El mar, siempre el mar
Quien mira el mar lo ve por primera vez,
siempre.
J.L.
Borges
Nací en el Distrito Federal en 1958. A los
seis años, el mar me encontró por primera vez y no fue precisamente amable. Mi
madre me dejó en la arena con una advertencia clara: «no irás más allá de donde
las olas mojen tus pies». Como era de esperarse, no obedecí. Para mala fortuna
de los adultos que padecieron mis travesuras en aquellos años, un guardavidas
logró rescatarme antes de que el cansancio y la desesperación me hundieran.
Aquel día aprendí una lección temprana: lo que nos hunde en el mar —y en la vida—
no son las olas ni las corrientes, sino la rendición que nace de esas dos
flaquezas.
Antes de continuar, debo hacer dos
precisiones: primero: que fui un niño tan entregado a las travesuras que
cualquier adulto promedio hubiera deseado no haberse cruzado en mi camino. Y
segundo: no, mi padre no era guardavidas, pero a lo largo de mi vida me salvó
más de una vez, aún a pesar de la distancia que en el futuro creció entre
nosotros.
Habíamos llegado a Acapulco apenas un día
antes de aquel trágico encuentro con el mar, tras una odisea de quince horas en
un Fairlane 62 por la carretera federal 95. Pese a ser un auto de modelo
reciente, el calor y el paso lento por el temido Cañón del Zopilote terminaron
por reventar la banda del motor. Aquello nos dejó varados por poco más de tres
horas, obligando a mi padre a buscar aventones hasta Tierra Colorada en busca
de un mecánico. Fue en esa tensa espera que tuve la brillante idea de «bañarme» para
mitigar el bochorno con la reserva de agua que mi madre llevaba, para
dejar sin una gota a mis pequeñas hermanas.
Tras instalarnos en el Ritz, al día
siguiente, fuimos a Barra Vieja: la esperada playa para jugar
irresponsablemente con el mar. Mientras mis padres disfrutaban de una «Talla»
en el restaurante de Beto Godoy, yo corría hacia las olas bajo la mirada de
Silvia. Ella era la encargada de cuidarme para que mis padres pudieran
descansar sin preocupaciones, pero el alivio duró poco. Pronto tuvieron que
llamar a mi padre interrumpiendo su comida: una ola me había
arrastrado mar adentro y lo único que me mantenía a flote era un frágil
salvavidas infantil.
Poco después de aquellos turbulentos días
de playa, con la piel tostada por el sol y el aceite de coco con el que se
pensaba entonces, servía de protección, mi madre nos llevó al deportivo de la
Unidad Morelos del Seguro Social para tomar clases de natación y así, no volver
a padecer el susto que días antes les había yo obsequiado. Y así, un año
después, hice las paces con el mar. Para entonces había aprendido ya lo básico:
flotar y bracear torpemente; y, sobre todo, había desarrollado una
capacidad pulmonar que me permitía sumergirme bajo el agua por casi tres
minutos, provocando la angustia de los profesores y mi madre. En una ocasión,
Pepito, mi maestro en turno, tuvo que lanzarse a la fosa de clavados para
sacarme de ahí cuando yo simplemente exploraba el silencio del
fondo. Y sí, como tantas veces ocurrió, me merecía el castigo que me mantuvo
lejos de la alberca por varios días, pero para entonces, el miedo al agua y el mar, ya no era parte de mi inventario.
Desde entonces, regresé al mar cada año y
entablé un diálogo profundo con él. Convertirme en nadador de competencia me
dio la oportunidad de viajar y, cada vez que el destino era el océano, me
dejaba abrazar por él, alejándome a nado de la playa tanto como mi resistencia
lo permitía y así, flotando boca arriba, ver pasar la nubes o
perseguir con la mirada gaviotas, fragatas, pelícanos ... Pronto aprendí el
buceo a pulmón y el fondo del mar, me mostró la maravilla de sus paisajes y
diversidad marina. Acapulco siempre fue el refugio familiar en días de descanso y vacaciones, más aún cuando mi
padre logró hacerse de una propiedad frente a la Playa Manzanillo, sobre la
calle del Cerro de la Pinzona en la Zona Tradicional del puerto.
En 1968 participé en mi primer Maratón Guadalupano —un acuatlón, en realidad— recorriendo 4 kilómetros, iniciando a nado desde la isla Roqueta para terminar en el muelle del Hotel las Hamacas —en la Bahía de Acapulco— y que logré concluir en veinteavo lugar. El premio fue una deshidratación brutal, un tren de juguete similar al convoy del Metro que estaba por estrenarse en el entonces Distrito Federal y, por encima de todo, el gusto de haberme convertido, por fin, en un amigo más del mar.
En febrero de 1985, un encuentro
inesperado removió mis sentimientos y emociones y después de conducir
reflexionando en mi futuro de pronto me encontré con mi viejo amigo el mar de
Acapulco. Mi vida buscaba una dirección distinta y, para encontrarla, necesitaba
escucharlo. Ese año uní mi vida con la de Irene para construir una historia de
poco más de cuatro décadas que empezó justo ahí después de nuestra boda. Desde
entonces, mi vida en el mar —entre días de vacaciones, el buceo, el snorkel y
los triatlones— me ha confirmado que su inmensidad es lo único que apacigua mi
ansia de aventura y paz.
El mar, siempre el mar.
Io.

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