EL GATO Y LA NOCHE
¿Quién le dirá que el otro que lo observa es apenas un sueño del espejo?
Beppo
J.L Borges
El Gato y la noche
Había sido un mal día en el trabajo y lo
único que deseaba, cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, era llegar a
casa para dejar lo que, para ese momento, no tenía solución. «Ya mañana lo
resolveré», pensé, haciendo oídos sordos a los alegatos y reclamos. Recogí mis
notas y algunos expedientes que bien sabía que solo cargaría en la mochila de
la laptop junto con esta. Mientras caminaba hacia el parabús, el calor de la
tarde me agobiaba y busqué dónde comprar algo para refrescarme, pero, al buscar
con qué pagar, descubrí que no llevaba lo suficiente para comprar algo de beber
ni para pagar el autobús de regreso a casa; y si el tren metropolitano quedaba
como último recurso, este desapareció cuando descubrí que mi tarjeta de acceso
estaba invalidada. Así, la única opción para esa tarde era caminar.
Solo bastaron unos minutos bajo ese calor
insoportable para dejarme con la boca seca y un largo trayecto por delante.
De pronto escuché una voz llamándome:
—¡Eyh!... tú… ps… ps… ¿tendrás un
cigarrillo?
Me detuve por un momento sin encontrar
quién me había hablado.
—¡Eyh!... ¿qué esperas? Si no tienes uno,
al menos dilo…
Fue entonces que lo vi, dando vueltas en
torno mío, restregando la oscuridad de su pelaje en mis pantorrillas, mientras
yo hurgaba con los dedos entre mis pensamientos enredados al cabello, tratando
de entender este encuentro tan lejos de la realidad. Incrédulo, me agaché para
ver de cerca a ese gato que me hablaba.
—¡No, no, no, no, no! Ni lo intentes, no
te acerques; solo te pedí un cigarrillo.
Entonces se alejó lo suficiente para
estirarse, arañando el piso con sus garras delanteras y la cola en alto.
Sin pensarlo, busqué la cajetilla de
cigarros y encendí uno con cautela. Aspiré lentamente una honda bocanada y la
retuve, observando fijamente a ese gato.
—¿No me vas a dar uno? —me reclamó.
Saqué otro, lo encendí, y el que yo fumaba
se lo di. Esto estaba mal, pensé, cuando, detrás de un rizo de volutas, volvía
a hablarme:
—No te inquietes, no estás loco. Esto es
tan real como lo eres tú para mí. Soy un “gato”, como ustedes los “ñiau”
nos dicen.
—¿Los qué? —pregunté, sin comprender lo
que ocurría.
—¡Va! Olvídalo… ustedes siempre
preguntando —dijo con indiferencia, mientras sacudía la ceniza del cigarrillo
sobre el piso.
Lo observé hasta que acabó con el
cigarrillo y, satisfecho, dejó caer la colilla al suelo. Luego se alejó hasta
una barda derruida que teníamos tras nosotros y, de un salto, la trepó. Me miró
por un instante y se perdió al otro lado. Sin moverme de ahí, no sé por qué,
esperé a que regresara, pensando en lo absurdo de todo esto mientras lo buscaba
con la mirada.
Después de un tiempo, di unos pasos
dispuesto a irme. Estaba confundido por lo que acababa de ocurrir; me detuve
observando hacia lo alto de la barda cuando, de pronto, volví a escucharlo:
—¿Qué haces? ¿Me estás buscando?
No pude comprender por dónde había
regresado cuando lo encontré detrás de mí.
—¿De dónde has salido? —le reclamé.
—¿¡Qué te sorprende!? —me dijo con sorna,
restregando nuevamente su cuerpo entre mis pantorrillas.
—¡Esto! Desapareces, hablas, fumas y…
—¡Ya, ya, ya… párale! —me interrumpió
molesto—. Yo no me sorprendo de que fumes, y mucho menos de que estés hablando
con un gato… no exageres, ñiau —me dijo.
