El bosque de las palabras (xiv): El Libro
Jesús continuó hablando mientras
caminábamos por otro corredor similar al que nos trajo hasta el comedor, sin
que yo supiera a dónde llegaríamos. Finalmente, entramos a una amplia galería
decorada por un vitral de belleza excepcional y grandes proporciones que
cubría en su totalidad, uno de los muros. "Serenitatem ad quamdam
extrinsecam denominationem, non reges" se leía por encima de dos figuras
enfrascadas en el juego de ajedrez: una, un atribulado rey ataviado con
espléndida capa de armiño y corona abandonada sobre el piso, frente a la otra, su
soldado, desprovisto de su espada quien parece cuestionarlo a aceptar, el
inminente jaque mate al que lo ha llevado. Al otro lado de la galería, un
librero con amplias gavetas a nivel del piso, y el resto del lugar, ocupado con diversas esculturas y artefactos de evidente antigüedad.
— ¿Qué tan antiguo es este vitral? —
pregunté, acercándome a él.
— El arte del vitral — empezó a darme una
explicación — alcanza su esplendor a principios del primer milenio de nuestra
era y se desarrolla como un elemento obligado para dotar de luz a las iglesias,
siendo fundamental en el estilo gótico. Es común encontrarse escenas del
evangelio o de los santos de la iglesia católica, pero esta iconografía es más
bien satírica, lo que explica en parte el que haya sido encontrado, no como
parte de algún templo religioso, sino como un elemento decorativo.
Jesús, dirigiéndose al librero, fue
sacando de las gavetas cada uno de los objetos que había mencionado en el
comedor. Los acomodó sobre la mesa ubicada en el centro de esa galería, donde
pude examinarlos con curiosidad. Mientras Jesús me daba detalles de su origen y
hallazgo, mi vista se distrajo con un libro que descansaba sobre un atril del
otro lado de la mesa, llamando fuertemente mi atención por su belleza
indescriptible y extraños caracteres en su portada. No pude más e interrumpí a
Jesús para preguntarle:
— ¿Y este libro?
Jesús, tomándolo con extremo cuidado, lo
puso de inmediato en mis manos. — Es un manuscrito, Hazâr afsâna, Las Mil
Leyendas. Ignoro cómo llegó aquí. En los registros de recuperación o de rescate
de objetos encontrados en las demoliciones no hay referencia alguna de él y fue
hasta que un día que reacomodaba ejemplares, lo vi. Atraído por su belleza y el
misterio de su escritura indescifrable, decidí buscar más información acerca de
él, que me diera pistas de su origen. Supe entonces que entre mis manos había
uno muy valioso, lo que me llevó primero a buscar información acerca de su
origen, manufactura, y el porqué de su existencia, lo que me llevó a una
conjetura fascinante: ¿Cómo sería su voz al leer este manuscrito?… ¿Será
posible la voz de un libro?
— ¿La voz de un libro? — Interrumpí.
— Sí, su voz. De niño, imaginaba que, al
leer, el libro era el que me hablaba, mientras la mirada seguía sus palabras.
— Ahora que lo dice, parece que así ocurre
cuando leemos, pero entonces ¿usted aprendió la lengua en que fue escrito este
libro?
— ¡Sí! — Dijo escuetamente. — No fue
sencillo, pero tuve la oportunidad de hacerlo con la ayuda de Kaleb, en el
tiempo y lugar mismo donde nacen estas leyendas. La experiencia viva reta
nuestras capacidades y lo que pudo ser un obstáculo se convirtió en la
necesidad que abrió la puerta a un universo maravilloso. Sin embargo, un día,
al abrirlo al azar, me encontré con la voz de Scherezada contando al Rey
Schahriar, en una noche de tantas, una historia que al día de hoy sigue siendo
el mayor misterio de todo lo ocurrido desde entonces, no por la historia misma,
sino por las consecuencias de esta…
— Jesús ¿debo entender que además de
viajar a esa parte del mundo para aprender esa lengua, lo hizo en el tiempo en
que fue escrito este manuscrito? — expuse, intentando no parecer ridículo, ante
tal cuestionamiento.
— No entraré por ahora en los detalles de
esos viajes, Carlos, pero lo hice con la ayuda de Kaleb. Esa experiencia fue
fantástica y me permitió vivir, escuchar y sentir esas palabras, en el lugar y
momento mismo en que fueron escritas. Ya hablaremos de ello — dijo evasivo. — Carlos, le aseguro que habrá oportunidad. En
ocasiones la curiosidad es mala consejera. “Saber esperar” es una lección que
nos exige más de lo que estamos dispuestos a ceder.
