El bosque de las palabras (xvii) Balam ii
Buscando encontrar... el silencio.
Balam
Capítulo Segundo
«¿Cuánto tiempo ha pasado...?» se preguntó
al bajar del autobús, mientras aspiraba el aroma de esa ciudad que, hasta ese
instante, había quedado solo en sus recuerdos.
Recuperó su equipaje entre miradas
ausentes y buscó un lugar donde esperar al abuelo. Tomó la revista que horas
antes había comprado en alguna escala de la noche anterior y la abrió al azar,
quedando a la vista entre dos páginas, el cromo* de una obra de Félix de la
Parra, en la que destacaba la imagen de una mujer indígena, humillada,
afligida, postrada a los pies de Fray Bartolomé de las Casas, mientras en sus
brazos yacía el cuerpo sin vida de su hombre, vencido por la fuerza de los invasores,
sobre la escalinata de las ruinas del templo. «Qué tragedia» pensó, tratando de
imaginar aquel dolor insoportable de la pérdida. Las horas pasaron hasta
perderse en el sueño.
Al despertar, la tarde había cambiado de
color. Miró el reloj preguntándose «¿Qué habrá pasado con el abuelo?» mientras
volvía a buscarlo a través del celular sin respuesta.
Poco más de siete años separaban a Guido
de su abuelo. Lo recordaba en sus juegos infantiles como a un niño grande que,
a su lado, unía bloques LEGO construyendo ciudades, puentes y caminos, entre
historias imposibles y argumentos que ahora no lograba precisar. Luego, con más
edad, entre videojuegos que sembraron en él la curiosidad y el gusto por
indagar el «cómo» y los «qué» de esos mundos que nacían de programas de
computador para darles vida, hasta que hubo la oportunidad de adentrarse en el
estudio de todo aquello que llevara en alguna parte, la etiqueta de “programación”.
Desde entonces, al igual que cuando niño, “construir con bloques informáticos”
y crear “mundos virtuales” se había convertido, primero, en un aprendizaje,
luego en un juego que dieron sentido y forma a su vida.
«¿Por qué no habrá llegado el abuelo?» Se
preguntó intentando una y otra vez encontrarlo en el celular sin respuesta.
Tomó sus cosas y salió a la calle para buscar un taxi.
— ¿A dónde lo llevo? — preguntó el chofer.
— ¡A Teapa, por favor! — le indicó,
mientras la tarde cubierta por cobrizas nubes daba paso, al despejarse, a la
oscuridad de la noche, dejando al descubierto miríadas de estrellas como «un
cielo de diamantes…, Picture yourself in a boat on a river…» rezó entre labios,
recordando aquel texto que había encontrado en su celular horas antes.
Toda obra del hombre guarda una historia y
un secreto,
al igual que lo hizo Dios, en toda su
creación.
.
— ¿Algún problema, joven? — escuchó al
chofer que lo observaba por el retrovisor.
— ¡No! Espero que no.
— Perdone uste pero, si de algo le sirve,
pos uste cuénteme, a veces hace bien desahogar las penas, aunque sea con un
desconocido.
— No, no es nada, es solo que esperaba al
abuelo, él me recogería en la terminal y no llegó…
— ¡Uf!... pues sí que es de preocupar…
pero, pos para eso está el celular ¿ya le llamó?
— ¡Sí! Pero no contesta — le dijo sin
ánimo de continuar con la conversación.
Tomó nuevamente la revista entre sus manos
y buscó las páginas donde antes había observado el cromo de Félix de la Parra. —
¿Qué estará pasando? — se preguntó, mientras observaba esa imagen que
simbolizaba el fin de algo, la pérdida, el vacío.
Por fin, a la vista, la reserva del
Manzanillal, que en su avance sembraba sombras sobre el camino rumbo a Teapa.
La cruzaron tomando la ruta a Puyacatengo, dejándola atrás hasta quedar frente
a los muros de esa casa que, con el paso del tiempo, se había convertido en un
sueño. La fachada conservaba aún el antiguo portón que recordaba, junto a la
sonrisa del abuelo, fingiendo abrirlo con gran esfuerzo. Ahora, no parecía tan
formidable como entonces. Bajó del taxi, llamó por el interpone, nadie
respondió, insistió por el celular, no hubo respuesta.
— ¡Oiga! — escuchó la voz del chofer del
taxi — ¿Será mejor que demos aviso a la policía, no le parece?
— Sí, tal vez, es extraño que no haya
nadie.