Volviendo a trepar la barda, se alejó
hacia el otro lado, donde se sentó para acicalar con indiferencia una de sus
garras.
—¿Qué traes ahí? —me preguntó sin mirarme.
Yo intentaba nuevamente encontrar una
explicación a este extraño encuentro con un gato parlanchín y volteaba a ver mi
mochila cargada al hombro, cuando él insistió:
—¡Ahí! —Señaló con su garra la mochila,
sacándome de mis pensamientos.
—¿Aquí? —le dije, levantándola.
—Sí. ¿Qué es?
—¡Una mochila! —respondí, sintiéndome
estúpido. ¿Qué podía responderle a ese gato? Entonces, intentando eludir el
cuestionamiento, pregunté—: ¿Por qué ha de interesarte? ¿De qué te serviría?
Eres un gato… no son cosas de gatos.
Me miró inquisitivo. Aquella mirada era
penetrante, como si escudriñara en mis pensamientos. Dio vueltas y vueltas
hasta echarse, dispuesto a dejar pasar el tiempo hasta que yo tuviera una
respuesta; pero yo no sabía, en realidad, qué contestarle. Entonces me dijo:
—¡Ah… ustedes los ñiau, tan
arrogantes! Si algo les importa o les resulta interesante, no cesan de
preguntar y preguntar, buscar, mirar, meterse en lo que no les importa con tal
de averiguar aquello que les ha picado la curiosidad…
—¿Picado qué? —lo interrumpí.
—¡La curiosidad, … la curiosidad … ! Te
hice una pregunta y tú, en cambio, me devuelves otra o te callas, como si yo no
fuese capaz de comprender lo que me digas. Solo dime de qué te sirve esa
mochila y ya —me recriminó con molestia.
—¿Por qué quieres saberlo? —insistí.
—Solo contesta. Si te interesa mi
respuesta, dame la tuya —sentenció.
—No entiendo para qué… ¿de qué te
serviría?
—¿De qué me serviría? Me subestimas.
Piensas que, porque soy un gato, no puedo interesarme en cosas de ñiaus.
Guardó silencio dándose la vuelta. Me
sentí incómodo. Aquel gato parecía ofendido… ¡No! ¿Qué estoy diciendo? ¿Cómo
puede ofenderse un gato? ¿Qué era todo esto? Pero al observar que me daba la
espalda… ¡qué digo la espalda!, el lomo… tuve la necesidad de disculparme.
—¡No ha sido mi intención! —le dije
apenado. Intenté regresar a mi primera respuesta para darle una explicación—:
¡Es una mochila!
—¿Una mochila? ¿Una mochila?… ¿Qué es?
—cuestionó acercándose.
Yo se la acerqué para que la olisqueara.
—Sí. Una mochila. Es algo donde guardas
las cosas que cargas cuando las llevas de un lado a otro, para que no te
estorben o se pierdan…
Mientras yo hablaba, parecía escucharme
con interés, olisqueando y restregando sus bigotes sobre la mochila; de pronto,
se detuvo alejándose un poco para acicalarse otra garra por unos segundos.
Después, se acercó para restregar su cuerpo contra la mochila antes de
preguntarme:
— ¿Estorben? ¿Pérdidas? Qué absurdo. ¿Para
qué cargas algo que te estorba o que temes perder?
—No es precisamente que te estorbe…
—aclaré.
—¿Qué no es precisamente? Tú lo dijiste:
“cosas que te estorben o que temes perder”. Pues si estorban, déjalas y ya
—sentenció con ironía.
—No entiendes… —reclamé.
—¿Qué no entiendo? Quien no entiende eres
tú. Mírame: yo no necesito eso que tú llamas mochila. Yo no pierdo nada ni me
estorba nada, simplemente porque no lo ando cargando.
—Pues porque no puedes, ¿cómo lo harías?
—señalé, sintiéndome incómodo por mi cuestionamiento.