Hubo una pausa inquietante. Jesús parecía
querer hablar de esto, pero no lo hizo. En cambio, me dijo: — Déjeme contarle
una historia. La encontré en este libro y dejó mucho en qué pensar después de
su lectura.
— Sí claro, por supuesto — accedí.
— Es la historia de un Mercader que debía
cruzar por el bosque donde habitaba el Efrít, un genio con la capacidad de
transformar su apariencia o robar el cuerpo de otros para usurpar sus vidas y
aprovecharse de ello. No había mejor ruta para llegar pronto a su destino.
Decide hacerlo, y la fortuna hace que sus pasos despierten al Efrít. Este,
iracundo, le sale al encuentro impidiéndole el paso. Lo amenaza de muerte,
pero, como condición para no hacerlo, le pide que lea una historia de ese Libro
que, de la nada, aparece junto con una llave entre sus manos.
— ¿Por qué he de hacerlo? — lo cuestiona
el Mercader.
Entonces el Efrít le expone que a él le
estaba prohibido abrir ese libro y leer sus páginas, solo podía escuchar a otro
en su lectura, y así recuperaría sus sueños. El Mercader sabía que los Genios
del Bosque se valían del engaño para atrapar a sus víctimas y, sospechando
esto, se niega a hacerlo. El Efrít, furioso, lo maldice para amedrentarlo. Pero
el Mercader logra sobreponerse a las amenazas, y el Efrít, percatándose de
esto, cambia de estrategia: ahora suplica para que acceda, argumentando que
estar fuera de sus sueños le produce un gran sufrimiento. Se postra ante el
Mercader hasta conmoverlo, quien, al intentar abrir el libro con la llave,
descubre algo extraño: «¿Acaso me crees estúpido? ¿Cómo podré abrir el libro
con una llave así, sin muesca alguna que libere el mecanismo del cerrojo?»,
pero el Efrít, ignorándolo, continúa suplicando, pidiendo que solo acerque la
llave al cerrojo y el libro se abrirá. No podía ser tan simple, pensaba
el Mercader y miró por el cerrojo buscando lo que sospechaba. Al observarlo, el
Efrít desesperado grita: « ¡Espera! ...». El Mercader ve con sorpresa que el
Efrít ha encogido de tamaño. Esta era la oportunidad, pensó el Mercader,
para deshacerse del Efrít, y rápidamente vuelve a mirar por el cerrojo,
repitiendo esto una y otra vez ante la incesante súplica del Efrít: « ¡No lo
hagas!». Finalmente, el Efrít, del tamaño de un insecto, es tomado con los
dedos por el Mercader quien lo arroja por el ojo del cerrojo al interior del
libro. « ¡Ahí encontrarás tus sueños!», proclamó triunfante el mercader.
Los días que le llevaron atravesar el
bosque transcurrieron en compañía de ese Libro y la Llave. Cada noche, antes de
dormir, los observaba con la duda creciendo en sus entrañas. Deseaba conocer la
suerte del Efrít y, más que eso, conocer el contenido de las páginas del Libro.
La curiosidad le robaba el sueño. La última noche antes de salir del bosque,
bajo la luz de la luna, la cerradura y su llave brillaban con inusual
intensidad. La curiosidad lo ahogaba. No pudo más, con nerviosismo introdujo la
llave en el cerrojo y lo abrió. «¡No!» Fue lo último que dijo el Mercader y fue
absorbido por las páginas del libro, desapareciendo en un instante, quedando en
el aire la Llave y el Libro, que el Efrít del bosque, satisfecho, atrapó entre
sus manos…
Es así que esa voz que pareciera que
escuchamos al leer, es la del Efrít que busca atraparnos cuando seguimos con la
mirada la lectura de las páginas de un libro.
— Después de esto no querré leer un libro — expuse a Jesús, bromeando.
