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LA CASA QUE HABITA EL TIEMPO

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Pulsa aqu í En algún lugar donde los caminos ya no tienen nombres y el silencio pesa más que las palabras, apareció una casa. No fue construida. Fue encontrada. Como si la tierra, paciente, la hubiera soñado durante siglos y un día, sin aviso, la dejara florecer entre raíces y luz. No tenía muros que impusieran fronteras, ni techos que cerraran el cielo. Era más bien un gesto de la tierra: un susurro de madera, aire y sombra. La llamaban Casa Ciclaria, aunque nadie sabía con certeza por qué. Algunos decían que era porque allí el tiempo no corría, sino giraba. Otros, que el nombre provenía de una antigua lengua olvidada, en la que “Ciclaria” significaba “el lugar que recuerda”. Un viajero llegó hasta ella. No por destino, sino por agotamiento. Venía del ruido, del hacer sin pausa, de la geometría del concreto. Traía los pies cansados y los ojos llenos de pantallas. Tocó la puerta, pero la puerta ya estaba abierta. No lo esperaba nadie, salvo el murmullo de una casa despierta. Adentr...

Un recuerdo mágico

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  Aquella mañana, cuando a nuestros ojos llegó el asombro, en un instante nos acomodamos  dejando un amplio espacio circular al centro del patio de la escuela. Reíamos, brincábamos, corríamos sin rumbo mientras Elenita (mi maestra), intentaba inútilmente, encontrar orden entre esos gritos y correteadas. Nadie le había advertido del riesgo que implicaba para su salud emocional, liberarnos en el patio de recreo en ese día de fiesta, el del Día del Niño y, por más que se esforzaba, solo conseguía exhalar su frustración ante sus fallidos intentos hasta que, de pronto, la mirada de los niños sobre el recién llegado obró el milagro; aquel sujeto de levita a cuadros de colores, sombrero de bombín carmesí y enormes zapatos bicolores y tres enormes globos atados a la ridícula maletita que cargaba en una de sus manos, parecían elevarlo al cielo azul de esa mañana mientras que, con la otra, llevaba a la boca el silbato que chillaba entre risotadas. ¿Cómo pudo hacerlo? Murmuró Elenita. En...

Divagaciones

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                                                                      "Dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez"  y "quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo" La casa de Asterión, Jorge Luis Borges     Divagaciones   Alguien tocó a la puerta y, no la abrí. El tráfico y la lluvia me habían agotado tanto que, al llegar a casa, solo deseaba descansar, olvidarme de todo y, esa inoportuna llamada a la puerta solo era un fastidio más que ignoré. Así que, me recosté sobre el sillón de la sala sin esperar nada por las horas que quedaban de la tarde. Dormité brevemente y ese parpadeo, me llevó a la pesadilla de estar atrapado en un laberinto; no era como aquellos de intrincada y monstruosa arquitectura, la de este, era tan simple y...

Nuestro primer encuentro

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La vida en la ciudad abruma, dilata el tiempo, nos desgasta. Aquel día, agotado al llegar a casa, cerré la puerta con enfado. ¿Qué más podía hacer para escapar de esa cotidianidad agobiante y sentirme a salvo? Solo cerrar la puerta. Pero aquello siempre ha sido un espejismo de libertad que disfruto por un instante, antes de descubrir que solo soy un prisionero en mi espacio... Mi espacio, construido con cada fantasía de escape. Fue entonces que ocurrió nuestro primer encuentro. Sus pequeñas garras se aferraron a mí, arañando mi pantorrilla al atravesar la tela del pantalón. Quizás del mismo modo que yo me aferro a la fantasía de escapar a otro mundo al atravesar la puerta día con día. ¿Qué hacía ahí esa pelusa blanca de grandes ojos de miel, robándome una sonrisa? —¿Cómo entraste? —le pregunté sin recibir respuesta. Solo un extraño ruidito, un ronroneo, dirían algunos, sin que dejara de mirarme fijamente. Supuse entonces que, como anfitrión, mi deber era invitarlo a comer, y quizás así...

En un instante

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Nuestro destino (...) no es espantoso por irreal;  es espantoso porque es irreversible y de hierro.  El tiempo es la sustancia  de que estoy hecho. El tiempo de Borges                                                                                Toca sobre el ícono de youtube para ambientar tu lectura En un instante, encontré incomprensibles diferencias: un absoluto silencio, el tiempo acumulado en polvo sobre los escalones de la entrada de la casa, el abandono en la puerta, el rostro frío y entumecidas las manos. Con torpeza, busqué las llaves en el bolsillo y, en el intento por abrir la puerta, la piel de mis cuarteadas manos se estremeció. Perdí la fuerza de la voz, que lenta escapó, decrépita como un murmullo, sin que pudiera articular palabra alguna. Pero la memoria, ...

Divagaciones al filo de la noche

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 Toca aquí El cosmos es todo lo que es, lo que fue o lo que será alguna vez. Nuestras contemplaciones más tibias del Cosmos nos conmueven: un escalofrío recorre nuestro espinazo, la voz se nos quiebra, hay una sensación débil, como la de un recuerdo lejano, o la de caer desde lo alto. Sabemos que nos estamos acercando al mayor de los misterios. —Carl Sagan En algún lugar bajo las estrellas —Antes de ir a la facultad, miraba el cielo por las noches haciéndome preguntas. Pensaba entonces que obtendrían respuesta si conseguía suficientes conocimientos acerca de todo. Y no fue así. Cuanto más me empeñaba en comprender, más me convencía de la imposibilidad de aquel sueño. Descubrí que la vida no es suficiente para satisfacer nuestra curiosidad, porque hay tanto que descubrir. Solo piensa en esto: materia oscura. —¿Materia Oscura? ¿De qué hablas? Ya de por sí lo que me dices abruma y... —Lo sé. A mí me pasa igual porque es tanto lo que ignoramos que intentar explicar el porqué de esto, ...