—¡Eres un arrogante! ¿Por qué tienes que decir
eso? … ¡Por eso eres un ñiau! Piensas que, porque no soy como tú, no
puedo hacer lo que tú haces. Me viste fumar un cigarrillo… estás hablando
conmigo…, y no te cuestionaste antes de hacerlo si podías; simplemente lo
hiciste. Y ahora que tus prejuicios te invaden, entonces sí consideras que soy
incapaz de hacer lo que has visto que hago. ¡Eres un arrogante! ¿Qué es lo que
crees que te hace superior?
—¡Ahora resulta! ¿Qué no lo ves? Eres un
gato, y además nunca en mi vida había hablado con uno.
—¡No! Qué poca atención has tenido con los
demás vecinos de tu barrio. Más de una vez has hablado con ellos; como con el
perro, cuando le has dicho: "¡Eh, tú! Ven acá, costal de pulgas… dame la
patita…". O con un gato, ¡como yo! al que, buscando llamar su atención
cuando te ignora, le has dicho: "Bichito, bichito". O con un loro, al
que has buscado obligar a repetir alguna tontería para luego, sorprendido, caer
en la cuenta de que ha sido él quien se está burlando de ti. Así también lo has
hecho con los otros animales de tu misma especie, incluyéndote, y nada más
porque no te han contestado en tu idioma pensaste en todo esto… Míralo bien: en
realidad jamás te diste cuenta de que ya habías tenido algún tipo de “diálogo”
con cualquiera de ellos.
—Bueno, ya… tú ganas. Tienes razón en eso
de dialogar «de algún modo», pero no soy un arrogante. Mira, mejor volvamos a
tu primera pregunta, aunque sigo sin comprender el porqué. Sabes, entre ñiaus
solemos decir que «la curiosidad mató al gato», y ahora me parece muy oportuna
esa observación.
—¿Me estás amenazando?
—¡Claro que no! Es una forma de decir que,
cuando algo que no logramos explicar nos lleva a una discusión y podemos
meternos en un lío.
—¿Lío?
—Sí, «Lío»: problemas. Y si esto ocurre vamos
a discutir sin llegar a nada, solo a enfadarnos.
—¡Bah! Eso no existe. Ustedes los ñiaus
le dan demasiada importancia a lo que no la tiene. Si solo enfrentas lo que
ocurre, cualquiera que sea el resultado, ya tienes algo para dejar atrás y
listo. ¿Para qué quedarse ahí? ¿Para qué guardar? Las cosas, así como los
sentimientos, de nada sirven guardados; solo estorban… —entonces, mirándome
fijamente, señaló—: ¡Ahhh! Ahora empiezo a entender. Ustedes tienen una
obsesión por guardar; por eso, viéndolo bien, les llevamos ventaja.
Se levantó altivo, alejándose un poco
mientras balanceaba lentamente su cola en alto, como esperando mi reclamo.
— ¿Ventaja? ¿A qué le llamas ventaja?
—reclamé.
Con total indiferencia se acercó a mí, se
sentó sobre sus patas traseras y, humedeciendo lentamente con su lengua la
almohadilla de su garra, acicaló sus bigotes ignorando mi reclamo.
— ¡Y todo por una mochila! —insistí ante
esa indiferencia.
— No te sulfures, ñiau. —espetó.
— ¿No te sulfures? ¿Qué quieres
decir con eso?
— Que no te enojes; ¡Mira! … en el enojo
habita el mal y huele a diablo, a azufre. El diablo todo lo arruina; y si lo
sabré yo, que siempre nos han achacado a ese pingo para rituales estúpidos.
Cuando ustedes los ñiaus se sulfuran, son el mismísimo diablo.
¡Mira! Nosotros no necesitamos guardar nada porque tenemos lo necesario;
sabemos muy bien lo que somos y no tememos perder porque, entre nosotros, no
hay nadie mejor que otro. Además, no hay ladrones buscando aprovecharse de lo
ajeno. Por eso les llevamos ventaja.