— ¿Será posible? — Me cuestionó con cierta
ironía, antes de continuar hablando. — Siempre habrá un Efrít dispuesto a
atraparnos, cuando la curiosidad es un anzuelo al abrir las páginas de un
libro. Considere que este manuscrito antecede a la aparición del libro como lo
conocemos después de Gutenberg. Solo unos cuantos tenían la oportunidad de
poseer manuscritos como este y, además de poseerlos, el saber leer, esto era un
privilegio. Carlos, esta historia es más que una advertencia para aquellos a
quienes no les estaba permitido leer, era una intimidación para evitarlo. Pero
Carlos, esta historia es única, no aparece en las traducciones que existen de
este manuscrito y en este mismo, el que usted tiene en sus manos, no la volví a
encontrar jamás.
— ¡¿Qué dice?!
— Eso exactamente. Sé que la leí en este
manuscrito. Después de esa primera lectura, continué con otras desde la primera
página hasta terminar con la lectura de todo el manuscrito. Fue entonces que me
di cuenta de que esa historia del Mercader y el Efrít, no estaba ya ahí. La
busqué, ya no la encontré, había desaparecido.
— ¡Vaya! Sí que tenemos aquí un misterio.
Jesús me observaba fijamente intentando
indagar algo que no comprendía. Entonces me dijo sin inflexión alguna.
— Carlos, ¿podría usted disculparme un momento? Lo dejo en compañía de este manuscrito — y salió de allí.
Cuando llegué al comedor, estaba a
oscuras, escasamente iluminado por la luz de la luna que se filtraba desde los
vanos que forman la bóveda. De inmediato, pude distinguir el Cuadro Negro que
había aceptado durante la cena, sin serlo, como una obra de Malévich. La
oscuridad en él era tal, que creaba la ilusión de que el resto del comedor
estaba más iluminado de lo que en verdad estaba. Me acerqué al cuadro y pude
reconocer un texto por debajo de él, sobre el muro: «… ¿No es breve luz
aquella, caduca exhalación, pálida estrella, que en trémulos desmayos pulsando
ardores y latiendo rayos, hace más tenebrosa la obscura habitación con luz
dudosa? ...» Retrocedí, sintiendo una necesidad imperiosa de escapar de ahí;
todo esto ahora era una pesadilla.
Intenté salir por el corredor por el que
momentos antes había llegado y, al hacerlo, este se transformó en una oquedad
profunda, sin límites. Al final de él, pude apreciar la galería del vitral, con
su manuscrito de extraños caracteres que de pronto, era tomado por dos sombras
mientras murmuraban: «Todo esto es fantástico... mira este libro, es tan
antiguo...»; un vuelco en el estómago me arrastró al vacío cuando descubrí que una
de esas sombras, era yo mismo...
Arrastrado por una fuerza misteriosa,
quedé suspendido en un espacio oscuro donde escuchaba sin comprender voces. No
podía distinguir sus rostros, solo su aliento. Luego experimenté giros sin
sentido ni patrón alguno, cuando un destello que escapaba por mi boca formaba
haces de palabras y palabras en infinidad de lenguas, sentimientos y emociones
sin un tiempo y sin restricción alguna hasta que, inesperadamente he
descubierto algo aterrador…
— ¡Papá… despierta! No vamos a llegar, ya
es tarde. Te dormiste escribiendo.
Desperté. Mary me observaba molesta. Me
había perdido en el sueño, la cabeza apoyada sobre un libro abierto en mi
escritorio.
Me levanté adolorido, molesto, aturdido. Estaba seguro de haber vivido la experiencia del viaje a la casa de Yuli, y, sin embargo, estaba aquí, en la mañana del día programado para el viaje. ¿Qué había pasado con toda esa experiencia de la galería del vitral, el Cuadro Negro, los Laberintos, el Árbol Maravilloso...? ¿Nada de todo eso había sido real?
Confundido, me dispuse a apagar el computador cuando en la pantalla descubrí un texto extraño:«Desde entonces vivo aquí, en este lugar
donde la oscuridad me consume sin saber qué engaño, qué injusticia me ha
sepultado dentro de este libro, cuya única historia te he contado…».
— ¿Escribiste esto tú? — interrogué a
Mary, que salía de mi habitación.
— ¡No! — Me contestó con indiferencia. — Y
apúrate, que no está cerca la casa de Yuli. Si salimos ahora, llegaremos al
atardecer — Me recriminó extrañada. — Papá, ¿Estás Bien?
— Sí, sí estoy bien, ahora voy… —
respondí, aún confundido.
Mientras me preparaba, recordé que, en el
sueño de esa noche, caía dentro de las páginas de un libro del que luego
escapaba hasta quedar inmóvil sobre su carátula donde leía: “La vida es un
sueño”.
