El mar, siempre el mar

 

                                         Foto: Alexander59


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Quien mira el mar lo ve por primera vez, siempre.

J.L. Borges

Nací en el Distrito Federal en 1958. A los seis años, el mar me encontró por primera vez y no fue precisamente amable. Mi madre me dejó en la arena con una advertencia clara: «no irás más allá de donde las olas mojen tus pies». Como era de esperarse, no obedecí. Para mala fortuna de los adultos que padecieron mis travesuras en aquellos años, un guardavidas logró rescatarme antes de que el cansancio y la desesperación me hundieran. Aquel día aprendí una lección temprana: lo que nos hunde en el mar —y en la vida— no son las olas ni las corrientes, sino la rendición que nace de esas dos flaquezas.

Antes de continuar, debo hacer dos precisiones: primero: que fui un niño tan entregado a las travesuras que cualquier adulto promedio hubiera deseado no haberse cruzado en mi camino. Y segundo: no, mi padre no era guardavidas, pero a lo largo de mi vida me salvó más de una vez, aún a pesar de la distancia que en el futuro creció entre nosotros.

Habíamos llegado a Acapulco apenas un día antes de aquel trágico encuentro con el mar, tras una odisea de quince horas en un Fairlane 62 por la carretera federal 95. Pese a ser un auto de modelo reciente, el calor y el paso lento por el temido Cañón del Zopilote terminaron por reventar la banda del motor. Aquello nos dejó varados por poco más de tres horas, obligando a mi padre a buscar aventones hasta Tierra Colorada en busca de un mecánico. Fue en esa tensa espera que tuve la brillante idea de «bañarme» para mitigar el bochorno con la reserva de agua que mi madre llevaba, para dejar sin una gota a mis pequeñas hermanas.

Tras instalarnos en el Ritz, al día siguiente, fuimos a Barra Vieja: la esperada playa para jugar irresponsablemente con el mar. Mientras mis padres disfrutaban de una «Talla» en el restaurante de Beto Godoy, yo corría hacia las olas bajo la mirada de Silvia. Ella era la encargada de cuidarme para que mis padres pudieran descansar sin preocupaciones, pero el alivio duró poco. Pronto tuvieron que llamar a mi padre interrumpiendo su comida: una ola me había arrastrado mar adentro y lo único que me mantenía a flote era un frágil salvavidas infantil.

Poco después de aquellos turbulentos días de playa, con la piel tostada por el sol y el aceite de coco con el que se pensaba entonces, servía de protección, mi madre nos llevó al deportivo de la Unidad Morelos del Seguro Social para tomar clases de natación y así, no volver a padecer el susto que días antes les había yo obsequiado. Y así, un año después, hice las paces con el mar. Para entonces había aprendido ya lo básico: flotar y bracear torpemente; y, sobre todo, había desarrollado una capacidad pulmonar que me permitía sumergirme bajo el agua por casi tres minutos, provocando la angustia de los profesores y mi madre. En una ocasión, Pepito, mi maestro en turno, tuvo que lanzarse a la fosa de clavados para sacarme de ahí cuando yo simplemente exploraba el silencio del fondo. Y sí, como tantas veces ocurrió, me merecía el castigo que me mantuvo lejos de la alberca por varios días, pero para entonces, el miedo al agua y el mar, ya no era parte de mi inventario.

Desde entonces, regresé al mar cada año y entablé un diálogo profundo con él. Convertirme en nadador de competencia me dio la oportunidad de viajar y, cada vez que el destino era el océano, me dejaba abrazar por él, alejándome a nado de la playa tanto como mi resistencia lo permitía y así, flotando boca arriba, ver pasar la nubes o perseguir con la mirada gaviotas, fragatas, pelícanos ... Pronto aprendí el buceo a pulmón y el fondo del mar, me mostró la maravilla de sus paisajes y diversidad marina. Acapulco siempre fue el refugio familiar en días de descanso y vacaciones, más aún cuando mi padre logró hacerse de una propiedad frente a la Playa Manzanillo, sobre la calle del Cerro de la Pinzona en la Zona Tradicional del puerto.

En 1968 participé en mi primer Maratón Guadalupano —un acuatlón, en realidad— recorriendo 4 kilómetros, iniciando a nado desde la  isla Roqueta para terminar en el muelle del Hotel las Hamacas —en la Bahía de Acapulco y que logré concluir en veinteavo lugar. El premio fue una deshidratación brutal, un tren de juguete similar al convoy del Metro que estaba por estrenarse en el entonces Distrito Federal y, por encima de todo, el gusto de haberme convertido, por fin, en un amigo más del mar.

En febrero de 1985, un encuentro inesperado removió mis sentimientos y emociones y después de conducir reflexionando en mi futuro de pronto me encontré con mi viejo amigo el mar de Acapulco. Mi vida buscaba una dirección distinta y, para encontrarla, necesitaba escucharlo. Ese año uní mi vida con la de Irene para construir una historia de poco más de cuatro décadas que empezó justo ahí después de nuestra boda. Desde entonces, mi vida en el mar —entre días de vacaciones, el buceo, el snorkel y los triatlones— me ha confirmado que su inmensidad es lo único que apacigua mi ansia de aventura y paz.

El mar, siempre el mar.

 

Io.

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