—Ahora resulta, como tú dices, que ustedes
son mejores que nosotros…
—¡Ves! Luego luego te sale lo ñiau…
¡Te has ofendido! No se trata de ver quién es mejor; eso solo ocurre entre ñiaus.
Yo solo quiero entender esa obsesión por poseer. Desde donde yo lo veo, ustedes
solo se han inventado necesidades que luego cargan y cargan; y cuanto más
cargan, más se complican la vida y, al final, terminan por perderlo todo sin
que nada puedan hacer. Entonces, ¿para qué guardar?
—¡Entiende! Uno nunca sabe cuándo algo que
ha guardado será útil… por eso guardamos.
—¿Nunca sabes cuándo…? ¿Por qué insistes?
Nosotros podemos dejar ir cualquier cosa que ocurra o que tengamos
ocasionalmente; pero ustedes parecen querer retenerlo todo y, si no lo logran o
no lo entienden, se quedan ahí, buscando respuestas, colgándole un espacio de
su existencia a esos pensamientos para no dejar ir, para no olvidar…
Estaba atónito. Para mí era difícil
aceptar todo esto porque lo que señalaba ese gato era algo muy humano. Perder
nos abruma, sea lo que sea; no importa qué es lo que se pierde, el solo hecho
de perder nos lleva al sufrimiento. Entonces, chasqueando los dedos para llamar
su atención, le dije:
—Quizás lo que no ves es que, en esa
necesidad de guardar, albergamos un deseo de seguridad. Detrás de esa obsesión
por poseer hay un temor profundo a dejar de ser lo que creemos que somos.
—¡Ah, sí! ¿Y qué creen que son? Yo lo
tengo muy claro: soy un gato, y no necesito atar mi vida a nada para saber lo
que soy, ni cargar una mochila para llenarla de cosas.
— Me parece que te burlas.
— No, no lo hago. Solo confirmo lo que tú
no quieres ver: tú ya eres, solo por el hecho de estar aquí. Las cosas que te
cuelgas o guardas no te definen; puedes prescindir de ellas y, aun así, no
dejas de ser un ñiau.
Entonces, fijando su mirada en mí, se echó
inmóvil como una esfinge milenaria. Hubo un silencio mientras yo reflexionaba
en lo dicho; sin esperarlo, este gato me había llevado a mirar dentro de mi
mochila emocional y no de la que llevaba al hombro, sino en aquella que tejemos
a lo largo de la vida: esa que cargamos con recuerdos, sentimientos y emociones
que vamos guardando para luego, sin darnos cuenta, ir perdiendo y desvirtuando
con el paso de los años.
Él me observaba igual, meditabundo, como
esperando. Me acerqué para decirle:
— Me parece que tienes razón y, sin
buscarlo, me has llevado a una conclusión fascinante. Mira: un ñiau,
obsesionado por preservar los momentos que más le importan, logró materializar
una idea maravillosa: guardar recuerdos en un artefacto que llamamos «cámara
fotográfica». Con el paso de los años, otros ñiaus perfeccionaron esa
tecnología y la adaptaron a nuestros teléfonos celulares para captar instantes
en cualquier momento y así, llevar esas imágenes con nosotros para, en cierta
forma, volver a vivir nuestros recuerdos…
— Para, ñiau, para… No entiendo
nada de eso que llamas artefacto, cámara o tecnología… pero lo que sí te
pregunto es: ¿qué, no les basta la cabeza? ¿La memoria, como dicen ustedes, no
alcanza para guardar lo que les importa?
—Me parece que no. Nuestras mentes son
capaces de imaginar y crear, pero no de guardar tal cantidad de imágenes que
llegan a formar los recuerdos de nuestras vidas; por eso inventamos estos
artefactos.
—¡Ah! Entonces, lo que en realidad hacen
es guardar momentos, guardar instantes…, entonces ¿Guardan tiempo?
—¿Crees que guardamos tiempo?