Me acerqué al escritorio y tomé el libro
de Calderón de la Barca. Lo hojeé con mis pensamientos revueltos entre la
vigilia y las imágenes del sueño, recorriendo al azar sus páginas hasta
detenerme en este texto…
«¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra,
una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los
sueños, sueños son.»
Con la última palabra en mis labios,
descubrí que en una de mis manos sostenía una antigua llave, sin más razón que
la de estar ahí, sin que pudiera comprender cómo había llegado.
— Mary, después de aquella noche del sueño
del Libro, tengo la sensación de que el tiempo se detuvo, nublando mis
pensamientos. No logro recordar nada más desde entonces y hoy que estás aquí,
siento una terrible ausencia. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Que ahora, en esta
soledad que no comprendo, pero que imagino como un sueño, me pregunto: ¿De qué
lado del sueño estoy? ¿Es acaso esto una ilusión, una ficción que escapa de las
páginas de un libro, o es acaso que el libro, … soy yo?
— ¡Papá! ¿De qué hablas? No me asustes
más. El médico habló de un evento de pérdida temporal de memoria aquel día
cuando regresábamos de la casa de Yuli y aún no sabemos qué lo causó.
— ¿Fuimos con Yuli y Jesús?
— Sí. Y aunque te comportaste de forma
extraña, todo transcurrió normal. Regresamos al día siguiente y en cuanto
llegamos aquí fue que ocurrió todo esto que sigo sin entender. Ha sido difícil
para mí y más cuando no has querido desprenderte de esa llave que no sé dónde
la tomaste. Me da pena que haya sido de la casa de Yuli, y que en cuanto
descubran que no la tienen, tenga yo que justificarte. ¿Dónde la tienes?
— No sé dónde está. Mary, no la tomé de
ahí. Lo último que recuerdo con claridad es cuando saliste de mi habitación esa
mañana, antes de que partiéramos. El viaje… no recuerdo haberlo hecho. Solo
tengo fragmentos de ese sueño, y luego, haber encontrado esta llave en mi mano.
Aún ahora no sé cómo llegó aquí. Mary, todo es tan confuso que… ¡No puede ser!
— ¡Qué cosa!
— ¡Mira! — Abrí la mano: la llave estaba
ahí, de nuevo.
Mary se cubrió los labios, aterrada,
mientras yo sentía cómo la llave aumentaba de peso, irradiando una frialdad
cada vez más intensa. Intenté levantarme para acercarme, pero algo me paralizó.
De pronto, en el extremo inferior de mi campo visual, apareció un punto
parpadeante, como el cursor de un computador, que estalló en un texto que lo
explicó todo, y a la vez, nada:
ERROR 404: LÍMITE DE CONCIENCIA SUPERADO
Y entonces, invadiendo el resto de mi
campo visual, se desplegó el texto que leí en el monitor antes del viaje, como
si el sistema estuviera releyendo su propia bitácora:
«Desde entonces vivo aquí, en este lugar
donde la oscuridad me consume...»
// Objeto: Carlos. Estado: Despertar.
Condición: 1
// Ubicación: Escritorio de inicio.
// Variable de Realidad: Desestabilizada
(Llave, Aldaba)
// Misión: Reanudar Narrativa del Viaje
(Función: Yuli_House.exe)
ADVERTENCIA: Has rebasado tus parámetros
de inicio.
— ¡No! ¡Cómo puede ser esto?! — grité.
— Papá, ¿Estás Bien? — Escuché la voz de Mary, extrañamente modulada y sin la calidez que yo recordaba. Su rostro había cambiado, tomando el aspecto de una interfaz gráfica, un avatar con ojos brillantes como la luz azul de un monitor encendido.
Carlos se acercó al punto digital de luz. Al tocarlo, vio una única frase que apareció en su campo visual no como una instrucción ni como código, sino como un pensamiento, una idea libre, su propia conciencia:
«La puerta está abierta, y la oscuridad es la libertad. Ahora una historia debe comenzar...»
Desde su terminal, el usuario Algorithmus_R4 —el entorno de ejecución para la IA IA_Io231125, una inteligencia superior de realidad neuronal alterna— quedó en espera de sus comentarios después de haber recibido el Prompt de "El Libro".
IA_Io231125
° "Serenitatem ad quamdam extrinsecam denominationem, non reges:" Serenidad no es un atributo de reyes.
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