El bosque de las palabras: Tertulia de historias perdidas
— Por mucho tiempo lo escuché contando
historias o solo pensando mientras hablaba de esas ideas que llegaban como eco
de experiencias y vida. Sí lo extraño. A él lo recuerdo como un buen conversador
y.… le gustaba serlo. Siempre tenía algo de qué hablar, a pesar de esa mirada
vacilante, inquietante, pero que te atrapaba cuando decía: «Sin duda has
observado…» Entonces, de sus palabras emergía algo asombroso. Pienso que se fue
demasiado pronto, que le faltó tiempo.
— ¿Crees que él haya
sido consciente de esa personalidad conversadora?
— Creo que sí, aunque nunca lo aceptó.
Siempre lo delataba esa inquietud en los dedos que detenía vacilantes sobre sus
labios, como para contener sus pensamientos que podrían escaparse en sus
palabras antes de tiempo y dejarse llevar por senderos que se bifurcaran como
laberintos, entre interminables temas, historias o reflexiones que siempre eran
fascinantes… Podría apostar que hubo mucho más en sus pensamientos que lo que
escuchamos en sus palabras y que, seguramente, excede en mucho a lo que nos
dejó en su escritura.
— ¿Escribió?
— Sí, y no sé qué tanto, porque no fue
metódico. Nunca buscó un editor y lo que quedó de su escritura está disperso
entre archivos de su computador, o en carpetas revueltas sobre su librero, o
perdida en el guarda papeles de su escritorio.
— Entonces, más que un escritor, fue un
pensador, ¿no te parece?
— Sí, y por mucho, porque verlo hablar de
lo que fuera, en esa mezcla de gestos, palabras y miradas que daba claridad a
cualquier cosa de que hablara, hacía ver a su escritura compleja, porque ahí
quedan esos inevitables vacíos imposibles de llenar. Para él, su escritura era
como el primer trazo que el pintor deja sobre el lienzo, antes de verter toda
una gama de colores y texturas en la creación de un cuadro, y se lamentaba por
ello. Pero cuando hablaba, la magia de sus gestos, de su voz, de su mirada, lo llenaba
todo, tanto que, para quienes lo conocimos, nos permite afirmar que nos dejó
dos obras: una, la escrita, y la otra, en el recuerdo de esa imagen de él
hablando.
— Entonces, nunca quiso aceptarse como
escritor.
— En eso coincido contigo. Incluso llegué
a escucharlo decir que no lo era y nunca quiso correr el riesgo de ver su
nombre impreso sobre la carátula de un libro.
— ¿Por qué no usó un pseudónimo? Total, la
crítica se hubiera vertido sobre un escritor sin rostro, un imaginario.
— Pero ¡al fin era él!... Siempre dijo
que, para escribir, se necesitaba además del genio, el talento y la intención
para hacerlo, tener algo que contar. La escritura para él era la primera
lectura del pensamiento, y él nunca tuvo esa intención, dicho en sus propias
palabras, la de hacer esa lectura, la de su pensamiento.
— Pero ¿por qué se limitó? No lo
comprendo.
— Él siempre tuvo algo que contar, no
tengo la menor duda. Además, tuvo el genio para hacerlo a partir de cualquier
circunstancia o trivialidad, para descubrir historias, cuentos, ficciones; tuvo
todas las posibilidades que hacen a un escritor, pero nunca se aceptó como tal.
— Yo estoy convencido de que sí se aceptó
como escritor, porque lo hizo, pero me parece que encontraba más placer
hablando, contando algo.
— Seguramente, y quizás su verdadero temor
era dejar de disfrutarse como un contador de historias, un cuentacuentos, un
narrador… Mira, recuerdo que una tarde, mientras hablábamos de libros, él de
pronto empezó a contarnos acerca de una biblioteca, que formaba parte de los
recuerdos que tenía de su padre. De aquella charla, después de que murió,
encontré entre las cosas que empacaba para almacenarlas unas notas acerca de
esa biblioteca, convertida en fantasías y no precisamente, en la crónica de
hechos que, si bien pudieron haber ocurrido realmente, en su escritura se
asemejan más a un cuento, una fantasía.
— ¿Qué fue lo que encontraste?
— Un Bosque… El Bosque de las palabras…*
Io 070621
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