Ausencias

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                              Toca aquí Ausencias Hay ausencias que nada importan; otras, si alguna vez lo hicieron, ya no importan. Pero ¿qué hay de aquellas que, aun estando ahí, en silencio, colgadas del muro del olvido, nos esperan deseando encontrar algún recuerdo? Alguna vez, buscando orden en las cosas de mi vida, entre tantas, una se cruzó por mi mirada en espera del encuentro, dibujado con un nombre, ya sin rostro, ya sin tiempo. La observé sin comprender que ese encuentro era lo más próximo al vacío que nace de la ausencia. No pude recordar su rostro. En mis manos, páginas sin recuerdo, y lo inútil de mi esfuerzo por hallarlo. Las arrojé lejos de mí, repitiendo entre los labios el sonido de su nombre y aquellos números que alguna vez significaron un encuentro en un pasado ya sin tiempo. Y si ocurriera… ¿qué le diría? ¿Qué emoción escaparía al no encontrar alguna voz conocida? ...

El bosque de las palabras (iii): El mar

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Toca aquí Dejé que me inundara con su aroma antes de abrir sus páginas, y al hacerlo, escuché tu voz: lejana, ausente, al encuentro de esa carta que alguna vez se extravió entre sus páginas y el tiempo. Siempre hay un principio, aunque este sea el final del primer capítulo o el epílogo de una historia que con necedad ignoramos, sabiendo que, página tras página, en algún momento nos alcanzará el recuerdo. Pero tú y yo, en secreto, lo sabemos: que aquel manoseo en la escalera estrecha, que el hielo contrito en la imaginación de la escarcha furtiva en el vidrio de tu aliento en mi boca * escribió en mi memoria, las palabras de esa noche de lluvia cuando entramos a la habitación para descubrirnos, entre las caricias que hasta entonces solo imaginamos cuando te cobijé en mis brazos, y entre la impaciencia de nuestros pocos años, y dejar que el calor de nuestros cuerpos nos llenara el alma para extraviarnos en el tiempo, ese que sin saberlo, solo fue el nuestro. Hasta que de pro...

El bosque de las palabras (xviii) Balam iii

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  BALAM Toca aquí Capítulo Tercero El mensajero acercó el paquete a Guido. — Es para usted — le dijo, mientras activaba el escáner para registrar su firma biométrica. Guido sopesó el paquete con desgano mientras leía el remitente en la etiqueta: <TES.QR LTD 39176 Mormon Bridge Rd., Omaha. NE 8450 USA>. — ¿Qué podrá ser? — se preguntó sin intención de averiguarlo. Se dio la vuelta para entrar a su departamento y abandonó el paquete sobre la mesita donde dejaba la correspondencia que no era de su interés inmediato. Estaba harto de ese aislamiento impuesto por el ritmo de trabajo que TES.QR LTD le había impuesto los últimos dos años, pero qué hacer si, además, él mismo sabía que no había logrado formar estrechos lazos de amistad con nadie desde la universidad. No le era fácil intimar con las personas y, además, esa obsesión por el trabajo lo había alejado aún más de toda posibilidad desde el inicio de la pandemia, que había afectado al mundo entero y que lo obligó, por dis...

El bosque de las palabras (xvi) Balam i

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Toca aquí Buscando llegar... a ninguna parte... Balam Capítulo Primero Por más que lo intentaba, no encontraba respuestas, quizás porque no existían. Solo le quedaba deambular a la espera del autobús que lo sacara de ahí, para dejar atrás todo aquello que, hasta la noche anterior, había sido suyo y cotidiano. Aún le quedaban largas horas de viaje, y esa escala que no acababa lo obligaba a observar con fingido interés lo que de otra forma no lo tendría. Harto por la espera, se tumbó nuevamente sobre el primer asiento que encontró en la sala de la estación y dejó pasar el tiempo, que parecía colarse, lento y desgastado, a través del sucio ventanal que lo separaba del vacío andén de la estación. De pronto, se escuchó por el altavoz: «Pasajeros a Minatitlán», lo que atrajo su mirada nuevamente hacia el andén para comprobar la llegada del autobús que lo sacaría de ahí. Se apresuró a abordarlo. Hasta entonces, no se había percatado de la soledad que le rodeaba desde que había llegado a la es...

El bosque de las palabras (xvii) Balam ii

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  Toca aquí Buscando encontrar... el silencio. Balam Capítulo Segundo «¿Cuánto tiempo ha pasado...?» se preguntó al bajar del autobús, mientras aspiraba el aroma de esa ciudad que, hasta ese instante, había quedado solo en sus recuerdos. Recuperó su equipaje entre miradas ausentes y buscó un lugar donde esperar al abuelo. Tomó la revista que horas antes había comprado en alguna escala de la noche anterior y la abrió al azar, quedando a la vista entre dos páginas, el cromo* de una obra de Félix de la Parra, en la que destacaba la imagen de una mujer indígena, humillada, afligida, postrada a los pies de Fray Bartolomé de las Casas, mientras en sus brazos yacía el cuerpo sin vida de su hombre, vencido por la fuerza de los invasores, sobre la escalinata de las ruinas del templo. «Qué tragedia» pensó, tratando de imaginar aquel dolor insoportable de la pérdida. Las horas pasaron hasta perderse en el sueño. Al despertar, la tarde había cambiado de color. Miró el reloj preguntán...