Nuestro primer encuentro


La vida en la ciudad abruma, dilata el tiempo, nos desgasta. Aquel día, agotado al llegar a casa, cerré la puerta con enfado. ¿Qué más podía hacer para escapar de esa cotidianidad agobiante y sentirme a salvo? Solo cerrar la puerta.

Pero aquello siempre ha sido un espejismo de libertad que disfruto por un instante, antes de descubrir que solo soy un prisionero en mi espacio... Mi espacio, construido con cada fantasía de escape. Fue entonces que ocurrió nuestro primer encuentro.

Sus pequeñas garras se aferraron a mí, arañando mi pantorrilla al atravesar la tela del pantalón. Quizás del mismo modo que yo me aferro a la fantasía de escapar a otro mundo al atravesar la puerta día con día.

¿Qué hacía ahí esa pelusa blanca de grandes ojos de miel, robándome una sonrisa?

—¿Cómo entraste? —le pregunté sin recibir respuesta. Solo un extraño ruidito, un ronroneo, dirían algunos, sin que dejara de mirarme fijamente.

Supuse entonces que, como anfitrión, mi deber era invitarlo a comer, y quizás así, ya en confianza, obtendría alguna respuesta. Pero no fue así. Todo lo que debía saber llegó por otros medios y en otro tiempo. Esa noche, todo lo que obtuve fue la sorpresa de su llegada y esos minutos que compartimos: él devorando un platito de leche y yo, creyendo —o más bien imaginando— que hablaba con él.

Diez años han pasado ya desde aquella noche. Compartir nuestros silencios se ha hecho costumbre: a veces entre sus sueños, otras, mientras escribo. Con fingida aprobación, él lee lo que escribo, o quizás, ya harto de todo aquello, persigue con su garra el cursor en la pantalla del computador para distraerse.

Al no lograr atraparlo, se escapa por la ventana como fantasma... “Ché gato”, dirá una voz ya conocida al descubrir que mi gato ya no está y que ha dejado solo el recuerdo de su presencia en mi mundo.

Io

070224

Toca aquí para ir a El Gato

Comentarios

Entradas populares de este blog

Every Breath You Take

Suspicious Minds

Nuestros Muertos