—Pues sí, ¿no? ¿De qué otra forma lo
explicas? Yo lo tengo muy claro, aunque no necesito un «artefacto» para saber
en qué tiempo estoy como ustedes dicen. Sí entiendo cuándo un tiempo ocurrió o
está ocurriendo porque podemos recordar —y con bastante precisión— el qué y el
dónde y si algo nos interesa, marcamos ese lugar con nuestro aroma y así
podemos saber dónde sucedió o quedó algo que nos importa …
—Lo ves, eso que haces, en esencia, es lo
mismo que nosotros hacemos; solo que tú lo dejas marcado con un aroma en un
lugar y nosotros nos lo llevamos dentro de un artefacto. Y no es tiempo; son
recuerdos. Porque, al final de todo lo que hagamos, siempre buscamos averiguar
qué tanto hicimos y…
Detuve mis palabras pensando en algo que
no había visto antes.
—¿Qué te sucede, ñiau? —me preguntó
con curiosidad al ver que me había callado.
—Gato, me has llevado a descubrir algo que
no veía y que es muy de nosotros los humanos; porque al final de todo lo que hagamos,
siempre terminamos desvirtuando la realidad, convirtiendo una idea, un recuerdo
o un ideal en algo físicamente tangible… convertimos nuestros «instantes» de
vida en cosas: fotos, imágenes, objetos…
—¡Ah! Sigues con eso … ¡ Qué complicado
eres…! —dejó escapar sin entusiasmo. —¿Y de qué te sirve guardarlos? Las cosas,
la vida simplemente pasa. ¿Para qué guardar? —insistió.
—Para conservarlas en el tiempo. Con eso
creamos nuestra realidad…
—Pero en ese afán, dejan de disfrutar su
vida; quedan atrapados en sus recuerdos o atormentados por lo que aún no saben
si ocurrirá.
—¡No, gato! ¡No es así! Guardamos porque
necesitamos sentir que somos parte de algo más grande. Por eso siempre
buscamos, y lo que encontramos, lo guardamos para poder seguir. Es lo que nos
hace «ñiaus». Quizás nunca encontremos un porqué, pero así somos.
—¡Bah! ¿De qué te sirve? Ya lo dijiste antes
cosas que vas perdiendo o desvirtuando y cuando pierdes, pierdes, y nada puedes
hacer para recuperarlo.
—Veo que esto es complejo para ti, aunque
también para mí y a pesar de nuestras diferencias me parece que, desde hoy,
podemos ser amigos. ¿Verdad?
—Si tú lo dices… creo que en eso estamos
de acuerdo.
Hubo un silencio de aceptación mutua y,
sentados sobre la banqueta, observamos llegar la luna.
Toda esta experiencia me hizo ver lo
inútiles que son nuestras batallas y lo vanas que son nuestras posesiones
cuando dejamos de disfrutar instantes como estos, en el silencio de la noche,
bajo las estrellas que ya nos cobijaban. Fue entonces que se acercó y dejó que
mi mano acariciara la oscuridad de su pelaje, mientras yo le decía: «…eres,
bajo la luna, esa pantera que nos es dado divisar de lejos (…) como el dueño de
un ámbito cerrado como un sueño»[1].
En la penumbra, sus grandes ojos amarillos
sellaron el silencio. Aún me faltaba un largo camino por recorrer, pero llegar
a casa ya no fue una angustiosa travesía y al abrir la puerta, lo vi alejarse
como un sueño que se escapa con la luz del día.
Io 09 012026
Enviado para su publicación en la III Convocatoria Internacional de Cuento Ilustrado, que se lanzará en abril 2026.
Autor: Adrián Guadarrama Alcántara.
Residencia: Ciudad de México, México.
Móvil: 55 62 98 83 21
[1] Fragmento de: “El gato”, incluido en el
libro La cifra, publicado por Jorge Luis Borges en 1981.
Toca aquí para ir a Nuestro Primer Encuentro

Comentarios
Publicar un comentario