— No, pos ahí sí no sé, pero como uste
mande, como sea, es mejor avisar a la policía.
— Creo que será mejor saltar por el muro.
— Yo no quiero problemas, si salta uste,
ese no es mi asunto…
— ¡Tenga!... voy a brincar, cóbrese y de
regreso, si puede, avise a la policía, voy a averiguar qué está pasando… — le
extendió dinero suficiente para cubrir el viaje y algo más, solicitando el
favor de dar aviso a la autoridad de Teapa.
— Po’s ya está… uste paga y pos yo
obedezco.
Guido lo observó alejarse. Se acercó al
portón y lo empujó, estaba cerrado. En el aire, solo el silencio de la noche,
acompañado por el canto de los grillos.
Recorrió el muro de la finca buscando un
lugar propicio para saltar hasta que percibió un árbol que extendía sus ramas
hacia el otro lado del muro. Trepó y de un salto alcanzó el jardín.
El aroma a pasto recién podado le recordó
aquellas tardes ocres antes de dormir en que, después de un día de juegos, se
metía a la cama. Avanzó entre sombras hasta la entrada principal. No había luz
en el interior. Abrió la puerta y esperó a que la mirada le marcara los
detalles de la estancia, mientras con las manos buscaba el interruptor de luz.
Al iluminarse, ya no fueron suficientes los huesos y la piel del rostro del
abuelo; ahí faltaba su sonrisa entre los labios, el asombro dibujado en las
arrugas de su frente, la mirada desbordada de aventuras como niño… ¿dormido?
¡no! Faltaba eso que hacía de su rostro algo especial, faltaba su alma que se
había escapado… Ya no estaban los acentos de un ritmo simple en su corazón para
tener a raya a la entropía…
Recordó las palabras de aquel extraño
texto, mientras de sus ojos escapaba la humedad tenue, silenciosa, llena de
tristeza ante la pérdida de la vida del abuelo. — Ya no habrá otra mañana para
ti, abuelo… — dijo en voz baja, hincándose frente a él mientras tomaba con las
suyas, las manos frías del abuelo.
Los días después de aquella noche
perdieron su color, transcurriendo como un sueño bajo la mirada de rostros
grises, desgastados por el tiempo y que apenas recordaba. Le sonreían con pena,
entre palabras de consuelo que le obligaban a sonreír y agradecer ese gesto
hasta que, en el umbral de la soledad de cada noche, al pie de la puerta
principal, recordaba aquel tiempo de sus juegos infantiles en el patio o en el
jardín.
Cerró la puerta. Caminó hacia la estancia
donde aquella noche encontró al abuelo ya sin vida y se hincó junto al sofá.
Encendió la lamparilla que lo acompañaba y observó con sorpresa, a lado de
ella, una libreta abierta. En pausa, la tomó con cautela, la cerró sin desearlo
y luego la abrió para recorrer, página tras página sin leerlas, las palabras
escritas por el abuelo. Pero al alcanzar la última, con un solo párrafo, leyó:
«La eternidad es una encrucijada,
llegamos a ella sin darnos cuenta de que, nos ha atrapado, ...
nos toma por sorpresa,
solo lle…»
Después de esta última e inconclusa
palabra, una línea se diluía sin destino hasta perderse, ya sin fuerza, en el
caos del último instante, que le arrebató para siempre las palabras. Luego, el
silencio que Guido interrumpió, improvisando con sus palabras ese vacío que
dejó el abuelo: «…, solo llegamos, es la anestesia final que no deseamos, que
no esperamos y que nos arrastra sin saber, a dónde vamos».
Luego, se acomodó a lado del sofá,
recordando esos momentos que, junto al abuelo, en un tiempo de aventuras y de
palabras, lo habían llevado a recorrer mundos inmersos en historias y fantasías
que habitaron y llenaron su imaginación, en aquel infantil Bosque de las
Palabras.
Si pudiéramos hacerlo, cuánto nos diría cada muro, cada lienzo, cada línea que dibuja las palabras de todo lo que ha sido historia humana. La sola contemplación de restos y vestigios de extintas civilizaciones nos conmueve, qué no hará el revivir cada instante de sus glorias y tragedias. Quizás alguna vez ocurrirá, por que imagino que encontraremos como civilización, el secreto para hacerlo, quizás, sólo quizás, como el escritor imaginó, en La escritura de Dios.
Fragmento
La escritura de Dios
Una noche sentí que me acercaba a un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo: era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió el primer día de la Creación una sentencia mágica, apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres; pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido. Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba entenderla
Jorge Luis Borges
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