta que llegamos a otro salón de estilo gótico, alojado bajo una bóveda de crucería estrellada y de cuyo centro pendía un candil de hierro, idéntico al que encontramos al llegar. Por mobiliario, una mesa de madera rústica y sillas para doce comensales, armadas con cintillos y esquineros de herrería negra, que parecían haber sido extraídos de una leyenda de la Primera Cruzada. Sobre la mesa, había una hermosa vajilla de estilo Mudéjar y en uno de los muros, un lienzo oscuro, extrañamente negro y evidentemente antiguo, del que solo pude adivinar sombras.

— Todo esto es extraordinario — Dijo Mary, abrazándome del brazo.

— ¿Cómo surgió la idea de este proyecto? — Pregunté a Jesús.

— No hubo intención premeditada, fue el azar lo que guio y le dio forma a todo esto. Por mucho tiempo, años atrás, me dediqué a la demolición y gracias a ello pude disponer de diversos materiales, objetos y elementos que fueron el pretexto o la razón que definieron cada espacio... — mientras hablaba, Jesús nos fue indicando el lugar que ocuparíamos en la mesa para luego disponer él mismo lo necesario para la cena, que fue sencilla y deliciosa. Aquel espacio brillaba entre aromas y recuerdos de esos años que compartieron Yuli y Mary en la escuela, mientras mi mirada se detenía sobre ese misterioso lienzo.

— ¿Le parece interesante? — preguntó de pronto Jesús.

— Sí, hay algo inquietante en él que no comprendo... ¡sombras! Eso es, ¡sombras!

— ¿Sombras? ... Malévich fue un pintor ruso etiquetado en la corriente del Suprematismo a principios del siglo veinte. Él afirmaba la posibilidad de pintar sin hacer referencia explícita a la realidad, prescindir de objetos y dejar al observador construir la realidad subyacente. Y usted, Carlos, ya lo ha hecho, usted ha visto “sombras”.

— ¿Malévich es el autor de este lienzo? — pregunté sin dejar de mirarlo.

— ¡No! Este lienzo es más antiguo y, seguramente, es parte de algo más grande. Observe sus contornos, parece haber sido desprendido, arrancado de una pieza mayor. Cuando lo encontré, yo empezaba en el negocio de la demolición. Aún no adquiría este terreno y mucho menos pensaba en construir algo como esto. La casualidad de su hallazgo sembró en mí la curiosidad por indagar acerca de él y de todo cuanto en ese momento tenía ante mí, porque este lienzo, no estaba solo en el sótano del caserón del Convento de Lenguas de San Juan Evangelista al oriente de la Ciudad de México... En ese lugar, en una bóveda, encontré diversos artefactos: un telescopio dióptrico de Galileo, un microscopio de Spallanzini, clepsidras, astrolabios y mapas del mundo antiguo.

Tras días de reflexionar en secreto, decidí acercarme a la empresa que me había contratado para indagar más acerca de este predio. Fue entonces que una tarde, apareció Kaleb a la entrada del caserón: «Jesús, sé lo que ha encontrado y el gran interés que ha mostrado por su hallazgo. No se preocupe, soy el dueño de todo esto, incluso de la empresa que lo ha contratado. Conozco su trayectoria profesional y el cuidado que tiene para conservar lo que considera, a pesar de todo, tiene un valor para ser rescatado». Así me habló ese hombre, cuya personalidad irradiaba una paz y seguridad imposible de definir en palabras. Me estrechó la mano y desde ese momento, supe que mi vida tendría un giro que jamás imaginé.

El proyecto final para ese predio fue la construcción de un edificio, y el destino de parte de los objetos fue este lugar, donde usted se encuentra ahora, y otros, el destinado a sostener un importante negocio de antigüedades... pero, hay algo que debe usted saber, Carlos — me dijo observándome fijamente — este lienzo estaba oculto en una de las gavetas. Lo desenrollé con cautela y al hacerlo, fue como una visión: en su superficie se percibían altos muros y pasillos estrechos, escaleras inconclusas y puertas sin sentido sobre muros, laberintos, luego sombras de batallas, ciudades destruidas por el fuego, pero, de lo que solo quedaba la oscuridad del humo que las atrapaba. La angustia que me produjo aquello me obligó a devolverlo dentro de la gaveta. No volví a extenderlo hasta el día que, después de efectuar los preparativos, lo coloqué en ese marco. Cuando terminé, su superficie estaba profundamente oscura, sin gradiente alguno de luz, una superficie llanamente lisa, pero desde ese momento, todo este proyecto arquitectónico, empezó a volverse realidad.

— ¿Jesús está bromeando?

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Io

18 jun21


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