El bosque de las palabras (xix) Balam IV

 


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Balam

Capítulo Cuarto

Volver... es iniciar un largo viaje.

Guido observaba caer la lluvia, lenta y silenciosa, desde la ventana, entre destellos bajo el cielo encapotado de esa tarde, imaginando lejanas tormentas mientras recordaba aquellas aventuras que solo pudo ver a través de los relatos del abuelo. Siete meses habían pasado desde aquella noche en que lo encontró sin vida, y que habían dejado preguntas sin respuestas a eventos que ahora lo asaltaban entre sueños, como aquel extraño mensaje que llegó esa noche. Lo buscó nuevamente en el celular sin encontrarlo y se abandonó finalmente en los recuerdos...

— ¿Cómo pudo ser así? — le preguntó al abuelo.

— ¿Qué cosa, Guido?

— ¿De verdad esperas que te crea? — lo cuestionó mientras esperaban cobijados bajo un repecho rocoso a mitad de la montaña a que cesara la lluvia que los había atrapado, en una de tantas caminatas por el bosque de fines de semana en vacaciones. La imaginación lo llevaba de la mano en las palabras del abuelo.

— Guido — empezó a decirle después de un largo silencio reflexivo. — Aquellos navegantes eran hombres de convicciones absolutas. Creían lo que pensaban y no solo eso, buscaban lo que pensaban; nada los detenía, su voluntad no se agotaba nunca, ni en la peor adversidad. Y si cabía alguna duda, la aceptaban como un designio divino. Al final, todo era una apuesta al azar. Aquel tiempo te puede parecer lejano, pero no lo es tanto, porque antes como ahora, hay infinidad de cosas por descubrir, por comprender, tanto que, el solo hecho de pensarlo abruma. Y ¡no! no espero que me creas, porque la verdad no necesita explicación y tú la irás descubriendo conforme tengas más conocimientos y alimentes esa curiosidad que todos llevamos dentro, ¡todos!, aunque no lo creas, porque muchos somos como esos navegantes, buscando respuestas a lo largo de la vida.

— Pero abuelo, ¿y si se perdían? ¿Y si de pronto, buscando, terminaban por no saber lo que buscaban...? ¡Tanto buscar para terminar perdidos...! Y si se perdían, ¿cómo regresaban a casa?

— ¡Insistes!?... — lo miró con profundidad, como si buscara algo. — Eso que haces es bueno para ejercitar la mente, ¿sabes? La curiosidad se alimenta de preguntas y ese ha sido un mal para la humanidad que le ha causado indecibles dolores de cabeza. El mismo Dios, sentenció a Adán, ese del relato bíblico de la creación del mundo, a no ser curioso, advirtiéndole de los peligros que eso le traería y, con todo y eso, Adán sucumbió a la curiosidad para padecer, a fin de cuentas, infinidad de problemas, entendiendo que Adán es solo una representación simbólica de la humanidad. Pero también nos ha dado la indescriptible dicha de la contemplación del universo para descubrir y descifrar misterios y, en eso, aprender más del mundo para disfrutarlo. Nada de lo que ahora es tu mundo, muchachito, existiría sino fuera por esa maldita curiosidad que cargamos desde el primer instante en que tenemos vida.

— ¿Maldita?... Pero abuelo, ¿es malo ser curioso?

— No, Guido, ¡no!, es solo una forma de decir lo que por ahora no comprendes de esta necedad humana por buscar, pero ¡ya ocurrirá!, de eso estoy seguro. Por ahora, a ti lo que te inquieta es ¿cómo aquellos navegantes lograban regresar a casa, después de muchas aventuras, no?

— Sí, porque mira abuelo, yo no me pierdo, tengo esta aplicación en mi celular y listo, aquí me dice por dónde caminar, lo único que tengo que poner aquí es mi dirección y ya está, o si no, pues solo mando un mensaje a papá y listo, le comparto mi ubicación y él llega a donde yo esté, pero aquellos hombres ¿cómo lo hacían?

— ¡Ah, qué muchacho! Tienes razón, ahora que existe esta tecnología, así son las cosas, pero aquel mundo de navegantes y de exploradores era distinto, por eso te es difícil imaginarlo... Mira, pronto dejará de llover y si tenemos suerte y el viento no deja de soplar, el cielo de la noche se despejará y podremos observar el cielo plagado de estrellas. Aquellos navegantes de los que te he hablado, las usaban en aquellos tiempos para ubicar su posición. Para eso, había que desarrollar destrezas en matemáticas, en geometría y cartografía rudimentaria para identificar, de acuerdo con lo que veían en el cielo, su posición de ese momento sobre mapas que, en el mejor de los casos, solo eran aproximaciones de grandes extensiones de mares o de tierras inmensas, donde el cielo mismo era un mapa con cúmulos de estrellas a los que daban nombres y estrellas solitarias que usaban de referencia... Una de ellas, en el borde del horizonte, la Estrella Polar, que por su escasa movilidad sobre la bóveda celeste, utilizaban como punto de partida para trazar la ruta hacia donde dirigirse...


— ¡Carajo! No puede ser — espetó Guido con molestia al mirar de pronto su reloj, dejando atrás ese recuerdo. Tenía que haberse conectado a la junta de esa mañana que Alex su leader manager había convocado la noche anterior a esa reunión.

Activó su ordenador virtual y en la imagen de entrada del holograma que tenía por pantalla, se desplegó un texto que ya había visto antes cuando viajaba rumbo a la casa del abuelo. — ¿Qué significa esto? — se preguntó confundido mientras lo leía repetidamente:

Pienso en los grillos que también cantan a oscuras.

Y en los planetas que pasan cabeceando en su eje.

Al terminar la jornada

 me fío al golpe binario de las aspas

o al tetrámetro valseado de un cielo de diamantes

y me dejo adormecer:

Picture yourself in a boat on a river…

Sé que bastan los acentos de un ritmo simple

para tener a raya la entropía

y despertar a la mañana todavía en un mundo.

 

 

  

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Io

16 1021

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