La puerta
— ¿Es aquí? — pregunté, al detenerme
frente al impresionante muro de piedra que se extendía a ambos lados de la gran
reja de hierro. Aquello parecía una fortaleza impenetrable. — ¿Cómo sabrán que
llegamos? — insistí, murmurando, como si estuviéramos en un templo.
Mary se encogió de hombros. Instantes
después, la reja se abrió.
Traspasamos ese muro bajo la penumbra de
la noche. A no más de cincuenta metros alcancé a ver otro muro, esta vez de setos,
tan alto como el primero, que se extendía a ambos lados de un diminuto portón.
Al llegar, bajamos del auto y notamos el azar grabado en su superficie: largas
líneas entre otras más pequeñas, formando dos laberintos, contenidos en el
perímetro de un rombo.
Mary empujó las hojas del portón. Al
abrirse, nos mostró un sinuoso y serpenteante pasillo, flanqueado por el mismo
muro de altos setos. Caminamos sobre sus baldosas, cada una
pintada con motivos y figuras tan fabulosas y diversas que resultaba difícil
precisar su origen o su tiempo.
Avanzamos en silencio. Frente a nosotros
crecía la imposible fachada de una caótica estructura, construida con diversos
estilos y materiales, que amalgamaba sin tapujos tejados, puertas y ventanas.
Al final del pasillo, sobre el piso de piedra, encontramos el trazo grabado de
las fauces de una serpiente escupiendo su lengua bífida, como fuego, que
abrazaba una hermosa puerta labrada, custodiada por una quimera alada, de
granito, con dos cabezas y cuerpo de león.
La infantil fantasía de la puerta de la
casa de Yuli de la que alguna vez nos había hablado estaba allí, frente a
nosotros, como si hubiéramos entrado en un sueño. Mary deslizó sus manos sobre su agrietada antigüedad, atrapada entre las garras de la quimera. Era la
imagen labrada de un árbol maravilloso que, en el centro de su follaje,
albergaba un pequeño pájaro: la aldaba de la puerta, que canta mientras reposa
sobre una rama.
— ¿Recuerdas cuando Yuli nos habló de esta
puerta? Aquella vez nos dijo que aquí, en las raíces de este árbol, habita un
dragón con cuerpo de serpiente que roe sin cesar sus raíces para impedir el
paso de las almas que intentan alcanzar la eternidad. Esas almas cargan los
tapices de sus hechos, tejidos a lo largo de sus vidas por tres Espíritus
indescriptibles... Y ese lugar, en esa mitología, el Valhöll, está aquí, justo
detrás de esta puerta que es el árbol, Yggdrasil, el Árbol Maravilloso, la
entrada de la eternidad... y esas baldosas, seguramente, son esos tapices... —
Así concluyó Mary.
Sin palabras, quedamos esperando que la
puerta se abriera, hasta que, impaciente, le dije:
— ¿Qué esperas? Anda, toca. — Al no hacer
ella nada, la hice a un lado, tomé la aldaba y toqué. Fue entonces que la
puerta se abrió.
— Qué bueno que vinieron — Yuli, con un
gesto, nos invitó a pasar y abrazó con afecto a Mary. — ¿Cuánto tiempo ha
pasado desde la última vez que nos vimos? — me preguntó, extendiéndome el
saludo mientras yo notaba lo distinta que ahora se veía.
Ya no llevaba el cabello recogido ni las
gafas que ocultaban su mirada. Ahora, alta y delgada, con la fuerza del mar en
cada negra ondulación de su cabello y una mirada profunda, conservaba la
diminuta máscara de Melpómene colgada de su cuello. Aquello me trajo el
recuerdo de mi inútil intento de convencerla de que esa máscara no aparecía en
su mano al apagar las luces. Sin embargo, a pesar del tiempo, pude ver esa
transparencia infantil que nos contaba historias mientras esperábamos al chofer
de su padre a la salida de la escuela.
— ¿Qué le sorprende? — Me cuestionó,
intuyendo mis pensamientos, mientras nos cedía el paso a la amplia sala que, al
recorrerla con la mirada, nos dejaba sin palabras.
— ¡Todo! — murmuré, dando unos pasos hacia
el centro, hasta quedar bajo un austero candil de hierro que pendía desde lo
alto de la bóveda, supuestamente de una alta torre octogonal.
— ¿Todo? — insistió.
Desde que llegamos, habíamos ido de
sorpresa en sorpresa y ahora, dentro de esta enorme torre, al recorrerla con la
mirada, no atinaba qué preguntar, pues quería saberlo todo. Mi mirada se detuvo
frente al texto grabado a lo largo del cordón de piedra que unía la bóveda con
los muros: «En el nombre de Dios… porque los buenos fechos de los Reyes no se
olviden…», leí en silencio, intentando comprender su origen.
— La arquitectura — continuó Yuli— no solo
es arte, es el testimonio imperecedero de la humanidad... El tiempo nos
transforma, dejando en el olvido más de lo que queremos; cada obra artística es
el testimonio de esa lucha contra el olvido. Cuando todo esto estaba en
construcción, fui conociendo el origen y el porqué de cada parte, en la voz de
mi padre y de los objetos que ahora la ocupan. Además, tuve la maravillosa
oportunidad de viajar para atestiguar en el tiempo, lugares, hechos y
personajes que, en palabras, solo parecían extraídos de fantasías o ficciones.
Entiendo que todo esto sea sorprendente para usted, Carlos, y más, cuando lo
último que recuerda de mí, es a una pequeñita hablando tonterías que aseguraba
como reales. Pero, como puede ver, aquella niña aún está aquí, frente a usted,
igual que la última vez que coincidimos en el tiempo.
Mientras la escuchaba, atraído por las
líneas y dibujos que encontré a mis pies sobre el mosaico que cubría aquella
sala, caminé sobre el desgastado trazo de esas líneas, intentando adivinar su
significado.
— Cada elemento — continuó — cada parte de
este lugar tiene una historia que, verdadera o no, le fue dando personalidad.
Es complicado explicarlo y no quisiera entretenerlos por ahora en esto, pero...
siempre esperamos encontrar algo, es lo que nos mueve a lo largo de la vida y
en cada encuentro. El recuerdo de donde partimos crea en nuestra mente el valor
que el tiempo le ha dado. El tiempo es, para la mayoría de las personas, la
medida de nuestras vidas, y no debería ser así; esa medida debería ser lo que
obtenemos en experiencias, lo que hacemos en ella, nuestros hechos: “porque los
buenos fechos de los Reyes no se olviden…” reza una antigua máxima de reyes —
dijo, señalando el texto que había visto antes.
Fue entonces que interpreté la imagen del
mosaico. Ese piso era un antiguo mapa de Levante, con sus mares de aguas
turbulentas, grandes Sierpes y Eolos mofletudos, exóticas islas de vegetación
exuberante y fieras formidables. Las líneas sobre las que había caminado eran
intrincadas rutas de navegación, guiadas por La Rosa de los Vientos que ocupaba
un extremo, y perseguidas por embarcaciones que se desvanecían por la erosión y
el tiempo.
— Es como el mapa del tesoro que de niños
alguna vez soñamos — dije, sin poder despegar de ahí la mirada.
— ¡Y lo es! — Agregó de inmediato Yuli.
* Pulsa aquí para ir a: La Rosa de los vientos.

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